Fuera de libreto

Capítulo 6: Secretos de lunes por la mañana

El lunes por la mañana, el edificio de la agencia en El Poblado recuperó su ritmo corporativo habitual. El vestíbulo estaba lleno de personas con trajes impecables, el aroma a café recién hecho inundaba los pasillos y el sonido de los ascensores subiendo y bajando marcaba el inicio de la semana laboral. Para Valeria, sin embargo, el mundo se sentía completamente distinto.

​Caminó hacia su oficina con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Llevaba su tableta digital bien sujeta contra el pecho, pero esta vez, su mente no estaba repasando las fórmulas del presupuesto ni las fechas del cronograma. Solo podía pensar en el calor de los labios de Camila bajo el porche de la cafetería y en cómo sus manos habían encajado a la perfección en medio de la tormenta.

​Cuando abrió la puerta de la oficina compartida, se detuvo en seco. Camila ya estaba allí.

​Llevaba unos pantalones negros y una blusa blanca que la hacían ver inusualmente formal, aunque mantenía su esencia con un par de zapatillas de lona y su libreta de calcomanías sobre la mesa. Tenía el cabello recogido y estaba concentrada escribiendo en su computadora. Al escuchar la puerta, levantó la mirada y, de inmediato, esa sonrisa brillante y traviesa apareció en su rostro.

​—Buenos días, capitana —dijo Camila, con una suavidad en la voz que hizo que a Valeria se le erizara la piel.

​—Buenos días, Camila —respondió Valeria, cerrando la puerta detrás de ella e intentando usar su tono más profesional, aunque falló notablemente cuando sintió que las mejillas se le teñían de rojo.

​Valeria caminó hacia su lado del escritorio, dejó sus cosas y, antes de sentarse, Camila se levantó. Rompiendo de nuevo la distancia, se acercó a ella. Valeria miró nerviosa hacia el cristal de la oficina, temiendo que alguien las viera, pero Camila solo estiró la mano y dejó un vaso de café humeante justo al lado de su tableta.

​—Es un capuchino. Y prometo que este viene con garantía de que no se va a derramar —susurró Camila, dándole un guiño. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que delataba que había pasado el fin de semana pensando en lo mismo que ella.

​—Gracias —contestó Valeria en un hilo de voz. Deseó con todas sus fuerzas poder abrazarla, pero el miedo a que las descubrieran en un entorno laboral tan estricto la contuvo—. Camila, sobre lo que pasó el viernes...

​—Lo sé —la interrumpió Camila con ternura, dando un pequeño paso atrás para darle espacio, demostrando una madurez que Valeria no esperaba—. Aquí somos profesionales. El señor Restrepo confía en nosotras y el proyecto está primero. No quiero que te sientas presionada ni incómoda en tu lugar de trabajo, Vale. Podemos mantenerlo en secreto mientras estemos en este edificio.

​Valeria sintió un alivio inmenso, pero también una pequeña punzada de decepción al ver la distancia física.

​—Gracias por entenderlo —asintió Valeria—. El señor Restrepo viene en quince minutos a revisar la unificación de las propuestas. Necesitamos estar concentradas.

​Justo a tiempo, los quince minutos pasaron y la puerta se abrió de golpe. El director de la agencia entró con una carpeta en la mano y una expresión de urgencia en el rostro.

​—Buenos días, muchachas. Espero que hayan descansado el fin de semana, porque el cliente principal de la alcaldía adelantó la reunión de presentación —soltó el señor Restrepo sin rodeos, sentándose en la silla auxiliar—. No tenemos tres semanas. La presentación final es el próximo viernes. Necesito ver qué tienen listo ya mismo.

​Valeria y Camila se miraron de reojo. El pánico cruzó los ojos de Valeria por un segundo; adelantar dos semanas de trabajo significaba pasar casi todos los días y las noches juntas bajo una presión absoluta.

​—Tenemos el presupuesto cuadrado, los planos de la zona cultural de Belén y la estructura de costos unificada, señor —dijo Valeria, recuperando su postura de líder y abriendo la pantalla de su tableta para mostrar los gráficos perfectos que habían terminado el viernes por la noche.

​—Excelente, Valeria. Sabía que tu orden nos salvaría —el director asintió con aprobación, revisando los números. Luego miró a Camila—. ¿Y la identidad visual? ¿El concepto de arte que va a enamorar a la comunidad?

​Camila se inclinó hacia adelante, proyectando sus bocetos en la pantalla principal. Mientras explicaba con pasión cómo los colores del cielo de Medellín se integrarían en los murales del proyecto, su mano se movió por debajo de la mesa de madera.

​Valeria seguía prestando atención al jefe, intentando parecer imperturbable, cuando sintió que los dedos de Camila rozaban su rodilla por debajo del escritorio. Luego, la mano de Camila subió despacio hasta encontrarse con la suya, entrelazando sus dedos con suavidad, ocultas de la mirada del director por el borde del mueble.

​El contraste era casi insoportable: arriba de la mesa, eran dos profesionales respondiendo a las exigencias de un proyecto millonario con un jefe exigente; abajo de la mesa, la calidez de la mano de Camila sostenía la de Valeria con una firmeza que le recordaba que ya no estaba sola en esto.

​—Es un concepto arriesgado, Camila, pero con la estructura de costos que hizo Valeria, creo que podemos venderlo con éxito —concluyó el señor Restrepo, levantándose de la silla—. Tienen cuatro días para pulir los detalles. Confío en ustedes. Nos vemos el viernes en la junta directiva.

​En cuanto el jefe salió de la oficina, Valeria soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y miró a Camila. Sus manos seguían unidas por debajo del escritorio.

​—Eso fue... muy arriesgado —dijo Valeria, aunque no soltó el agarre.

​—Te dije que la solución aparece cuando dejas de mirar el problema tan de cerca —Camila sonrió, acercando su silla un poco más—. Nos espera una semana de locos, capitana. Pero creo que juntas podemos con lo que sea.

​Valeria miró la pantalla llena de pendientes, pero por primera vez ante una fecha de entrega casi imposible, no sintió miedo. El caos de Camila le estaba dando una fuerza que sus listas nunca pudieron ofrecerle.




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