La noche del viernes en Medellín tenía un brillo especial, o al menos así le parecía a Valeria mientras observaba el reflejo de las luces de la ciudad desde la terraza de un pequeño restaurante en El Poblado. El ambiente estaba cargado de música suave, el murmullo de las conversaciones ajenas y el aroma a comida gourmet, pero su atención estaba totalmente centrada en la mujer que tenía sentada frente a ella.
Camila se veía radiante. Se había cambiado la chaqueta de mezclilla por una camisa de seda color terracota que resaltaba el brillo de sus ojos, y no había dejado de sonreír desde que salieron de la oficina.
—¿Puedes creerlo, Vale? —dijo Camila, levantando su copa de vino para un brindis—. El Eco de Belén es una realidad. El lunes empezamos con las contrataciones de los artistas locales. ¡Lo logramos de verdad!
Valeria chocó su copa con la de ella, forzando una sonrisa que esperaba fuera lo suficientemente convincente.
—Por el éxito, Camila. Te lo mereces más que nadie. Tu talento fue lo que realmente vendió la idea hoy.
Bebieron en silencio por un momento. La comida era excelente, la compañía era la que Valeria más deseaba en el mundo, pero en el fondo de su mente, una pequeña alarma —una de esas que ella misma había configurado durante años— empezaba a sonar. Para Valeria, la vida siempre había sido una sucesión de metas. Terminas el colegio, entras a la universidad, consigues el contrato, entregas el proyecto. Y ahora que la meta final del "Libreto de Belén" se había alcanzado, el espacio en blanco que quedaba frente a ella la aterraba.
—Estás muy callada, capitana —observó Camila, dejando la copa sobre la mesa y buscando la mano de Valeria con la suya—. Y conozco esa mirada. Es la mirada de cuando estás intentando cuadrar un presupuesto que no cierra. ¿Qué pasa?
Valeria suspiró, dejando caer los hombros. Ya no podía ocultarlo, no ante Camila, que parecía haber desarrollado la habilidad de leer sus pensamientos a través de sus silencios.
—Es solo que... —empezó Valeria, bajando la voz—. Todo este tiempo, nuestra relación, nosotros... todo ha girado en torno a la presión del proyecto. Las noches trabajando, los cafés a escondidas, los secretos en la oficina porque teníamos una meta común. Pero el proyecto ya se acabó, Camila. El lunes volvemos a la normalidad de la agencia.
Camila frunció el ceño, confundida.
—¿Y qué tiene de malo volver a la normalidad?
—Que no sé cuál es nuestra normalidad fuera de un cronograma —confesó Valeria con una honestidad que le dolió en el pecho—. Mi vida siempre ha tenido una estructura, un propósito claro. Ahora que no tenemos que pasar diez horas juntas obligatoriamente para salvar el contrato, me da miedo que... que lo que sentimos también haya sido parte de esa burbuja de adrenalina. Que fuera del proyecto, no sepamos qué hacer la una con la otra.
Camila se quedó en silencio unos segundos, procesando las palabras. Se echó hacia atrás en su silla, mirando hacia la ciudad, y por un momento, Valeria temió haber roto la magia de la noche. Pero luego, Camila volvió a mirarla con una expresión de una seriedad y una dulzura que le cortó la respiración.
—Valeria, escúchame —dijo Camila, apretando su mano con firmeza—. Para ti, todo tiene que tener un inicio, un desarrollo y un final, como si la vida fuera un informe de gestión. Pero el amor no es un proyecto de la alcaldía. No tiene fecha de entrega, ni presupuesto limitado, ni se acaba porque firmamos un contrato.
—Lo sé, pero...
—No, no lo sabes —la interrumpió Camila con suavidad—. Me gustas porque eres estructurada, sí, pero me enamoré de ti porque en medio de tu orden, encontré a una mujer que se preocupa por los demás, que cuida a su gato con una ternura infinita y que es capaz de besarme bajo la lluvia olvidándose de que se está mojando la ropa. Nada de eso tiene que ver con el señor Restrepo o con los murales de Belén.
Valeria sintió que el nudo en su garganta empezaba a ceder.
—Tengo miedo de no ser suficiente para ti cuando no tengamos un problema que resolver juntas —susurró Valeria.
Camila se levantó de su silla, caminó los dos pasos que las separaban y se inclinó para quedar a la altura de su oído, rodeando sus hombros con un abrazo cálido.
—El único plan que necesito para el lunes es saber que voy a verte en la oficina y que, al salir, vamos a ir a tu apartamento a ver una película aburrida mientras tu gato nos ignora —susurró Camila—. Mi libreto para el futuro está vacío, Vale, y quiero que seas tú la que me ayude a escribirlo, sin prisa y sin fechas de entrega. Solo nosotros.
Valeria cerró los ojos, apoyando la cabeza en el hombro de Camila. La incertidumbre seguía ahí, porque su naturaleza no cambiaría de la noche a mañana, pero por primera vez, el vacío del futuro no se sentía como un abismo, sino como una página en blanco llena de posibilidades.
—Está bien —respondió Valeria, levantando la mirada y dándole un beso corto en la comisura de los labios—. Pero que sepas que voy a necesitar una lista de las películas que vamos a ver.
Camila soltó una carcajada que resonó en toda la terraza, borrando cualquier rastro de duda.
—Trato hecho, capitana. Pero yo elijo las crispetas.
La noche continuó, llena de risas y planes que no tenían nada que ver con el trabajo. Habían superado la gran prueba profesional, pero mientras caminaban de regreso al auto bajo el cielo estrellado de Medellín, Valeria supo que el verdadero éxito no era el reconocimiento de la junta directiva, sino haber encontrado a la persona que la hacía sentir que, incluso en el caos de la incertidumbre, todo estaba exactamente donde debía estar.