La amenaza se vuelve real
Enzo
—ENZO TOMA LA DELANTERA Y…—gritaba el narrador al pronunciar mi nombre—. GOOOOOL, GOOOOL DE NUESTRO QUERIDO ENZO.
Todos celebraban el gol con mucho entusiasmo, pero mi mente estaba en otra cosa, las amenazas, el miedo de que la persona que me amenaza esté en este estadio, viéndome, y la presión por ser el mejor.
Últimamente he estado más cansado, mis ojeras no se pueden tapar ni con maquillaje en las entrevistas.
Más partidos, más entrevistas, más presión, más y más.
Conocidos me dicen que es normal tener amenazas siendo famoso, pero estas amenazas son muy específicas. Me llaman por teléfono a altas horas de la noche, a pesar de que cambio de número, en los vestuarios siento que me siguen, a veces en el coche encuentro notas, y en casa no me siento seguro.
Siento que me vuelvo loco cada día.
No sé ni cuándo ni cómo comenzó todo esto. Solo quiero que me deje en paz.
Seguía corriendo por el campo, bastante agotado, con la pelota rodando. No me daba cuenta de que seguía en mis pensamientos hasta que un rival intentó quitarme el balón.
Lo esquivé como pude, pero no pude escapar de su patada, una que venía con fuerza y bastante potencia.
Y pasó lo que menos esperaba.
Un golpe directo en la rodilla.
Caí al suelo y rodé varios metros.
El dolor vino de golpe y comencé a gritar por mi rodilla, un dolor punzante que quemaba hasta el hueso, como si algo se hubiera roto en el impacto. Cualquier pequeño movimiento hacía que el dolor se extendiera por toda la articulación.
Me encogí en el suelo y no pude evitar soltar algunas lágrimas. Solo podía gritar por el dolor de mi rodilla.
Estaba harto de esto, cada amenaza se volvía real.
Hace unos días alguien me llamó en medio de la noche diciéndome: «en tu próximo partido te romperán la rodilla».
Vinieron los paramédicos y me subieron a una camilla lo más rápido posible, pero el dolor seguía ahí.
Yo seguía gritando de dolor, lo único que quería era que acabaran con mi vida para dejar de sufrir.
Esa sensación de inquietud por saber qué me pasaría después de esto me carcomía entero.
Siempre he creído que nací con mucha suerte, pero algo pasó para que esa suerte poco a poco me fuera abandonando.
¿Qué viene ahora?
¿Un tiro en la cabeza?
***
2 meses después
Abrí los ojos lentamente, seguía en el mismo sitio, el hospital.
Mis fans no han dejado de mandar regalos, pero no pienso abrir ninguno. Solo leo algunas cartas de apoyo y lo demás lo tiro por precaución.
En el hospital las enfermeras me tratan bastante bien, mi rodilla va progresando aunque al menos he podido descansar un poco de cómo vivía antes. A pesar de que tomo medicación para dormir, tengo pesadillas con ese extraño que se dedica a hacerme la vida miserable.
Los fisioterapeutas dicen que estoy bien, pero no podré jugar dentro de tres o cuatro meses y que ya no hay razón para que me quede en el hospital.
Aunque eso ya me da igual, siento que está todo perdido. Seguramente mi rodilla quede con secuelas y no volveré a jugar. No hay nada por lo que luchar.
Además, me siento seguro, en casa siento que me vigilan. Y he rechazado cualquier ayuda que mi padre me ha ofrecido.
Tampoco tengo muchos amigos, la mayoría están conmigo solo por el dinero, las conexiones o porque soy famoso. El único que está conmigo siempre es mi asistente.
—¿Qué tal te encuentras hoy? —pregunta Leo, mi asistente. Un hombre de poco más de treinta años bastante alto e intimidante. A diferencia de su vestimenta elegante, su pelo era todo lo contrario, pelirrojo y bastante ondulado. Sus ojos verdes, según él su mejor rasgo, eran almendrados, dándole un toque tierno a su rostro.
Leo es una persona muy sensata a pesar de nuestra diferencia de edad. Es muy maduro y da buenos consejos, algo muy raro de encontrar en amistades. Siempre ha estado a mi lado para reírse de mí o apoyarme en lo que puede.
—Mejor, pero las pesadillas siguen.
—Tengo buenas noticias para ti —sonríe con alegría mientras hace algunas cosas en su tablet.
Ya sabía por dónde iban los tiros.
Otro guardaespaldas.
Siempre acabo echándolos porque yo no necesito protección, estoy muy bien solo.
—Dile a mi padre que deje de contratar gente que luego voy a despedir.
—En este caso, es una fisioterapeuta.
Una, o sea mujer.
Eso alertó a mi sistema. Ya que en el hospital habían tantos que podía escoger al que quisiera.
—¿Por qué? —pregunté desconfiando—. Aquí hay suficientes.
—Enzo… —Leo se acercó a mí—, tu padre quiere que vuelvas a casa.