El silencio que se instaló en la sala de juntas era tan denso que Valeria juraría que podía escuchar el tictac del reloj de pared, recordándole que cada segundo que pasaba, su control de la situación se evaporaba un poco más.
—¿Compañeras? —repitió Valeria, con la voz un poco más aguda de lo normal. Miró al director, el señor Restrepo, buscando cualquier indicio de que aquello fuera una broma de oficina—. Señor Restrepo, con todo respeto, mi propuesta fue diseñada para ser ejecutada de manera individual. Tengo un cronograma exacto de tiempos y...
—Y la propuesta de Camila tiene la conexión cultural y la frescura que a la tuya le falta para enamorar al público, Valeria —la interrumpió el hombre con una sonrisa amable pero firme—. Ambas son excelentes, pero juntas son imparables. Ya está decidido. Tienen tres semanas para unificar los conceptos y presentar el diseño final. El presupuesto es generoso, pero la exigencia es alta.
Camila, que no había dejado de balancearse suavemente en su silla, se inclinó hacia adelante apoyando los codos en la mesa de madera.
—Por mi parte no hay problema, jefe —dijo Camila, lanzándole una mirada brillante a Valeria—. Me encanta trabajar en equipo. Y creo que Valeria y yo ya empezamos a... romper el hielo en el ascensor. Literalmente.
Valeria sintió que las mejillas le ardían. Se sentó en la silla frente a Camila, tratando de mantener la compostura y abrió su carpeta, ignorando el comentario.
Durante la siguiente hora, el señor Restrepo les entregó las especificaciones técnicas del proyecto. A medida que el hombre hablaba, Valeria tomaba notas meticulosas en su tableta, organizando todo por puntos, subtítulos y prioridades. Camila, por el contrario, dibujaba garabatos, flechas y conceptos sueltos en su libreta llena de calcomanías. Parecía que ni siquiera estaba prestando atención, lo que ponía a Valeria de los nervios.
—Bueno, muchachas, las dejo para que se organicen. Ese escritorio del fondo junto a la ventana es suyo a partir de hoy —concluyó el director antes de salir de la sala.
En cuanto la puerta se cerró, Valeria soltó un suspiro largo y se frotó las sienes.
—Oye —la voz de Camila sonó más suave esta vez, libre de la burla anterior—. De verdad lamento lo del ascensor. Sé que empecé con el pie izquierdo y que probablemente me consideras un torbellino molesto.
Valeria levantó la mirada. Camila la observaba con una expresión honesta, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de mezclilla.
—No eres un torbellino molesto —mintió Valeria, suspirando—. Es solo que... me costó mucho preparar esta propuesta. No estoy acostumbrada a que las cosas cambien de un momento a otro. Trabajo mejor sola.
—Yo también trabajo bien sola, pero a veces dejar que alguien más entre en tu espacio puede mejorar las cosas —Camila se levantó y caminó hacia la salida de la sala, deteniéndose justo en el marco de la puerta—. Mira, el ambiente está un poco tenso y tu tableta todavía huele a capuchino. ¿Qué tal si firmamos una tregua? Vamos por un café aquí abajo, no te lo voy a tirar encima, lo prometo. Hablamos del proyecto y dividimos el trabajo. ¿Trato?
Valeria miró su reloj. Su cronograma decía que debía empezar a redactar el marco teórico a las 10:30. Eran las 10:15. Se permitió romper su regla por primera vez en meses.
—Trato —aceptó Valeria, guardando sus cosas—. Pero yo elijo el lugar. Necesito un sitio donde el café se quede dentro de las tazas.
Camila soltó una carcajada limpia, un sonido que extrañamente hizo que el pecho de Valeria se sintiera un poco menos apretado.
—Hecho. Guíame, capitana —dijo Camila, cediéndole el paso con un gesto exagerado de la mano.
Mientras bajaban de nuevo en el ascensor, esta vez sin prisas ni tropiezos, Valeria observó de reojo el perfil de Camila. Su risa, su forma de moverse sin preocupaciones y la manera en que parecía no temerle a nada eran todo lo que Valeria siempre había evitado. Sin embargo, mientras salían al sol de la mañana de El Poblado, una pequeña e imperceptible duda cruzó su mente: tal vez, solo tal vez, el caos no era tan malo si venía acompañado de una sonrisa como la de Camila.