El lunes por la mañana llegó con una dosis de realidad que Valeria no vio venir. La euforia del viernes y la tranquilidad del fin de semana se esfumaron en el instante en que el señor Restrepo la llamó a su oficina principal antes de la reunión de equipo.
—Siéntate, Valeria —dijo el director, pasándole una carpeta con el sello dorado de la sede central de la agencia en Bogotá—. Esto llegó a primera hora. La junta directiva quedó tan impresionada con tu gestión de costos en el proyecto de Belén que quieren ofrecerte un ascenso inmediato. Te quieren como Directora Financiera de Proyectos Especiales.
Valeria sintió un vuelco en el estómago. Era el puesto con el que había soñado desde que entró a la agencia: más presupuesto, un equipo a su cargo y un estatus profesional indiscutible.
—Es una oportunidad increíble, señor Restrepo —alcanzó a decir, sintiendo que la garganta se le cerraba.
—Lo es. Pero hay una condición —el director la miró con seriedad—. El puesto es en las oficinas de Bogotá. Tendrías que mudarte en dos semanas, justo después de la inauguración de la primera fase en Belén. Piénsalo estos días y me das una respuesta el jueves.
Valeria salió de la oficina del director con las piernas temblando. Caminó por el pasillo en piloto automático y entró a su cubículo compartido. Camila estaba allí, tarareando una canción mientras organizaba los pinceles que usaría para los retoques finales del mural. Al ver la cara pálida de Valeria, Camila dejó lo que estaba haciendo de inmediato.
—¿Vale? ¿Qué pasó? Te ves como si hubieras visto un fantasma —dijo Camila, acercándose con prisa.
Valeria se dejó caer en su silla, incapaz de mirarla a los ojos. Le entregó la carpeta dorada en silencio. Camila la leyó rápidamente y, a medida que avanzaba en la lectura, la sonrisa de su rostro se fue desvaneciendo.
—Bogotá... —murmuró Camila, dejando caer la carpeta sobre el escritorio—. Es el ascenso que siempre quisiste, ¿verdad?
—Sí, pero... no sabía que implicaba irme —contestó Valeria, levantando la mirada. Vio el dolor reflejado en los ojos de Camila, un dolor que intentaba ocultar detrás de una máscara de madurez—. No sé qué hacer, Camila. Acabamos de encontrar un equilibrio. Si me voy, la distancia podría...
—Valeria, no puedes rechazar esto por mí —la interrumpió Camila, con una voz que temblaba levemente—. Llevas años construyendo tu carrera de forma perfecta. Si te quedas aquí por un romance de pocas semanas, te vas a arrepentir y terminarás odiándome por haber sido el obstáculo en tus planes.
—¡No es solo un romance, Camila! —exclamó Valeria, levantándose de la silla. La frustración y el miedo acumulados explotaron en sus palabras—. Toda mi vida he seguido el plan perfecto, pero ahora mi plan eres tú. No quiero una oficina más grande en otra ciudad si eso significa volver a la rigidez de estar sola.
El silencio que siguió fue pesado. Camila dio un paso atrás, cruzando los brazos, herida por la intensidad del momento.
—Necesito pensar —susurró Camila, con los ojos empañados—. No quiero ser la razón por la que arruines tu futuro, Valeria. Hablamos de esto después.
El resto de la semana se convirtió en una tortura silenciosa. Aunque seguían compartiendo el escritorio y coordinando los detalles técnicos para la inauguración del sábado, la calidez entre las dos había desaparecido, reemplazada por una distancia profesional que se sentía más fría que el aire acondicionado de la oficina. Valeria pasaba las noches en vela en su apartamento, mirando el techo con su gato acurrucado a su lado, sintiendo que cualquier decisión que tomara rompería una parte de su vida.
El jueves por la tarde, Valeria entró a la oficina del señor Restrepo. El director la miró con expectación, esperando la firma del contrato de traslado.
—Señor Restrepo, agradezco profundamente la confianza de la junta —dijo Valeria, colocando la carpeta dorada sobre el escritorio—. Pero voy a rechazar la oferta de Bogotá.
El director abrió los ojos, sorprendido.
—¿Estás segura, Valeria? Una oportunidad así no se presenta dos veces. Tu carrera...
—Mi carrera está aquí, señor. En Medellín —respondió Valeria con una seguridad que la sorprendió a sí misma—. El proyecto de Belén me enseñó que el éxito no se mide por el tamaño de la oficina, sino por el impacto real de lo que construimos. Quiero quedarme a liderar la expansión del proyecto en las comunas de nuestra ciudad. Creo que todavía tengo mucho que aportar aquí.
El señor Restrepo la miró durante un largo momento y luego sonrió, guardando la carpeta.
—Es una decisión valiente, Valeria. Y para serte sincero, me alegra que te quedes. Informaré a la junta. Prepárate para el sábado, porque los ojos de la alcaldía estarán sobre nosotros.
Cuando Valeria regresó a su oficina, Camila ya se había ido, dejando solo una nota adhesiva rosada en la pantalla de su tableta que decía: "Te veo el sábado en la plaza. Terminé el mural".
Valeria guardó la nota en su bolso, sintiendo que, aunque el futuro seguía siendo un misterio y la tensión con Camila aún no se había resuelto del todo, había tomado la decisión correcta. Había elegido romper su propio libreto para defender el lugar donde su corazón finalmente había aprendido a latir.