Fuera de juego

Capítulo 7

Logan

Ha pasado una semana desde que sé que ella anda por este lugar. En mí ha crecido una maldita ansiedad que no sé cómo parar, porque fui yo quien le dijo que se mantuviera alejada de mí, pero en todo momento soy yo quien la está buscando. Esta situación me tiene bajo constante estrés y ya no sé qué hacer para controlarlo.

Aún hay mucho resentimiento hacia Isabella, aún quiero gritarle, quiero mandarla lejos, pero no soy un monstruo y la necesidad de trabajo que vi en ella evitó que hablara con el entrenador. Mi respuesta iba a ser una negativa, le iba a decir que hablaría para que le buscaran otro empleo y no para que la dejaran sin un trabajo, pero al notar el cansancio en ella, la preocupación me absorbió. Quise que se quedara para saber que aquí le darían lo necesario, para buscar que descansara de alguna manera y porque, aunque jamás lo admitiré, no quiero que realmente desaparezca del todo.

Justamente hoy estoy distraído porque el entrenador Ruff me mira con ganas de darme una patada por el culo, pero no se me puede juzgar. Isabella anda por ahí y tengo ganas de ir a espiarla un momento.

—Reed, saca el culo de la pista y ve a calmarte, estás muy agresivo hoy, muchacho.

Hago una mueca mientras mis compañeros me miran con curiosidad. Pocas veces pierdo la compostura, pero me han sacado del hielo más veces esta semana que en los cinco años que tengo jugando para Blackridge HC.

No digo nada y simplemente salgo del hielo sintiendo que todos me miran. El entrenador abre la boca, pero niego porque no me encuentro en mis cabales para tener una conversación normal. Voy hasta los vestidores y me siento en un banco enterrando la cabeza entre mis manos y, cuando siento que me calmo un poco, decido que vendré más tarde a entrenar. Necesito escapar un momento de aquí.

Es por eso que camino y salgo del vestuario luego de quitarme los patines. Me muevo sin saber hacia dónde ir, por lo que voy por los pasillos menos concurridos y, cuando me doy cuenta, me encuentro frente a una guardería. Ni siquiera sabía que había una en las instalaciones.

Estoy por seguir mi camino cuando un par de ojos azules me miran fijamente, paralizándome. El niño, que no debe pasar de algunos cuatro o cinco años, abre la boca y sus ojitos se hacen tan grandes que pienso que quizás está teniendo algún ataque, pero entonces su boquita forma una sonrisa enorme y comienza a saltar a través del cristal.

—¡Superman! —grita señalándome—. ¡Superman!

Miro a todos lados y, cuando me doy cuenta de que realmente es a mí a quien señala, sonrío un poco.

Como parece que no hay nadie cerca, entro al lugar y el niño viene corriendo. Hay una cerca de manera pintada de forma animada que impide que salga, pero me agacho mirándolo. Es el niño más bonito que he visto en la vida, con sus ojos azules y su cabello negro, sin embargo, el gesto que hace con la boca y la nariz hace que mi pecho se sienta pesado porque me recuerda mucho a la mujer que estoy tratando de evitar.

Parpadeo dándome cuenta de que, si Isabella y yo tuviésemos un hijo, quizás se parecería a él. Hay al menos dos niños más en el lugar, pero no puedo apartar los ojos de la sonrisa ni del brillo en la mirada de este pequeño. Tomo su manita a través de la cerca y le sonrío ampliamente.

—Hola, amiguito —murmuro sin saber qué decir. No he tratado con niños antes, solamente una vez que acompañé a Isabella a un voluntariado donde estuvo ayudando con comida para los más necesitados.

Gracias a ese momento me encargué de crear una fundación para los más necesitados. Es curioso cómo la mayoría de las buenas acciones por las cuales los medios me aplauden fueron, en realidad, ideas que ella tuvo y que ahora sé que no pudo completar.

—¡Superman, eres gigante!

Parpadeo sorprendido porque le entiendo al niño, aunque la forma en que me llama gigante es divertida porque alarga la N y suena un poco raro.

—Lo soy —digo divertido.

Él sonríe y parpadea.

—Mami feliz por supeman —dice sonriente.

—¿Ah sí? ¿Dónde está tu mami? —cuestiono con curiosidad y él se ríe.

—Señor, no puede estar aquí. —Me sobresalto cuando veo a una chica que está parada a unos pasos de mí. Ella abre sus ojos de forma grande cuando se da cuenta de a quién le está hablando. La verdad es que estaba tan entretenido que no la escuché llegar, algo impropio de mí. —Oh, señor Reed, disculpe, no sabía que era usted, pero no puedo dejar que toque a los niños sin autorización de sus padres.

Niego despacio.

—Solo hablaba con este hombrecito, es muy inteligente. —Ella asiente con una sonrisa.

—Sí, es un niño encantador, tiene a todos enamorados aquí. Su madre está haciendo un buen trabajo con él. —Asiento y el niño se ríe.

—¡Azul! —me grita haciendo que lo mire. —Se señala los ojos. —Azul. —Luego señala los míos. —Azul. —Todo el estrés que sentía desaparece con la sonrisa que le doy al pequeño.

—Sí, nuestros ojos son el mismo azul, amiguito. —Él se ríe encantado y luego bosteza. —Parece que alguien tiene sueño —comento.

—Adiós, Superman —me dice antes de irse cuando lo llaman.

—¿Cómo se llama? —cuestiono con curiosidad.

La mujer parece que no quiere dar mucha información y quizás la estoy poniendo en un aprieto, pero la miro con intensidad.

—Oh, su nombre es Thiago.

Sonrío un poco cuando el niño parece negar algo y luego toma un vaso que le tienden.

—Su madre realmente está haciendo un lindo trabajo con él. Disculpe por entrar sin autorización, el niño me llamó intrigado, solamente eso.

Ella sonríe y juguetea con su cabello.

—Está bien, si quiere venir en este horario le puedo permitir un momento para que juegue con él, claro, bajo supervisión.

No digo nada, solo asiento y, dándole una última mirada al niño, salgo del lugar.

Sonrío un poco porque al final el niño me relajó y es por eso que me muevo para volver a la pista. Saco mi teléfono leyendo algunos mensajes cuando una pequeña risa me detiene. Levanto la mirada y escucharla reír luego de cinco años tiene un maldito impacto que me roba el aliento.




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