El diagnóstico médico en la clínica de Belén había sido claro: un esguince de segundo grado, una bota inmovilizadora y reposo absoluto en casa durante al menos tres días. Para Valeria, aquello se sentía como una sentencia de prisión. El viernes era la entrega final del proyecto y ella estaba atrapada en el sofá de su apartamento, sintiéndose completamente inútil.
El silencio de su sala solo era interrumpido por el suave ronroneo de su gato, un hermoso felino de pelaje espeso que llevaba catorce años siendo su compañero fiel de vida. El animal se había acurrucado con cuidado sobre las piernas de Valeria, manteniéndole calor como si supiera exactamente que su humana estaba adolorida.
—Al menos tú sigues mi cronograma de descanso —susurró Valeria, acariciando la cabeza del minino con resignación.
Justo en ese momento, el timbre del apartamento sonó, rompiendo la calma. El gato levantó las orejas, alerta. Valeria suspiró, mirando las muletas apoyadas contra la pared; el simple hecho de levantarse implicaba un esfuerzo monumental.
—¡Ya voy! ¡Está abierto! —gritó Valeria, recordando que le había dejado la puerta sin seguro a la enfermera de la empresa que se suponía pasaría a revisar su incapacidad.
Sin embargo, la persona que cruzó el umbral no llevaba uniforme médico. Era Camila.
Cargaba una enorme bolsa de tela de un mercado local en una mano y su mochila llena de calcomanías en la otra. Tenía las mejillas un poco coloradas por el sol de la tarde y el cabello recogido en un moño alto desordenado. El aroma a vainilla y lavanda invadió el apartamento de inmediato.
—¿Camila? ¿Qué haces aquí? Deberías estar en la oficina terminando los renders con Mateo —dijo Valeria, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa.
—Mateo se quedó bastante silencioso después de lo de ayer, y el señor Restrepo me dio permiso de trabajar de forma remota hoy para... "asegurar la coordinación del equipo" —Camila sonrió con picardía, cerrando la puerta con el pie—. Además, ¿crees que te iba a dejar sola comiendo comida instantánea y estresándote por las planillas? Te conozco, capitana.
Camila dejó las bolsas en la barra de la cocina y caminó hacia el sofá. Al ver al gato, se detuvo en seco, abriendo los ojos con ternura.
—¡Ay, pero qué belleza! No me dijiste que tenías un guardián tan hermoso —dijo en voz baja, extendiendo la mano despacio para que el felino la oliera. El animal, que usualmente era desconfiado con los extraños, olfateó sus dedos y comenzó a frotar su hocico contra su mano, aprobándola de inmediato.
—Vaya... suele odiar a todo el mundo —admitió Valeria, mirando la escena con una sonrisa inevitable—. Definitivamente tienes un efecto extraño en los seres vivos de esta casa.
—Es mi encanto natural —Camila le guiñó un ojo. Se sentó con cuidado en el borde del sofá, justo al lado de las mantas que cubrían a Valeria. Su mirada cambió rápidamente de la diversión a una profunda ternura—. ¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho?
—Me duele más estar quieta sabiendo todo lo que falta por hacer para el viernes —confesó Valeria, desviando la mirada hacia su tableta, que estaba sobre la mesa de centro—. Siento que las dejé solas con toda la carga.
Camila extendió la mano, tomó el mentón de Valeria con suavidad y la obligó a mirarla de frente. La cercanía en el pequeño sofá de la sala se sentía mil veces más intensa que en el cubículo de la agencia.
—Escúchame bien, Valeria estructurada: el proyecto está prácticamente listo. Ayer dejé los archivos montados y hoy solo tengo que pulir los textos decorativos de los murales. No estás sola, somos un equipo. Y ahora, mi prioridad número uno es que tú estés bien.
Antes de que Valeria pudiera protestar, Camila se inclinó y le dio un beso suave, lento y profundo en los labios. Un beso que sabía a tranquilidad y que eliminó de golpe todo el estrés que Valeria llevaba acumulando en los hombros. Cuando se separaron, Camila le acarició la mejilla con el pulgar.
—Traje ingredientes para hacer algo rico de comer. Voy a cocinar, tú vas a descansar y luego podemos revisar los últimos detalles del proyecto juntas en la computadora, desde aquí del sofá. ¿Trato hecho?
Valeria miró a Camila, sintiendo una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con la fiebre del esguince. Por primera vez en sus veinticuatro años, sintió lo que era tener a alguien dispuesto a sostener el mundo por ella cuando sus propias estructuras fallaban.
—Trato hecho —aceptó Valeria con un susurro, dejando ir el control por completo.
Durante el resto de la tarde, el apartamento de Valeria se llenó del sonido de Camila tarareando canciones en la cocina, el olor a comida casera y las caricias del gato que ya la había adoptado como su persona favorita. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas de Medellín, tiñendo la sala de tonos naranjas y morados, Valeria entendió que el accidente en Belén no había sido una mala jugada del destino. Había sido el desvío perfecto para encontrar el hogar que tanto estaba buscando.