El miércoles amaneció con un cielo despejado, algo que Valeria agradeció a medias. El plan del día implicaba abandonar la burbuja con aire acondicionado de la oficina en El Poblado para realizar una visita de campo obligatoria en el sector de Belén, donde se ejecutaría el proyecto cultural. Lo malo de la jornada no era el sol del mediodía de Medellín, sino que Mateo venía con ellas en el auto de la empresa.
Durante todo el trayecto por la Avenida Guayabal, Mateo no había parado de hablar sobre sus antiguos proyectos arquitectónicos, intentando impresionar a Camila, quien iba en el asiento del copiloto asintiendo amablemente mientras escuchaba música con un solo audífono. Valeria, desde el asiento trasero, miraba el paisaje por la ventanilla en silencio, manteniendo su distancia de seguridad mental.
Cuando llegaron a la plaza principal elegida para la intervención, el calor se hizo sentir de inmediato. El lugar estaba lleno de vida: vendedores de jugos, personas mayores descansando en las bancas y el eco de los buses pasando cerca.
—Bien, organicémonos —dijo Valeria, sacando su tableta digital en cuanto bajaron del auto—. Necesitamos verificar las medidas de la pared principal para el mural y revisar los puntos de conexión eléctrica que Mateo quiere cambiar. Si lo hacemos rápido, evitaremos el tráfico de la tarde.
—Siempre tan eficiente, Valeria —comentó Mateo con una sonrisa de suficiencia mientras se ajustaba las gafas de sol—. Pero el urbanismo requiere observación, no solo prisa. Camila, acompáñame a ver la perspectiva de la luz desde la esquina de la calle inferior. Creo que ahí entenderás mejor lo que te proponía ayer.
Camila miró a Valeria de reojo, buscando una señal, pero Valeria simplemente asintió con la cabeza, obligándose a ser la profesional impecable que todos esperaban.
—Vayan revisando eso. Yo iré al fondo de la plaza a verificar los medidores de energía con el plano —dijo Valeria con tono firme, dándose la vuelta antes de que los celos absurdos le ganaran la partida.
Pasó los siguientes veinte minutos concentrada en los números de serie de las cajas eléctricas, anotando datos en sus planillas y tratando de ignorar las risas que de vez en cuando llegaban desde el otro lado de la plaza, donde Mateo señalaba los techos con entusiasmo y Camila tomaba fotos con su cámara digital.
La complicación llegó cuando Valeria intentó acceder a una zona restringida detrás de una vieja estructura comunitaria para revisar el cableado principal. El suelo estaba desparejo, lleno de escombros de una reparación reciente y tierra suelta. Con la mirada fija en la pantalla de su tableta, Valeria no vio un enorme borde de concreto roto.
Su pie tropezó de forma violenta. Perdió el equilibrio por completo y, en un intento desesperado por salvar el dispositivo electrónico, soltó su bolso. Valeria cayó de rodillas sobre la tierra dura, sintiendo un dolor agudo y punzante en el tobillo izquierdo.
—¡Mierda! —exclamó, apretando los dientes mientras un frío repentino le recorría el cuerpo debido al dolor.
A pesar de la distancia y del ruido de la calle, Camila parecía tener un radar interno conectado exclusivamente a ella. Al ver de lejos que la silueta de Valeria desaparecía detrás de la estructura, Camila dejó a Mateo con la palabra en la boca y corrió a través de la plaza como si le fuera la vida en ello.
—¡Valeria! —gritó Camila, llegando al lugar en pocos segundos, con el rostro pálido por la preocupación. Se arrodilló de inmediato en la tierra, sin importarle ensuciar sus pantalones—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? Dios, estás temblando.
—Mi tobillo... —susurró Valeria, con los ojos cerrados y la respiración agitada, apoyando las manos en el suelo—. Creo que me lo doblé muy mal. Pero la tableta está bien, no le pasó nada...
—¡Al diablo la tableta, Valeria! —la interrumpió Camila con una voz cargada de una angustia tan real que hizo que Valeria abriera los ojos. Camila le tomó el rostro con suavidad, obligándola a mirarla—. Mírame. Respira hondo. Déjame ver el pie.
Camila comenzó a revisar el tobillo con una delicadeza increíble, retirando el zapato con cuidado extremo. La preocupación en sus ojos oscuros era tan evidente, tan ajena a la típica actitud relajada de Camila, que Valeria sintió un nudo en la garganta. El amor y el cuidado que emanaban de sus manos eran imposibles de fingir.
En ese momento, Mateo llegó caminando a paso rápido, un poco agitado por la carrera.
—¿Qué pasó aquí? ¿Todo bien? —preguntó el arquitecto, deteniéndose al ver la escena.
La cercanía entre Camila y Valeria en ese rincón era demasiado íntima. Camila estaba prácticamente sosteniendo a Valeria entre sus brazos, susurrándole palabras de aliento muy cerca del oído mientras le acariciaba la pierna para calmar el dolor. Para cualquiera con un mínimo de observación, aquello ya no parecía una simple relación de compañeras de oficina.
Mateo frunció el ceño ligeramente, mirando la posición de las manos de Camila y la forma en que Valeria se apoyaba en su hombro con total confianza, buscando su calor. Una chispa de comprensión cruzó los ojos del arquitecto, borrando por completo su sonrisa condescendiente de los días anteriores.
—Se dobló el tobillo de forma grave, Mateo —dijo Camila, levantando la vista con un tono de voz serio y protector que no admitía discusiones—. No puede caminar y se está empezando a hinchar. Necesito que vayas por el auto y lo acerques lo más que puedas a la entrada peatonal. Tenemos que llevarla a urgencias ya mismo.
Mateo asimiló la situación en silencio por un segundo, mirando la conexión innegable entre las dos chicas. La tensión profesional que había intentado manipular se había disuelto ante una realidad mucho más fuerte.
—Claro... de inmediato. Traeré el auto —respondió Mateo, perdiendo por primera vez su tono de superioridad. Dio la vuelta y se alejó rápidamente hacia el estacionamiento.