Gedymo — En la última página de Ayru.

Capítulo. — 5.

Melcifer llega a su casa luego de haber corrido por la ciudad junto a Hastel; su cuerpo mostraba sin pudor la fatiga acumulada durante el día.
Al llegar, ve que las luces del exterior están apagadas. Le parece muy raro, ya que pertenece a una familia bastante numerosa —siempre debería haber alguien en casa. Abre la puerta con cuidado mientras su mente la traiciona con ideas sobre por qué todo está tan oscuro; era evidente que tenía miedo. Al terminar de abrir su ruidosa puerta, se asusta al oír los gritos de toda su familia en el mismo instante en que encienden las luces. Todos se acercan para saludarla a su manera.
—Mi niña hermosa —le dice su madre mientras la invita a reposarse unos segundos en sus cálidos brazos. Melcifer sonríe y se lanza hacia ella.
—Felicidades por entrar a Fáttima. Estamos muy orgullosos de ti.
Melcifer trata de contener las ganas de llorar por la situación que su familia ha preparado.
Su madre se separa para no taparle la vista.
—Te hicimos un súper banquete.
Ella observa la cantidad de platos con comida dispuestos sobre la mesa de la sala; su vista se emociona al igual que su estómago, ya que no están acostumbrados a tener tanta comida junta.
—Felicidades por ser la primera de la familia en ingresar a la academia Melisma —dice alguien más.
Todos comienzan a aplaudir, haciéndola sentir muy emocionada e incómoda a la vez. No era común recibir tanta atención, así que inconscientemente comienza a secarse las lágrimas que mojan su mejilla.
La invitan a sentarse, y en la habitación no hay silencio alguno.
Mientras comen, hablan sobre su viaje, su estadía, lo que hará al llegar, lo que sucederá cuando se gradúe y lo que espera aprender. Son algunos de los temas que se tocan aquella noche calurosa; todos quieren tener oportunidad de hablar, así que terminan haciéndolo al mismo tiempo.
Después de varias horas conversando de todo, su madre la invita a salir afuera para que el silencio les ayude a hablar. Melcifer se levanta y se abre paso entre el bullicio de las conversaciones que no parecen tener fin.
Al estar afuera, su madre le entrega una bolsa de papel.
—Quiero que la uses desde ahora. No es mucho, ni tampoco es todo lo que quería darte, pero creo que su significado vale más que un grimorio.
Ella observa la bolsa mientras la recibe, tratando de adivinar qué hay dentro antes de abrirla; su curiosidad es grande y un poco apresurada.
—Ábrela ahora —le anima su madre, emocionada al verla sostener la bolsa, ansiosa por saber cómo reaccionará y qué dirá.
Al sacarlo, ve que se trata de un guante largo que le llega casi hasta el codo; en la palma tiene dibujado un cifrado.
—Es de mis años en el curso y mi tiempo como gubernamental. Tiene muchos años ya, no es mu… —no logra terminar la frase, porque Melcifer se abalanza sobre sus brazos repitiendo mil veces lo agradecida que está. No es por el regalo en sí, sino por el gesto que representa.
—Melci, no comiences a llorar que vas a hacer que yo también llore —dice su madre.
Ambas se separan para no dejar de lado el tema que aún deben tratar.
—En la palma está grabado el cifrado que más usaba; es muy potente, así que ten cuidado cuando lo emplees.
Melcifer se queda en silencio observándolo, luego levanta la mirada hacia su madre.
—Es muy lindo —dice, volviendo a llorar y haciendo que su madre se contagie de aquella emoción.
—Recuerda no usarlo frente a tus maestros. No dejes que nadie sepa que tienes esto.
Ella asiente con la cabeza, aún afectada por la emoción.
Después de varios minutos llenos de lágrimas, logra calmarse para pasar a otro tema.
—Te vamos a extrañar mucho, hija.
—Tranquila, volveré. Si no es en un año, será en tres como gubernamental o al menos con el título. Lo prometo.
