Prólogo
—Te pagaré bastante bien.
Solo con oír esa frase, no tenía ni que escuchar la propuesta que me tenía.
No es que sea una interesada, ni nada por el estilo. Pero necesitaba dinero urgentemente y los tres trabajos que tenía no ayudaban mucho.
—Está bien, ¿qué tengo que hacer?
El señor de unos cincuenta y tantos que tenía delante mío vestía de traje azul marino y de corbata azul clarito. Su pelo castaño oscuro estaba bien peinado, no muy largo, bastante corto. Todo en él era elegante, su actitud, su postura, la forma de hablar y hasta su manera de sentarse.
—No le digas que te he contratado yo, pero necesito que le protejas todo el tiempo, quiero que te aprendas su horario, sus hábitos, qué hace cada día…—respondió con calma—. Todo.
—¿Quiere que me convierta en su sombra? —pregunté para confirmar.
—Exacto —hizo una pausa—. Y cada cosa extraña que veas lo tienes que reportar al equipo de seguridad a cargo de él. ¿Podrás infiltrarte sin que él se de cuenta?
—No se preocupe, señor.
—Bien, comienzas mañana.
Vaya, eso sí fue más rápido de lo que pensé.