Fuera de libreto

Capítulo 3: El arte de compartir el espacio

El espacio asignado al fondo de la oficina era cómodo, pero para Valeria, se sentía como una zona de guerra silenciosa. La mesa de madera era lo suficientemente grande para dos personas, pero en menos de veinticuatro horas, una línea invisible y muy clara se había dibujado en la mitad del escritorio.

​Al lado izquierdo, el de Valeria: la tableta perfectamente alineada con el borde de la mesa, un termo de agua de acero inoxidable, tres lapiceros de colores organizados por orden alfabético de su marca y una libreta de notas cuadriculada sin una sola arruga.

​Al lado derecho, el de Camila: dos tazas de café vacías de la tarde anterior, una montaña de notas adhesivas amarillas y rosadas pegadas en desorden sobre la pantalla de su computador, tres paquetes de galletas abiertos y su chaqueta de mezclilla colgada detrás de la silla, dejando en el aire un suave aroma a perfume de vainilla y lavanda.

​Valeria respiró hondo, tratando de concentrarse en la pantalla de su tableta. Estaba intentando redactar el presupuesto del proyecto, pero el constante tap-tap-tap de los dedos de Camila golpeando suavemente el borde del escritorio al ritmo de una música que solo ella escuchaba en sus audífonos la estaba volviendo loca.

​—Camila —llamó Valeria con voz suave, intentando no sonar exasperada.

​Camila no se movió. Seguía con los ojos cerrados, moviendo la cabeza ligeramente.

​—¡Camila! —esta vez, Valeria estiró la mano y tocó suavemente su hombro.

​Al sentir el contacto, Camila abrió los ojos de golpe y se quitó uno de los audífonos, dedicándole una sonrisa instantánea que desarmó por completo el discurso molesto que Valeria había preparado en su mente.

​—¿Me decías algo, vale? —preguntó Camila, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

​—El presupuesto —dijo Valeria, aclarándose la garganta y retirando la mano rápidamente, sintiendo un calor repentino en los dedos—. Necesito que revises los costos de la parte artística que propusiste. Pusiste "estimado" en casi todo, y el señor Restrepo necesita números exactos para el viernes. No podemos presentar un proyecto basado en la intuición.

​Camila soltó una pequeña risa, inclinándose hacia el lado de Valeria, invadiendo la línea invisible que separaba sus escritorios. Al hacerlo, el aroma a vainilla se volvió más intenso.

​—La inspiración no tiene un precio fijo, mi querida capitana —bromeó Camila, pero al ver la expresión seria y estresada de Valeria, su tono se suavizó—. Está bien, tienes razón. Déjame ver qué tienes ahí.

​Camila arrastró su silla de ruedas hasta quedar justo al lado de Valeria. Sus hombros se rozaron ligeramente, y Valeria sintió un vuelco extraño en el estómago. Intentó concentrarse en la pantalla, pero tener a Camila tan cerca, pudiendo ver de reojo el perfil de su rostro, sus pestañas largas y la pequeña curva de sus labios, la puso completamente nerviosa.

​—A ver... —Camila tomó el lápiz digital de Valeria. Al hacerlo, sus manos se encontraron y sus dedos se entrelazaron por un segundo sobre el plástico del lápiz. Ninguna de las dos se movió de inmediato. Valeria contuvo el aliento, mirando fijamente el punto donde sus pieles se tocaban. El aire en la oficina pareció volverse más pesado.

​Camila levantó la mirada despacio, encontrándose con los ojos de Valeria. Por primera vez desde que se conocieron, la chispa de burla y juego en los ojos de Camila desapareció, reemplazada por una mirada profunda, intensa y curiosa que hizo que a Valeria se le acelerara el pulso. Su cercanía era magnética. Valeria pudo notar un pequeño lunar justo cerca de la comisura de los labios de Camila que no había visto antes.

​—Valeria... —susurró Camila, con la voz un poco más baja de lo habitual.

​—¿Sí? —respondió Valeria en un hilo de voz, incapaz de apartar la mirada.

​El momento se rompió cuando el ascensor del piso dio un timbre fuerte, anunciando la llegada de alguien más a la oficina. Ambas se separaron rápidamente, como si hubieran sido atrapadas haciendo algo malo. Camila se aclaró la garganta y regresó su silla a su lado del escritorio, aunque sus mejillas tenían un leve tono rosado que delataba que ella también había sentido la tensión.

​—Yo... voy a revisar los costos de los materiales ahora mismo —dijo Camila, digitando rápidamente en su teclado sin mirarla directamente—. Te los paso en una hoja de cálculo bien organizada para que tu corazón estructurado pueda descansar.

​Valeria miró la pantalla de su tableta, pero las letras y los números parecían borrosos. Asintió en silencio, sintiendo que su corazón, lejos de descansar, estaba latiendo con una fuerza que nunca antes había experimentado por nadie en una oficina.

​El orden que tanto había defendido toda su vida estaba empezando a desmoronarse, y lo peor de todo era que una parte de ella no quería detener el desastre.




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