Fuera de libreto

Capítulo 15: El primer trazo del resto de la vida

Seis meses después de la inauguración en Belén, el despertador del apartamento de Valeria sonó exactamente a las seis de la mañana, como dictaba su inquebrantable costumbre. Sin embargo, la rutina que siguió a continuación distaba mucho de la rigidez de su pasado.

​Valeria se estiró entre las sábanas, sintiendo el peso familiar de su viejo gato calicó acurrucado al borde de la cama. Al girar la cabeza, se encontró con el rostro relajado de Camila, quien dormía profundamente con un brazo cruzado sobre la almohada y un mechón de cabello rebelde tapándole los ojos.

​Valeria sonrió con ternura, se inclinó para darle un beso suave en la frente y se levantó sin hacer ruido. Caminó descalza hacia la sala, donde la luz del amanecer de Medellín empezaba a colarse por el gran ventanal, tiñendo el espacio de tonos dorados.

​El apartamento ya no era el templo minimalista y monocromático de antes. Ahora, sobre la barra de la cocina, reposaba una taza de cerámica pintada a mano con un sol brillante; en la pared principal de la sala colgaba un lienzo mediano con trazos abstractos en lavanda y naranja, y en la mesa de centro, junto a las impecables carpetas de gestión de Valeria, se acumulaban las notas adhesivas de colores donde Camila solía dejarle mensajes de buenos días.

​Valeria preparó dos cafés, asegurándose de que el de Camila tuviera la cantidad exacta de azúcar que le gustaba, y regresó a la habitación. Justo en ese momento, Camila empezó a desperezarse, abriendo los ojos oscuros con una sonrisa perezosa.

​—Buenos días, capitana —susurró Camila, con la voz ronca por el sueño, incorporándose para recibir la taza.

​—Buenos días, artista —respondió Valeria, sentándose en el borde de la cama—. Arriba. Hoy es un día importante. El señor Restrepo nos espera a las ocho para revisar los planos finales de la intervención en la zona norte.

​Camila le dio un sorbo al café y suspiró con dramatismo simulado.

​—No puedo creer que lograste hacerme madrugar un sábado durante medio año consecutivo. Eres un peligro para mi reputación de alma libre, Valeria.

​—Y tú eres un peligro para mi registro de puntualidad, considerando que todavía estás en pijama —bromeó Valeria, tomándole la mano libre y entrelazando sus dedos. La calidez del contacto seguía provocándole el mismo vuelco en el corazón que el primer día.

​El camino hacia la agencia se había convertido en su momento favorito del día. Ya no se escondían. Caminaban por las calles de El Poblado tomadas de la mano, compartiendo auriculares y discutiendo ideas. En la oficina, el equipo se había acostumbrado a verlas trabajar como una unidad perfecta. Incluso Mateo, que ahora lideraba otra división, pasaba de vez en cuando por su cubículo para pedirles consejos sobre cómo unificar la viabilidad técnica con el diseño comunitario. Habían demostrado que el orden y el caos no eran enemigos; eran las dos caras de una misma moneda creativa.

​A las cinco de la tarde, tras dar por terminada la jornada y dejar aprobados los presupuestos para el nuevo corredor cultural de la ciudad, Valeria y Camila decidieron hacer una parada antes de regresar al apartamento.

​Caminaron hacia la plaza principal de Belén. El mural que habían inaugurado meses atrás seguía intacto, respetado por los vecinos y convertido en el corazón del barrio. Varios jóvenes se tomaban fotos frente a los colores del atardecer pintados en la pared, y un grupo de niños jugaba cerca de las luminarias que Valeria había defendido con tanta firmeza.

​Se pararon a unos metros de distancia, contemplando su obra.

​—A veces miro esto y todavía me cuesta creer que todo empezó porque decidiste derramarme un capuchino encima —comentó Valeria, rompiendo el silencio, mientras rodeaba la cintura de Camila con el brazo.

​—Fue un accidente calculado por el destino —respondió Camila, recostando la cabeza en el hombro de Valeria—. Sabía que necesitabas un poco de color en tu vida perfectamente gris.

​—Tenías razón —confesó Valeria, mirando el mural y luego el perfil de la chica que amaba—. Mi vida tenía un orden, pero no tenía un sentido. Me enseñaste que los mejores capítulos son los que se escriben sin saber qué va a pasar en la siguiente página.

​Camila se giró para quedar frente a ella, tomándole las manos. El sol de la tarde de Medellín comenzaba a ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo real con los mismos colores exactos que estaban plasmados en la pared.

​—Entonces, ¿qué sigue en nuestro libreto, Valeria? —preguntó Camila, con los ojos brillando de emoción y promesas.

​Valeria sonrió, una sonrisa libre de miedos, de planes rígidos y de la necesidad de controlar el futuro. Cerró los ojos por un segundo, disfrutando del viento fresco de la tarde, y luego volvió a mirar a Camila con una certeza absoluta.

​—Sigue lo que nosotras queramos, Camila. La página está en blanco —respondió Valeria en un susurro, justo antes de acortar la distancia.

​Se besaron en medio de la plaza, un beso que sabía a victoria, a hogar y a un futuro que ya no necesitaban calcular. A su alrededor, la ciudad continuaba con su ritmo vibrante, pero en su rincón del mundo, el orden y el caos finalmente habían encontrado su melodía perfecta. La historia que había comenzado con un tropiezo en el ascensor cerraba su primer volumen, dando paso al trazo más hermoso de todos: el que iban a pintar juntas, día a día, fuera de libreto.




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