—Se que vas a lograrlo —le acaricia la cabeza con ternura, como para transmitirle todo lo que siente por ella—. Vamos adentro que tus hermanos tienen más regalos para ti, y luego a dormir que mañana tienes que levantarte temprano.
Ella asiente con la cabeza, se abrazan y vuelven a la sala para seguir con la pequeña fiesta que han preparado en su honor. Es una despedida y una oportunidad de disfrutar de su presencia una vez más, ya que saben que no estará ahí por un tiempo que para muchos será largo, aunque para otros no tanto.
Así pasa su última noche, rodeada de sus seres queridos y disfrutando como nunca de la compañía de sus diez hermanos.
Hastel se encuentra preparando a Azul, su oso grizzly. Le ha puesto una pequeña manta de color violeta para afrontar el frío de las bajas alturas; en su lomo se aprecia la montura, y a sus costados lleva bolsas para guardar lo necesario. Después de acomodar todas sus cosas, se dedica a peinarlo y hacerle cariño, para que el animal sienta lo importante que es para él.
Su abuela lo interrumpe llegando de golpe, con Maron desmayada sobre su espalda. La deja caer bruscamente al suelo.
—Dale esto —le tira a la mano un pequeño frasco, que a simple vista parece ser el mismo que ella tomó unos minutos antes—. Niña estúpida.
Después de hacerla beber el líquido, Maron se recupera al instante.
—Maldita vieja —intenta pararse rápidamente, pero cae de nuevo al suelo.
—Basta, niña. Anda a buscar algo para que tu abuela beba.
—Le traeré agua.
—Si quieres que te golpee de nuevo, trae agua.
—Está bien, buscaré algo alcohólico.
Mientras espera, Hastel busca en su bolso y saca un pedazo de papel. Al extenderlo en el suelo, se ve que se trata de un mapa. Luego vuelve a su bolso y saca un lápiz y otras hojas.
Maron llega con la botella de alcohol y se la entrega. La abuela bebe apoyando sus labios en el pico de la botella, hasta casi vaciarla. Las miradas de ambos expresan lo distraídos que están.
—Lo bueno que tiene el inútil de mi hijo es su buen gusto por los vinos —comenta la abuela, lanzando una moneda a las manos de Maron—. Dale a tu tío por el vino.
Ella observa con detenimiento la moneda.
—Abuela, con esto no paga ni siquiera la tapa.
—Es el primer pago. El mes siguiente le daré el resto.
—Así tendría que pagar durante veinte años, vieja tacaña.
—A ti no te incumbe —deja la botella en el suelo y se sienta al lado—. Bien, mañana se irán a Fáttima para ingresar en esa estúpida academia de magia.
—Usted insistió en que entremos con Maron —replica Hastel.
—Cállate, niño, no me interrumpas. Ahora que eres estudiante de esa academia tan prestigiosa, te cambiaré el trato.
—¿Qué dice?
—¡ESCUCHEN! —grita, y ambos guardan silencio para escucharla con claridad—. Nosotros estamos aquí, a cuatro mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar —señala en el mapa una montaña—. No aparecemos en ningún mapa, así que no busquen problemas, tontos.
Hastel suspira mientras Maron parece muy concentrada.
—De aquí deben seguir esta ruta —trazando una línea en el mapa que esquiva varias ciudades—. Sigan esto al pie de la letra; no ingresen a ningún pueblo.
Hastel se acerca para ver mejor el trazo.
—Pasaríamos por Rag.
Su abuela levanta la mirada rápidamente y le lanza el lápiz.
—¿Acaso quieres pasar por el pueblo donde casi se mueren de hambre?
—Si, nos tomaría cuatro días llegar hasta allí. Ahí compraríamos provisiones y seguiríamos el camino.
—No se puede. Primero, porque estuvieron ahí y podrían reconocerlos. Segundo, porque sufrió un atentado hace unas semanas; está casi destruido, hay muchos gubernamentales trabajando allí y, por ende, también hay ginas. No es una imagen agradable de ver, y podrían darse cuenta de que ustedes son ginas.
