Universo: Las brujas del oráculo
Prompt: Una carta carta de amor que no debió leerse.
Culpa
El sol se abrió paso entre las nubes negras. Los dos últimos meses habían sido un infierno húmedo y gélido. No era habitual encadenar una racha tan larga de mal tiempo, parecía que el mundo se había sumido en un caos silencioso desde que la orden de aniquilar a las brujas fue dada.
Faresha empujó las ventanas dejando entrar una ráfaga de aire frío de la llanura de Torapul. Vio a su hermano, Ugger, y a Soren en los jardines llenos de fango y charcos ejercitándose pese a lo temprano que era todavía. Ella también debería hacer algo de provecho.
El mercado vecinal de Torapul se anunciaría en cuanto la primavera empezase a decorar el mundo con sus colores y fragancias. Ugger y ella habían estado hablando sobre ello, ya era el momento de deshacerse de algunas de las cosas de sus difuntos padres. Tenían la mayor parte de su ropa encerrada en un armario, acumulando polvo y humedad, seguro que alguien la apreciaría y, además, se harían con algunas monedas a cambio. Le daba un poco de miedo el cómo la haría sentir sumergirse entre esos recuerdos, pero posponerlo no iba a ayudarla.
Soren ocupaba aquella habitación desde su llegada casi un año atrás. Todas sus pertenencias estaban en el baúl, siempre decía que no necesitaba un armario. Tampoco es que tuviera mucha ropa ni interés en tenerla. El abrigo de vestir, que era lo único que colgaba del perchero, estaba en el suelo.
—Ay, Soren, menudo desastre —musitó recogiendo el abrigo del suelo—, te he dicho mil veces que lo guardes en el armario.
Del bolsillo cayó algo, flotando con suavidad hasta alcanzar el suelo con un sonido sordo. Faresha lo reconoció al instante. Era el pedazo de papel que Soren atesoraba, el mismo que le había visto leer con lágrimas en los ojos, el que nunca permitía que nadie tocase o leyese.
Se agachó para recogerlo, lo sostuvo entre los dedos. La curiosidad hormigueó en sus dedos. Faresha echó un vistazo a los dos hombres del jardín para asegurarse de que seguían allí. Sabía que no debía hacerlo, pero ¿quién iba a saberlo? Lo desdobló con cuidado y le echó un rápido vistazo. Era una carta. La leyó:
Mi querido Soren:
Sé que te estarás preguntando por qué estoy escribiendo estas letras en vez de decírtelo a la cara y haces bien. Siempre me dices que no sé estarme callada y que sería capaz de hablar incluso debajo del agua. Supongo que es debido a lo avergonzada que estoy por mi reacción del otro día.
¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos? Cuando llegué a Barcevarre tenía siete años y tú nueve, éramos dos niños provenientes de mundos tan opuestos que parece imposible que alcanzásemos a comprendernos. Te convertiste en mi mejor amigo en seguida y no me he arrepentido ni un solo momento de nuestra amistad. Nunca me rechazaste por ser una bruja, nunca me miraste como a un ser extraño y jamás anhelaste el poder que mi condición podía ofrecerte.
Zajatt, Aethria, Ugger y tú sois los únicos en esta ciudad que me habéis tratado como a una más. Me cuidabais, todos vosotros, de maneras diferentes, pero me envolvíais en un manto de seguridad. Tú me consentías sacando a escondidas los libros de la biblioteca real para saciar mi curiosidad por el mundo. Era feliz, tan feliz que a veces creía que mi pecho explotaría de tanta felicidad.
Nunca le pedí nada especial a la vida, me contentaba con poder continuar a tu lado, como amiga, cuando fueses coronado. Permanecer allí, ayudándote a construir un mundo mejor y más libre como deseabas. Los mejores amigos del mundo luchando por un mundo más justo.
Jamás habría esperado que sintieses algo así por mí. Tampoco que me entregases un anillo. O que te arrodillases frente a Zajatt para pedirle mi mano.
Soy una estúpida, lo sé.
Me asusté.
Casarte conmigo te pondría en una situación tan vulnerable que me da mucho miedo. Soren, tú eres la esperanza de la gente. Cuando seas nombrado gobernador, aunque tardes en lograrlo, sé que lucharás por nuestras gentes, que bajo tu mando la sociedad avanzará. Tienes un gran futuro ante ti, Soren. No vale la pena que lo malgastes a mi lado.
Siempre te he querido, Soren, siempre has sido especial para mí. Pero ¿tengo derecho a soñar? Yo soy una bruja y tú un príncipe. Quiero soñar, mi amado Soren. Quiero ser egoísta. Quiero pensar sólo en mí por una vez.
Sí, Soren, deseo unir mi vida a la tuya, si tú aún lo quieres. Deseo ser la persona más feliz del mundo junto al hombre más maravillo que existe.
Te quiero.
Ënhå.
«Así que es cierto. Eres el hijo del gobernador Gravewing» pensó con el peso de la revelación amenazando con aplastarla. Había oído rumores sobre Soren, pero no los había tomado en serio. Y, además…
—Faresha, ¿qué estás haciendo?
Se giró, en los ojos le quemaban las lágrimas que tornaban su visión borrosa. Soren estaba inmóvil en el dintel de la puerta. Faresha no trató de ocultar la carta, sabía que sería tan inútil como estúpido.
—¿La has leído?
—Sí, lo he hecho —admitió, la voz temblorosa—. Lo siento, no era mi intención, se ha caído del bolsillo y…
—Ënhå y yo íbamos a casarnos, mi padre la ejecutó. Por eso dejé Barcevarre y vine hasta aquí con Ugger —explicó recuperando la carta de las manos de Faresha. La dobló con cuidado y se la guardó como si no soportase tenerla lejos de su cuerpo—. Siempre quise cambiar las cosas igual que Ënhå. Pero ella ya no está y yo sigo aquí.
»Ënhå no volverá. La echaré de menos siempre. Una parte de mí nunca dejará de quererla.
—Lo sé —susurró.
Al fin lo comprendía. Su eterno desánimo. La carga de la muerte de la mujer amada sobre los hombros. La culpa constante. Su mirada perdida preguntándose si podría haber hecho algo diferente. Atrapado en el odio por su misma sangre. El rechazo frontal a volver a enamorarse.