El jueves por la tarde, la oficina se sentía más fría que de costumbre, y no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Valeria miraba la carpeta dorada sobre su escritorio. El plazo que le había dado el señor Restrepo para aceptar el traslado a la sede central de Bogotá vencía en menos de una hora.
A su lado, el escritorio de Camila estaba inusualmente ordenado, vacío de bocetos y de tazas de café. Camila se había ido temprano a la plaza de Belén para supervisar las capas de sellante del mural, dejando una distancia física que dolía más que el esguince del tobillo.
Valeria suspiró, tomó la carpeta contra su pecho y caminó hacia la oficina del director. Cada paso que daba resonaba en el pasillo como un veredicto. Entró sin llamar, encontrando al señor Restrepo revisando unos papeles.
—Valeria, adelante —dijo el hombre, quitándose las gafas de lectura—. Estaba esperando por ti. Supongo que vienes con el documento firmado. Es una oportunidad de oro, la junta en Bogotá está ansiosa por tenerte allá a partir de la próxima semana.
Valeria miró la carpeta y luego miró por el ventanal de la oficina, divisando las montañas de Medellín. Recordó el choque en el ascensor, la libreta llena de calcomanías, la lluvia torrencial bajo el porche de la cafetería y los ronroneos de su gato mientras Camila cocinaba en su apartamento. Toda su vida había querido el puesto perfecto, pero se dio cuenta de que el puesto perfecto no servía de nada si implicaba volver a encerrarse en una burbuja de soledad y control riguroso.
Dejó la carpeta sobre la mesa del director, sin abrir.
—Señor Restrepo, agradezco profundamente la confianza de la junta —dijo Valeria, con una voz clara y firme que no dejaba espacio a las dudas—. Pero voy a rechazar la oferta de Bogotá. Me quedo en Medellín.
El director abrió los ojos de par en par, completamente sorprendido.
—¿Estás segura, Valeria? Un ascenso como este no se repite. Tu carrera...
—Mi carrera está aquí, señor. El proyecto de Belén me enseñó que el éxito no se mide por el tamaño de una oficina en otra ciudad, sino por el impacto de lo que construimos. Quiero quedarme a liderar la expansión de estos proyectos culturales en las demás comunas de la ciudad. Creo que todavía tengo mucho que aportar aquí, en mi entorno. Y... con mi equipo.
El señor Restrepo la miró durante un largo momento en silencio. Luego, una sonrisa de sincera admiración apareció en su rostro. Guardó la carpeta en el cajón.
—Es una decisión muy valiente, Valeria. Y para serte franco, me alegra mucho no perderte. Informaré a la junta. Prepárate para el sábado, porque el alcalde va a estar ahí y quiero que dejes el nombre de la agencia en lo alto.
—Así será, señor —asintió Valeria, sintiendo que un peso gigantesco se le quitaba de encima.
Al salir de la oficina, Valeria no regresó a su cubículo. Salió del edificio, tomó un taxi y le dio al conductor la dirección de la plaza de Belén. Necesitaba ver a Camila. No podía esperar hasta el sábado.
Cuando llegó a la plaza, el sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas. A lo lejos, subida en un andamio bajo, vio la silueta de Camila terminando de pulir una esquina del imponente mural. Valeria caminó hacia ella, apoyándose con cuidado en su vendaje.
—¿No deberías estar en la oficina firmando tu futuro? —preguntó Camila sin girarse, reconociendo el ritmo de los pasos de Valeria. Su voz sonaba apagada, cansada y triste.
—Ya lo firmé —respondió Valeria, deteniéndose al pie del andamio.
Camila dejó caer el aerosol en la canastilla y se giró despacio. Tenía los ojos un poco hinchados y una mancha de pintura azul en la mejilla.
—¿Y cuándo te vas? —preguntó Camila, intentando mantener una sonrisa valiente que no le salía.
—No me voy, Camila —dijo Valeria, dando un paso más hacia el andamio—. Fui a la oficina del señor Restrepo y rechacé el puesto en Bogotá. Me quedo en Medellín. Me quedo aquí, contigo.
Camila se quedó helada. Bajó del andamio casi de un salto, sin importarle la seguridad, y se plantó frente a Valeria con la respiración agitada.
—¿Qué? Valeria, ¿estás loca? Tu orden, tus planes de toda la vida...
—Mis planes cambiaron el día que me tiraste el café encima —la interrumpió Valeria, extendiendo sus manos para tomar las de Camila, ignorando que estaban llenas de pintura—. Me di cuenta de que no quiero una oficina perfecta si eso significa volver a la rigidez de estar sola. Quiero el caos de tus murales, quiero tus notas adhesivas y quiero escribir el resto de mi libreto contigo. No te estoy culpando de nada; estoy eligiendo la vida que realmente quiero vivir.
A Camila se le escapó una lágrima que limpió de inmediato con el dorso de la mano, dejando una línea azul en su piel. Soltó una carcajada limpia, esa risa que a Valeria le devolvía la vida, y se lanzó a sus brazos.
Valeria la recibió con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello, respirando el aroma a vainilla, lavanda y pintura acrílica que ahora significaba su hogar absoluto.
—Eres la persona más terca y estructurada que conozco, capitana —susurró Camila contra su oído, abrazándola por la cintura.
—Y tú eres el desorden más hermoso que me pudo haber pasado —respondió Valeria, separándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos—. Ahora, déjame ayudarte a bajar esas herramientas. El sábado tenemos una inauguración que ganar.
Camila sonrió, le dio un beso rápido y dulce en los labios y volvieron al trabajo juntas, bajo el cielo de Medellín que empezaba a encender sus primeras luces, con la certeza de que el futuro ya no era un problema matemático por resolver, sino una historia hermosa que estaban listas para estrenar.