Fuera de libreto

Capítulo 5: Refugio bajo la tormenta

Después de la interrupción del teléfono, el hambre y el cansancio acumulados se hicieron imposibles de ignorar. El guardia de seguridad les había advertido que el edificio cerraría las puertas del estacionamiento en una hora, así que Camila convenció a Valeria de dejar las computadoras encendidas y salir a buscar algo de comer en los alrededores de El Poblado.

​Sin embargo, el clima de Medellín tenía sus propios planes. Apenas pusieron un pie en la acera, el cielo nocturno, que minutos antes parecía despejado, se iluminó con un relámpago lejano. Para cuando caminaron dos cuadras, las primeras gotas, gruesas y pesadas, empezaron a golpear el pavimento.

​—¡Va a caer el diluvio universal! —gritó Camila por encima del ruido del viento que de un momento a otro se había vuelto helado.

​—¡Te dije que debíamos traer los paraguas! —respondió Valeria, intentando cubrir su bolso con los brazos mientras el agua empezaba a caer con una fuerza torrencial, borrando la visibilidad de la calle en cuestión de segundos.

​—¡Por aquí, ven! —Camila le tomó la mano de repente. Sus dedos encajaron a la perfección, cálidos a pesar del frío del ambiente.

​Corrieron bajo el aguacero, esquivando los charcos que se formaban en la acera, hasta que Camila las guió hacia el pequeño porche techado de una cafetería antigua que ya estaba cerrada. El lugar era estrecho, apenas protegido por un toldo de lona que crujía con el viento, obligándolas a pararse pegadas a la pared y muy cerca la una de la otra para no empaparse.

​Valeria estaba temblando levemente. Tenía la chaqueta empapada en los hombros y algunos mechones de cabello mojado se le pegaban a la frente.

​—Estás congelada —dijo Camila con preocupación. Sin pensarlo dos veces, se quitó su chaqueta de mezclilla, que milagrosamente se había mantenido bastante seca, y la colocó sobre los hombros de Valeria.

​—No, Camila, te vas a resfriar tú... —intentó protestar Valeria, pero el aroma a vainilla y lavanda que desprendía la prenda la envolvió de inmediato, dándole una sensación de calidez que la hizo callar.

​—A mí el agua no me hace nada, soy de naturaleza caótica, ¿recuerdas? —Camila sonrió, pero su mirada se desvió rápidamente hacia los labios de Valeria, que aún se movían con un leve temblor—. Además, te ves muy linda usando mi ropa.

​El comentario hizo que el frío de Valeria se transformara en un calor súbito que le recorrió el pecho. La tormenta rugía a su alrededor, el agua caía como una cortina blanca a pocos centímetros de sus pies y los autos pasaban levantando olas en el asfalto, pero en ese pequeño porche, el mundo se había reducido a ellas dos.

​Valeria miró a Camila. Su camiseta blanca estaba un poco húmeda, marcando la línea de sus hombros, y las gotas de lluvia brillaban en su cuello y en sus pestañas. La vulnerabilidad que había visto en la oficina regresó, pero esta vez no había teléfonos que pudieran sonar, ni listas que revisar, ni jefes esperando un presupuesto.

​—En mis planes de hoy no estaba terminar atrapada en un aguacero —dijo Valeria en voz baja, dando un pequeño paso al frente, eliminando el último espacio que las separaba—. Tampoco estaba conocer a alguien que pusiera mi mundo al revés. Pero creo que... por primera vez en mi vida, no me importa que los planes se hayan roto.

​Los ojos de Camila se iluminaron con una intensidad desbordante. Dejó caer sus manos con suavidad sobre la cintura de Valeria, atrayéndola un poco más hacia ella.

​—Los mejores momentos de la vida nunca se planean, Vale —susurró Camila, con la voz ronca por la cercanía.

​Valeria no esperó más. Rompiendo con todas sus estructuras, con sus miedos y con el control que la había aprisionado durante años, se inclinó hacia adelante y buscó los labios de Camila.

​El beso empezó con timidez, un roce suave y tembloroso en medio del frío de la noche, pero en un segundo cambió por completo. Camila suspiró contra su boca y profundizó el contacto, subiendo una de sus manos hacia la nuca de Valeria, enredando los dedos en su cabello aún húmedo. Sus labios encajaban con una dulzura y una necesidad que las dejó sin aliento. Era un beso cálido, lleno de la tensión acumulada de los días compartidos, de los roces de manos en el escritorio y de las miradas en el ascensor.

​Cuando finalmente se separaron por falta de aire, ninguna de las dos se alejó. Se quedaron con las frentes apoyadas la una contra la otra, compartiendo el aliento, mientras la tormenta de Medellín empezaba, muy lentamente, a perder fuerza.

​Camila sonrió con los ojos cerrados, acariciando la mejilla de Valeria con el pulgar.

​—Definitivamente, este capítulo no venía en el libreto —susurró Camila con ternura.

​Valeria la abrazó por el cuello, escondiendo el rostro en su hombro, sintiendo los latidos acelerados del corazón de Camila contra su propio pecho.

​—Entonces habrá que seguir escribiéndolo sobre la marcha —respondió Valeria, sabiendo que, lloviera o tronara, ya no había vuelta atrás.




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