Hastel y Máron llegan a su casa, completamente cubiertos de mugre.
–Por fin llegan. ¿Dónde estuvieron? –preguntó su tío.
–Estuvimos limpiando la plaza –respondió Máron.
Su tío suspiró, aliviado. Había creado en su mente una situación ficticia en la que los dos estaban heridos, así que las palabras de Máron le hicieron calmarse al darse cuenta de que todo lo que había imaginado no era más que su temor jugando una mala pasada.
–¿Qué hicieron esta vez?
Hastel se adelantó, dejando a Máron sola para hablar.
–Fue culpa de ella –acusó.
–No hice nada –dijo ella.
–¿Segura?
Saúl la miró fijamente, presionándola para que dijera la verdad. Máron trató de evitar su mirada y buscó algo con qué distraerse para aliviar la tensión.
–¿Y esto qué significa?
Saúl se acercó a la ventana y apartó la cortina. Allí se encontró con la bestia gigante que había destrozado la plaza.
–¡Orlando! –exclamó Máron.
En ese instante, la bestia giró la cabeza y la miró fijamente a los ojos. Ella se tapó la boca tratando de callarse, pero era inútil: el grito ya había salido.
–¿Orlando? –preguntó Saúl.
–Es el nombre que ella le puso –dijo Hastel.
–¡Cállate, idiota! –gritó Máron.
Su tía dejó de cocinar y apareció al escuchar la grosería.
–Cuide sus palabras, señorita –le reprendió.
–Sí, lo siento, tía.
–¿Dónde lo encontraste?
–En la pradera del tercer nivel.
–¿Cómo lograste que subiera hasta aquí?
–Usé a Melci como carnada.
–¿Ella está bien?
–Claro que sí.
–¿Piensas quedártelo?
–¿Puedo?
–¿Cómo vas a hacer para alimentarlo?
–Es herbívoro.
–Está bien.
–¿Qué? ¿No va a cuestionar nada?
Saúl se alejó para asomarse de nuevo por la ventana.
–Bienvenido a la familia, Orlando.
–¿Va a dejar que se quede con esa bestia gigante? –preguntó Hastel.
–Cállate, Hastel. Tú tienes un oso mugroso –le dijo su tía, dirigiéndose a su hijo mientras le hacía burla.
–Sí, pero Azul no mide treinta metros.
–Orlando no mide tanto, no exageres.
–Basta. Vayan a bañarse y luego siéntense a cenar, que ya está casi lista la comida.
Ellos dejaron de discutir y se separaron para ir a su habitación a buscar su ropa de cambio. Sus tíos no podían evitar mirarlos con ternura y nostalgia.
–Los voy a extrañar mucho –dijo Saúl–. Esta casa volverá a estar en silencio.
–Ya no tendré que pensar en qué cocinar todos los días. Sigo en contra de que se vayan, como tu mamá –añadió su tía.
–Yo igual, pero ella sabe lo que hace. Además, era el deseo de su madre que asistieran ahí.
–Estarán solos, y cualquier desliz los arrestarán.
–No quiero pensar en eso ahora. Quiero disfrutar de este momento.
Luego de una cena más llena de risas y anécdotas que de costumbre, salieron afuera a tomar aire. Máron se fue a buscar a Orlando, mientras Hastel se quedó acostado en el suelo, mirando a lo lejos las luces de la ciudad, perdido en sus pensamientos. Fueron interrumpidos por la llegada de su tío.
–¿Estás bien?
–Sí, no hay nada de qué preocuparse.
–Bueno, escucha: tu abuela quiere que la vayan a ver.
La piel de Hastel se erizó al entender la frase completa. Su rostro se tiñó de miedo mientras miles de preguntas le rondaban la cabeza.
–¿Qué quiere?
–No tengo idea. Solo me dijo que fueran a verla por algo importante.
–¿Ahora? ¿No puede ser mañana?
–Tiene que ser ahora.
Hastel suspiró y se puso de pie.
–Voy a buscar a la idiota.
Se dirigió hasta donde estaba Orlando y la vio durmiendo con una sonrisa enorme al lado de la bestia. Él sonrió antes de acercarse y darle una patada suave para despertarla.
