Fuera de libreto

Capítulo 1: El orden de los factores

Valeria creía firmemente que el caos era una elección, no una consecuencia. Por eso, su vida estaba perfectamente organizada en listas, alarmas y carpetas de colores. Aquella mañana de mayo, mientras el sol de Medellín empezaba a calentar las calles, ella repasaba mentalmente su plan del día por quinta vez. Tenía la cita más importante del año en una de las oficinas más prestigiosas de El Poblado: la selección de finalistas para el proyecto de diseño y desarrollo cultural en el que llevaba meses trabajando en silencio.

​—Todo está bajo control —se repitió a sí misma en un susurro, ajustando la correa de su bolso mientras salía de la estación del Metro.

​Caminó con paso firme, esquivando a la gente con la precisión de un cirujano. Llevaba una tableta digital en una mano y una carpeta física con los respaldos de su propuesta en la otra. El edificio de cristal de la agencia se alzaba imponente frente a ella. Valeria miró su reloj: 8:45 de la mañana. Quince minutos antes de la hora acordada. Perfecto. El éxito, según sus cuadernos de notas, radicaba en la puntualidad.

​Entró al vestíbulo, respirando el aire acondicionado con aroma a café premium, y se dirigió hacia los ascensores. Justo cuando las puertas metálicas se estaban cerrando, una voz resonó en el pasillo:

​—¡Espera, espera! ¡Por favor, sostén la puerta!

​Valeria, por puro instinto, estiró la mano para detener el sensor. Las puertas se abrieron de nuevo y una ráfaga de energía indomable entró al ascensor.

​Era una chica. Tenía el cabello un poco revuelto, una chaqueta de mezclilla desgastada y una sonrisa enorme que parecía no encajar con el ambiente ejecutivo del lugar. En sus manos llevaba un vaso de café de cartón tambaleante y un bolso de tela del que sobresalían varios cables y una libreta llena de calcomanías.

​—¡Uff, de la que me salvé! De verdad, mil gracias. Pensé que me tocaría subir diez pisos corriendo —dijo la desconocida, jadeando un poco pero sin perder la sonrisa.

​—No hay problema —respondió Valeria, adoptando su tono más formal y cortés, dando un paso atrás para recuperar su espacio personal.

​—Soy Camila, por cierto —la chica extendió la mano que no tenía el café, completamente despreocupada.

​Valeria miró la mano y luego los ojos vivaces de Camila. Había algo en su mirada que transmitía una confianza absoluta, casi magnética.

—Valeria —contestó, estrechándola brevemente.

​En ese momento, el ascensor dio un pequeño tirón al llegar al piso seis. El movimiento, aunque leve, tomó a Camila por sorpresa. Perdió el equilibrio por un segundo, tropezando directamente hacia adelante. Valeria intentó hacerse a un lado, pero fue demasiado tarde.

​El choque fue inevitable. La carpeta de Valeria voló por los aires, esparciendo varias hojas por el suelo texturizado, y el vaso de café de Camila terminó salpicando la esquina inferior de la tableta digital de Valeria antes de rodar por el piso.

​—¡Ay, no! ¡Qué desastre, lo siento muchísimo! —exclamó Camila, arrodillándose de inmediato para recoger los papeles.

​Valeria se quedó congelada un segundo, mirando la mancha marrón en el borde de su dispositivo. Su esquema perfecto de la mañana acababa de saltar por los aires en menos de tres segundos.

​—Está bien, está bien, yo los recojo —dijo Valeria, agachándose también, con el corazón acelerado por los nervios. Su tono ya no era tan calmado.

​—De verdad, qué torpe soy. Déjame ayudarte —insistió Camila, pasándole un montón de hojas. Al hacerlo, sus dedos se rozaron por accidente. Valeria sintió una extraña corriente y levantó la mirada. Camila la estaba mirando con genuina pena, pero también con una fijeza que la puso aún más nerviosa—. Prometo que no siempre soy un peligro público.

​Las puertas del ascensor se abrieron con un sonido electrónico. Ambas se levantaron a toda prisa, con el papeleo a medio ordenar.

​—Tengo que irme, voy tarde a una presentación —dijo Valeria, limpiando la pantalla de su tableta con la manga de su chaqueta, visiblemente estresada.

​—¡Yo también! Suerte con eso, ¡y otra vez lo siento! —gritó Camila mientras Valeria caminaba a paso veloz hacia la recepción.

​Valeria respiró hondo frente al mostrador de la secretaria, entregó su identificación y trató de calmar sus pulsaciones. Se acomodó el cabello, organizó las hojas rescatadas en la carpeta y caminó hacia la sala de juntas principal, donde se decidiría el futuro del proyecto.

​Cuando el director de la convocatoria abrió la puerta, la invitó a pasar a una mesa larga de madera.

​—Bienvenida, Valeria. Tu propuesta es impecable —dijo el director con una sonrisa—. Pero como les indicamos en el correo de finalistas, este año el proyecto es demasiado grande para una sola persona. Decidimos que la mejor forma de ejecutarlo es uniendo las dos mejores propuestas para que trabajen en equipo. Así que te presento a tu compañera de escritorio para las próximas semanas.

​Valeria giró la cabeza hacia el otro extremo de la mesa. Sentada en una de las sillas giratorias, con una tableta idéntica a la suya y una sonrisa traviesa que denotaba que ya sabía lo que venía, estaba ella.

​Camila levantó la mano y le hizo un pequeño saludo con los dedos.

​—Hola de nuevo, compañera —le dijo Camila en un tono suave, divirtiéndose con la situación.

​Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su vida estructurada, sus planes individuales y su paz mental acababan de quedar completamente fuera de libreto




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