—¿Pero qué pasa si nos quedamos sin comida o agua?
—Cacen, busquen recursos, arréngensen solos. Ya lo hicieron una vez; háganlo de nuevo.
Hastel vuelve a su posición anterior y suspira.
—Por nada del mundo pasen por Rag, por Clara ni por ningún pueblo. ¿Está claro?
Ambos responden que sí para tranquilizarla. Ella les entrega el mapa.
—Cuídense. En estos años les llegué a tomar cariño. Vayan a dormir.
~ En la mañana siguiente ~
Llegan hasta el punto de partida, donde ya se encuentra su abuela junto con la madre de Melcifer. La mañana es bastante fresca; el sol aún no ha salido, apenas se distingue una tenue luz anaranjada en el horizonte que marca el inicio de un nuevo día.
—Bien, ¿tienen todo? —pregunta la abuela.
Revisan una vez más sus pertenencias para asegurarse de llevar todo lo necesario para el viaje.
La madre de Melcifer se acerca y la abraza de nuevo. El abrazo se prolonga por segundos largos, como si pudieran detener el tiempo y grabar en su memoria esta bella y dolorosa partida —sentía que sería el último por mucho tiempo.
—Por favor, cuídate mucho. Abrígate, come bien y si hay problemas, sal de ahí —le ruega.
Melcifer la abraza con fuerza, no quiere que termine el contacto.
La abuela se acerca hasta Hastel y Maron, quien parece estar en modo automático debido al sueño que aún carga.
—Ya preparé a esa bestia peluda. Tiene todo lo necesario para que lleguen sanos y salvos hasta Fáttima.
Todos se toman el tiempo necesario para terminar de despedirse —menos de lo que el corazón les pediría, pero lo suficiente para que su mente esté tranquila.
—El portal ya está abierto. Es hora —anuncia la abuela.
Los tres se acercan hasta aquel portal que los trasladará en cuestión de segundos. Antes de entrar, ven que mucha gente del pueblo se acerca gritando sus despedidas, saludándolos con las manos levantadas. Se acercan hasta donde están Zaida y la madre de Melcifer para que puedan verlos mejor.
—Nos vemos, volveremos siendo los mejores —gritan al viento, entre otras palabras: que se cuiden, que coman bien, que sean los mejores, que los esperen siempre.
Los tres saludan, conmovidos por la llegada de tantas personas a su despedida. Poco a poco van pasando por el portal; el último en salir es Hastel, quien se despide con el puño levantado.
El silencio se hace presente cuando el portal se cierra. Poco a poco la gente se retira del lugar, llena de tristeza. Las últimas en quedarse son Zaida y la madre de Melcifer, quienes observan en silencio el lugar donde estuvo el portal.
—Ahora la ciudad será vacía —comenta la madre de Melcifer.
—Espero que la hayas despedido como se debe, porque no volverán jamás o en mucho tiempo —responde Zaidda.
—Claro, los tres años que tienen que cursar.
—Piensa así: esos niños les tomará como siete años volver a este lugar.
—¿Qué quieres decir?
—Todo sale como lo imagino. Esos niños cambiarán el mundo, especialmente tu hija, que es extraordinaria, aunque aún no lo sabe.
—Necesito que me lo aclares bien. ¿Estás diciendo que no volveré a ver a mi hija?
—Claro que la verás: en los periódicos y en la boca de cada ciudadano del mundo —se ríe mientras observa a la otra mujer, que no puede creer ni entender lo que acaba de oír y necesita respuestas para calmar el miedo que ha despertado en ella.
El viaje había comenzado. Estaban ansiosos por las aventuras que les depararía aquel mundo tan vasto, las dificultades que aparecerían en su camino y todas las enseñanzas que conocerían. Estaban hambrientos de gloria y de ser coronados en las leyendas de las futuras generaciones. Todo es desconocido, y será hermoso descubrir qué planes tiene el destino para este pequeño grupo inocente.




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