–Levántate, la abuela nos llama.
–No voy a ir. Nunca sale nada bueno con esa vieja –se quejó Máron.
–No pienso ir solo: nos quiere a los dos.
Ambos se prepararon y salieron rumbo a la casa de su abuela. Al llegar, la vieron sentada afuera fumando en una pipa. Ellos la saludaron desde la distancia, y ella los invitó a acercarse con un gesto de la mano. En cuanto estuvieron cerca, giró rápidamente y les pegó a ambos en la cabeza con la pipa.
–¡Destrozaron la maldita ciudad! Son unos imbéciles. ¿Por qué le provocan tantos problemas a Saúl y Ría? Ellos hacen todo por ustedes y así les pagan –les regañó.
–Todo esto fue culpa de Máron. Yo fui un daño colateral –dijo Hastel.
–Tú, Máron y Melcifer son responsables de ese desastre –aclaró la abuela.
Luego de regañarlos, los invitó a sentarse a su lado.
–Ya cumplieron quince años. ¿Saben qué significa eso?
–Que tenemos más de catorce años –respondió Hastel.
–Un año menos de vida –añadió Máron.
La abuela los miró mostrando su malestar con las respuestas.
–Sin decirles nada, los estuve entrenando a ambos junto con Saúl y Anhari para este momento. Así que felicidades: fueron aceptados para ingresar en la academia de...
–¡¡¡ORLANDO!!! –gritó Máron de repente.
Hastel salió corriendo a toda velocidad antes de que ella terminara de gritar. Orlando se tambaleó y casi cayó al lado de Máron, rugiendo mientras ella corría para subir a su lomo.
–¡Púdrate! No pienso ir –gritó.
Al terminar la frase, Orlando salió corriendo en dirección contraria a la que había tomado Hastel.
–Qué ingenuos siguen siendo –murmuró la abuela.
Apareció detrás de Hastel y lo detuvo aplastándolo contra el suelo.
–¿Adónde crees que vas?
–¿No es obvio? ¡Déjeme ya, suélteme!
Hastel se puso de pie, miró a su alrededor, cerró los ojos y aguantó la respiración.
–Ya te encontré –anunció la abuela.
–¡Espere! Juro que no me voy a escapar. Déjeme, yo camino hasta su casa, no me lleve con usted, se lo suplico –rogó Hastel.
–Tuviste tu oportunidad de quedarte por las buenas.
Máron llevaba una sonrisa enorme, sintiendo que lo había logrado, pero en ese momento Orlando se detuvo en seco.
–¿Qué pasa, mi amor? –preguntó ella.
La bestia adoptó una posición de ataque. Máron se asomó desde su lomo y vio a su abuela sosteniendo a Hastel, que estaba vomitando.
–Bájate, ahora –ordenó la abuela.
Máron la miró fijamente, desafiándola, pero poco a poco el miedo fue dominándola.
–¿Orlando? ¿Qué pasa, cielo?
Orlando dejó de estar a la defensiva y se puso a temblar, tratando de alejarse pero sin poder mover las piernas.
–Máron, bájate –repitió la abuela con firmeza.
Con miedo en el rostro, ella se bajó.
Los dos se sentaron afuera de la casa de su abuela, mirando al suelo.
–Aún les faltan mil años para superarme. Ya deberían saberlo. Ahora no les quedará otra que escucharme. ¿Están de acuerdo?
Ambos respondieron que sí en un tono alto.
–Como ya saben, tener quince años significa que están en la edad para ingresar en la academia. Su madre dejó dinero para la inscripción de ambos, y su solicitud fue aprobada. Así que deberán salir dentro de tres días como máximo: el viaje dura siete días a pie.
–Yo me opongo –dijo Hastel.
–Yo igual –apoyó Máron.
–Nada de lo que digan hará que cambie de opinión, pero los escucho.
–No quiero usar el dinero que ella nos dejó para ir. No quiero saber absolutamente nada de mi madre –dijo Máron.
–¿Y con qué dinero crees que has vivido hasta ahora? No se vive del aire –le respondió la abuela–. Tu tío es un hombre humilde que apenas puede mantenerse a sí mismo y a mi nuera. Si dependieran solo de sus ganancias, solo hubieran comido papas. Tus tíos dieron mucho, pero no les alcanzaba, así que usamos el dinero que dejó tu madre.
