Fuera de libreto

Capítulo 7: El tercer elemento

El martes trajo consigo una complicación que Valeria no tenía registrada en ninguno de sus escenarios posibles. A las diez de la mañana, la puerta de su oficina se abrió para dejar pasar no solo al señor Restrepo, sino a un joven alto, vestido con un traje de diseñador impecable y una sonrisa que desbordaba excesiva confianza.

​—Muchachas, les presento a Mateo —anunció el director, dándole una palmada en la espalda al recién llegado—. Es el arquitecto estrella del área de infraestructura urbana. Como el tiempo se redujo, la junta directiva quiere asegurarse de que el diseño visual de Camila encaje a la perfección con la estructura física del espacio en Belén. Mateo las va a asesorar en la viabilidad técnica estos días.

​Valeria sintió un vuelco incómodo en el estómago, pero mantuvo su expresión neutral.

​—Mucho gusto, Mateo. Soy Valeria, la encargada de la gestión de costos y el cronograma —dijo, extendiendo la mano con cortesía profesional.

​—El gusto es mío, Valeria. He oído que eres el cerebro matemático de este lugar —respondió él, estrechando su mano con firmeza. Sin embargo, sus ojos tardaron menos de un segundo en desviarse hacia el otro lado del escritorio—. Y tú debes ser Camila. He estado revisando tus bocetos de los murales comunitarios y tengo que decir que tu manejo del color es simplemente brillante. Hacía tiempo que no veía tanto talento en esta agencia.

​Camila, que estaba acostumbrada a los elogios pero no a tanta intensidad a primera hora del día, sonrió un poco sorprendida.

​—Gracias, Mateo. Solo intento plasmar un poco de la esencia de la ciudad —respondió, acomodándose los audífonos alrededor del cuello.

​—Bueno, los dejo para que unifiquen criterios —dijo el señor Restrepo antes de salir, dejándolos a los tres en el pequeño espacio.

​Mateo no perdió el tiempo. Arrastró una silla auxiliar y la colocó justo en medio de los dos escritorios, pero sutilmente más inclinado hacia el lado de Camila. Abrió su computadora de última generación y empezó a desplegar los planos tridimensionales de la plaza de Belén.

​—Para que tus murales resalten, Camila, necesitamos cambiar la iluminación del entorno que propuso Valeria —comentó Mateo, señalando la pantalla con un bolígrafo elegante—. El diseño de luces actual es demasiado rígido, muy plano. Necesitamos algo más orgánico, más... como tú.

​Valeria apretó los dientes, sintiendo que la sangre le hervía. No era solo que estuviera criticando su trabajo técnico, el cual estaba respaldado por cálculos exactos de consumo energético; era la forma en que Mateo miraba a Camila, inclinándose demasiado hacia ella cada vez que señalaba un detalle en el mapa digital, buscando su aprobación con la mirada y rozando su hombro "accidentalmente" al pasarle unos papeles.

​—La iluminación "rígida", como la llamas, Mateo, cumple con los estándares de seguridad urbana y el presupuesto asignado por la alcaldía —intervino Valeria, usando su tono más frío y cortante, el mismo que usaba cuando un proveedor intentaba cobrarle de más—. Si cambiamos a luminarias orgánicas de diseño, el costo se elevaría un quince por ciento, rompiendo el equilibrio financiero que ya aprobó el director.

​Mateo levantó las manos en un gesto de paz, aunque su sonrisa seguía siendo un tanto condescendiente.

​—Tranquila, Valeria, solo es una propuesta creativa. No te lo tomes como algo personal. En el arte hay que saber flexibilizar las reglas, ¿no crees, Cami? —dijo, usando un diminutivo que hizo que a Valeria se le cerraran los puños debajo de la mesa.

​Camila miró a Valeria, notando de inmediato la rigidez de su postura, la línea tensa de sus labios y la mirada gélida que lanzaba. Conociendo a Valeria, sabía perfectamente que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no echar al arquitecto a patadas de la oficina.

​—Creo que los números de Valeria siempre tienen una razón de ser, Mateo —intervino Camila, manteniendo la calma pero marcando una distancia clara—. Su estructura es lo que hace que mis ideas locas sean reales. De todos modos, podemos revisar un punto medio en la iluminación sin alterar el presupuesto general.

​—Por supuesto, lo que tú digas. Al fin y al cabo, tú eres la artista aquí —respondió Mateo, restándole importancia al asunto y continuando con la explicación, sin dejar de lanzar miradas de admiración a Camila durante el resto de la jornada.

​Al mediodía, Mateo se levantó de la silla, guardando sus cosas con parsimonia.

​—Bueno, chicas, ha sido una sesión muy productiva. ¿Qué tal si vamos a almorzar a un restaurante nuevo que abrieron aquí cerca? Yo invito —ofreció, mirando fijamente a Camila.

​—Gracias, Mateo, pero tengo que terminar de cuadrar unos archivos con Valeria y comeremos algo rápido aquí en la cafetería del edificio —respondió Camila de inmediato, sin dudarlo un segundo.

​—Una lástima. Nos vemos mañana temprano entonces, Cami. Valeria, que pases buena tarde —dijo el arquitecto, dándole una última mirada cómplice a Camila antes de salir de la oficina.

​En cuanto la puerta se cerró, un silencio pesado cayó sobre la habitación. Valeria se concentró en su tableta, tecleando con una fuerza innecesaria, descargando su frustración en las celdas de Excel.

​Camila suspiró, se levantó de su silla y caminó hacia el lado de Valeria. Se apoyó contra el borde del escritorio, cruzando los brazos.

​—¿Me vas a mirar o vas a seguir intentando romper la pantalla con los dedos? —preguntó Camila con una sonrisa suave y divertida.

​—Estoy trabajando, Camila. El viernes es la entrega y ahora tenemos que corregir la iluminación por los "caprichos artísticos" de tu nuevo admirador —contestó Valeria, sin levantar la vista, aunque su voz sonaba notablemente herida.

​Camila extendió la mano y la colocó suavemente sobre los dedos de Valeria, deteniendo su frenético tecleo. Obligada por el contacto cálido, Valeria finalmente levantó la mirada. Los ojos de Camila rebosaban de una ternura infinita.




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