El viernes llegó con la fuerza de un huracán. Eran las ocho de la noche y las luces principales de la agencia ya se habían apagado, dejando solo las lámparas de escritorio iluminando el rincón del fondo. El resto de los empleados se habían ido a disfrutar del fin de semana, pero para Valeria y Camila, el tiempo corría al revés. El señor Restrepo había pedido un adelanto completo de los planos y la propuesta de costos para primera hora del lunes.
Valeria tenía el cabello recogido en un moño desordenado, un par de ojeras incipientes y la mirada fija en los gráficos financieros.
—No cuadra —declaró Valeria, su voz rompiendo el silencio de la oficina vacía—. Faltan cincuenta mil pesos en el rubro de imprevistos de la logística en Belén. Si no cuadramos esto hoy, el lunes el sistema rechazará el documento automáticamente.
Camila, que estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada contra el escritorio y rodeada de bocetos en papel, levantó la cabeza. Se quitó las gafas de descanso y se frotó los ojos, exhausta pero manteniendo esa energía incombustible que la caracterizaba.
—Vale, llevas cuatro horas pegada a esa pantalla. Ven aquí abajo cinco minutos —dijo Camila, dando un par de golpes en el suelo alfombrado a su lado—. El mundo no se va a acabar por cincuenta mil pesos. A veces, la solución aparece cuando dejas de mirar el problema tan de cerca.
—No puedo, Camila. Si me distraigo ahora, perderé el hilo de la fórmula —respondió Valeria, aunque sus dedos se detuvieron sobre el teclado. El cansancio físico le estaba ganando la batalla.
Camila se levantó con un suspiro, caminó hacia el escritorio de Valeria y, sin pedir permiso, cerró suavemente la tapa de la tableta digital.
—¡Oye! —protestó Valeria, mirando hacia arriba con el ceño fruncido.
—Es una intervención —declaró Camila con una sonrisa suave. Extendió su mano hacia ella—. Ven. Mira por la ventana un segundo.
Valeria miró la mano de Camila, dudando por un instante, pero finalmente cedió. Dejó que Camila la guiara hacia el gran ventanal de cristal que daba al exterior. Desde el piso seis, la vista de Medellín a esa hora era impresionante. Las luces de los edificios y de los autos se extendían por el valle como un mar de estrellas terrestres, parpadeando con un ritmo constante.
—Es lindo, ¿ verdad? —susurró Camila, parándose tan cerca de Valeria que sus brazos volvían a rozarse.
—Sí... es muy lindo —respondió Valeria, pero sus ojos no estaban mirando la ciudad. Estaban fijos en el reflejo de Camila en el cristal. La luz de los monitores y de la calle iluminaba la línea de su mandíbula y la suavidad de sus facciones.
—A veces me olvido de respirar por estar corriendo detrás de las ideas —confesó Camila, mirando hacia el horizonte—. Pero cuando me detengo a mirar esto, me doy cuenta de que lo que realmente importa son los momentos en los que compartes el paisaje con alguien.
Valeria sintió un vuelco en el corazón. La seriedad y la distancia que siempre usaba como escudo se sintieron increíblemente pesadas en ese momento. Se giró despacio para quedar frente a Camila. El espacio entre las dos se había reducido a casi nada. Podía sentir la calidez de la respiración de Camila y ver el brillo intenso en sus ojos oscuros.
—Camila... yo... —empezó Valeria, sin saber exactamente qué quería decir, perdiéndose en la cercanía de la otra chica.
—Me gustas, Valeria —soltó Camila de repente, con una honestidad tan directa que dejó a Valeria sin respiración. La típica sonrisa juguetona de Camila no estaba; en su lugar, había una vulnerabilidad absoluta—. Sé que soy un caos, que muevo tus cosas y que desorganizo tus horarios. Pero desde el día que te choqué en ese ascensor, no he podido dejar de pensar en ti.
El corazón de Valeria dio un vuelco violento. Sus listas, sus estructuras y sus miedos al control parecieron desvanecerse bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal. Miró los labios de Camila, sintiendo una atracción física y emocional tan fuerte que la asustó, pero esta vez no retrocedió.
—Tú también me gustas, Camila —confesó Valeria en un susurro, dando el paso que faltaba.
Camila sonrió de esa forma dulce que hacía que los ojos se le achicaran, y acortó la distancia. Su mano subió lentamente por el brazo de Valeria hasta posarse en su mejilla, con una suavidad increíble. Valeria cerró los ojos, inclinándose hacia el contacto, esperando el momento en que sus labios finalmente se encontraran.
Justo cuando la distancia estaba a punto de desaparecer, el teléfono de la oficina sobre el escritorio empezó a sonar con un timbre estridente, rompiendo la magia del momento de golpe. Ambas se separaron sobresaltadas, respirando con agitación, con las miradas aún conectadas por la electricidad de lo que casi había sucedido.
—Debe ser el guardia de seguridad para saber si seguimos aquí —dijo Camila con una sonrisa tímida, aclarándose la gola y caminando hacia el teléfono.
Valeria se giró de nuevo hacia el ventanal, tocándose los labios con la punta de los dedos. El proyecto seguía sin terminarse y el lunes estaba cerca, pero en su mente, el orden de su vida ya había cambiado para siempre. Había cruzado una línea de la que no quería regresar.