Máron soltó una ligera sonrisa al saber que su madre aún estaba presente en sus vidas, mientras que Hastel se llenó de ira, negándose a creerlo.
–Bien, infancia arruinada. Preparen sus cosas y vuelvan a verme: les voy a enseñar a sobrevivir fuera de esta pocilga.
Máron levantó la mano para pedir la palabra.
–¿Hay alguna posibilidad de que no vayamos?
–No. Van a asistir y no hay discusión posible.
–No queremos ir a una escuela donde nos enseñen a cazarnos unos a otros, donde nacimos para ser esclavos. No quiero ir a ese lugar estúpido y racista donde, a la mínima sospecha, nos mandarán a construir monumentos a setecientos kilómetros de altura para que ese puerco se sienta más poderoso –exclamó Máron.
–Sé que vieron el mundo arder y conocieron la peor cara del ser humano. Pasaron por situaciones que harían suicidarse a cualquiera. Por eso les hace falta esto: deben aprender y llenarse de conocimientos, porque aquí las posibilidades son muy limitadas.
–Máron tiene razón. No queremos ir y tener que ocultar que somos ginas. No tiene sentido: solo por nacer así, nuestras posibilidades de vivir son bajas. No es justo; no quiero vivir con el miedo a que me descubran –dijo Hastel.
–Lo sé, es muy duro vivir así, pero es la época en la que les tocó nacer. No maldigan haber vivido en esta era: por algo están aquí, por algo aún tienen el lujo de respirar. ¿No les gusta algo? Cambíenlo, hagan el gran cambio. Tal vez no lo vean, pero serán recordados por las generaciones futuras. Si se quedan aquí, no quiero escuchar quejas: no tienen derecho a ellas. Así es la vida, horrible y fascinante a la vez. Solo tienen que descubrirla y equivocarse mil veces.
–No se puede esperar nada de una sociedad que solo quiere vernos muertos. Estar ahí conviviendo con esas personas e intercambiar pensamientos asquerosos no lo quiero –insistió Máron.
–Ya está decidido: van a viajar hasta Fátima y conocer el mundo.
Ambos se quedaron en silencio, sabiendo que no había más margen para las quejas. Solo les quedaba aceptar que estarían lejos de casa, conviviendo con personas que no les agradaban del todo.
–No les pasará nada. Soy vieja, pero aún puedo dar pelea: es por eso que sigo viva, ganándole a la maldita muerte. Si algo pasa, estaré ahí: muerta yo antes que ustedes, sucios idiotas.
Apoyó las manos en sus cabezas y las acarició.
–No tenemos miedo a morir: ya sabemos lo que es. Solo no queremos estar rodeados de gente con esos pensamientos –dijo Hastel.
–¿Se alejarían de mí? ¿Acaso no han convivido conmigo durante quince años? Hay personas diferentes; no todas son iguales. Por eso les hace falta conocer el mundo.
Ambos asintieron con la cabeza para dar su conformidad.
–Entonces vayan con sus tíos: es tarde y deben estar preocupados por ustedes.
Hastel y Máron se alejaron para regresar a casa.
–Si les toca ver al estúpido de su abuelo, díganle que no vuelva esta noche –gritó la abuela desde atrás.
Mientras ella los miraba irse, ellos caminaron bajo la noche hasta la casa de sus tíos.
–¿Qué dices, Hastel? –preguntó Máron.
–Que es una maldita basura –respondió él.
–Vamos a tener que prepararnos mentalmente para convivir con esos malditos cerdos inmundos.
–Estaremos fuera de nuevo.
–Ya no será lo mismo. Ahora soy más fuerte que aquella vez; no vas a luchar solo.
–Seremos tú y yo contra todos. Solo nos tenemos el uno al otro.
–Claro que sí, hermano.
Ambos chocaron sus puños mientras reducían la distancia hasta la casa de sus tíos.
Comenzarían a prepararse física y mentalmente para el largo viaje que les esperaba, donde tendrían que estar listos para cualquier inconveniente en el camino hasta Fátima.