El dolor era peor por las noches.
Durante el día había fisioterapeutas, médicos, periodistas, entrenadores y compañeros de equipo que mantenían su mente ocupada.
Por las noches no.
Por las noches solo quedaba él.
Y el silencio.
Y el miedo.
Santiago cerró la puerta de su apartamento con más fuerza de la necesaria.
La rodilla protestó inmediatamente.
—Perfecto —murmuró entre dientes—. Exactamente lo que necesitaba.
Dejó las llaves sobre la mesa y caminó hacia la sala.
La televisión estaba encendida.
Y el aroma familiar de comida casera flotaba en el ambiente.
Se detuvo.
—¿Mamá?
—En la cocina.
Por supuesto.
Santiago soltó un suspiro resignado.
Su madre tenía una habilidad casi sobrenatural para aparecer cuando peor estaba.
Y lo odiaba.
Porque siempre terminaba viendo cosas que él intentaba esconder.
La encontró removiendo una olla como si estuviera en su propia casa.
Porque, en realidad, llevaba años entrando y saliendo de ella sin pedir permiso.
—¿Tienes llave de todos mis apartamentos?
Ella ni siquiera levantó la vista.
—Sí.
—Eso es ilegal.
—Denúnciame.
Santiago sonrió por primera vez en todo el día.
Apenas una curva pequeña en los labios.
Pero suficiente.
—¿Cómo estuvo la terapia?
Ahí estaba.
La pregunta.
La verdadera razón por la que había venido.
No para cocinar.
No para visitarlo.
Para comprobar que seguía entero.
—Mal.
—¿Y además de mal?
—Dolió.
Ella asintió.
—Entonces funcionó.
Santiago resopló.
—Eres increíblemente poco empática para ser madre.
—Y tú increíblemente dramático para ser futbolista.
La conversación debería haber terminado ahí.
Como siempre.
Con sarcasmo.
Con bromas.
Con evasivas.
Pero esa noche algo era distinto.
Porque estaba cansado.
Demasiado cansado.
Se dejó caer en una silla.
Su madre colocó un plato frente a él.
La comida favorita de toda su vida.
Y eso le molestó aún más.
Porque significaba que ella sabía exactamente cómo estaba.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras cosas.
—Sé cosas.
—Eso es inquietante.
—Te cambié los pañales.
Punto para ella.
Otra vez.
Comieron unos minutos en silencio.
El único sonido era el tintinear de los cubiertos.
Y por primera vez en mucho tiempo, Santiago agradeció no tener que fingir conversación.
No tener que ser encantador.
No tener que ser Santiago Ruiz.
La estrella.
El goleador.
El ídolo.
Con su madre podía simplemente existir.
Y quizás por eso daba tanto miedo.
Porque ella conocía todas las versiones de él.
Incluso las que intentaba olvidar.
—¿Recuerdas tu primer partido?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—¿Qué?
—Tu primer partido.
Santiago levantó la vista.
—¿Por qué preguntas eso?
Ella sonrió apenas.
—Porque últimamente hablas del fútbol como si fuera una obligación.
No como si fuera el amor de tu vida.
El comentario le cayó mal.
Porque era verdad.
—Tenías siete años.
Ella se acomodó en la silla.
—Llovía muchísimo.
—Mamá...
—Y estabas convencido de que ibas a marcar diez goles.
A pesar suyo, Santiago soltó una pequeña risa.
—No marqué ninguno.
—No.
—Perdimos.
—Sí.
—Y lloré todo el camino a casa.
—También.
Ambos sonrieron.
El recuerdo seguía intacto.
—¿Sabes qué fue lo primero que dijiste cuando llegamos?
Santiago negó con la cabeza.
Ella apoyó los codos sobre la mesa.
—Dijiste: "¿Cuándo puedo volver a jugar?"
El silencio llenó la cocina.
—No preguntaste por el marcador.
No preguntaste quién había ganado.
No preguntaste si eras bueno.
Solo querías volver a jugar.
Algo se movió incómodamente dentro de él.
Porque no recordaba la última vez que había sentido eso.
La alegría simple de jugar.
Todo se había convertido en otra cosa.
Contratos.
Patrocinadores.
Estadísticas.
Expectativas.
Presión.
Miedo.
—Las personas cambian, mamá.
Ella negó suavemente.
—No tanto.
La respuesta quedó suspendida entre ambos.
Entonces ella lo observó durante unos segundos.
Demasiado tiempo.
Como si estuviera tomando una decisión.
—¿Sabes qué es lo que realmente me preocupa?
Santiago sintió un nudo en el estómago.
Porque conocía esa voz.
La voz seria.
La voz de las conversaciones importantes.
—¿La rodilla?
—No.
Él frunció el ceño.
—Entonces ¿qué?
Ella sostuvo su mirada.
Directamente.
Sin adornos.
Sin suavizar nada.
—Me preocupa que no sepas quién eres sin el fútbol.
El golpe fue inmediato.
Y brutal.
Santiago apartó la vista.
Porque por primera vez en semanas...
alguien había dicho exactamente lo que él no quería pensar.
Porque la lesión había hecho algo peor que detener su carrera.
Había puesto en duda toda su identidad.
¿Quién era él sin los aplausos?
¿Sin los estadios llenos?
¿Sin las portadas?
¿Sin el ruido?
No lo sabía.
Y eso lo aterraba.
—Volveré a jugar.
La frase salió automática.
Defensiva.
—Ojalá.
Respondió ella.
—Pero esa no fue mi pregunta.
Silencio.
—Cuando el fútbol termine...
porque algún día terminará...
¿quién va a quedar?
Santiago tragó saliva.
Porque jamás había pensado realmente en eso.
Había construido toda su vida alrededor de una sola respuesta.
Y ahora esa respuesta tenía una grieta.
Su madre se levantó.
Recogió los platos.