Golpe bajo

Capítulo 11

La lluvia cae sobre la ciudad desde temprano.

Santiago la observa golpear el parabrisas mientras estaciona frente a la clínica y revisa el celular por quinta vez en menos de dos minutos.

Nada.

Ni mensajes nuevos.
Ni notificaciones importantes.

Ridículo.

Porque ni siquiera está esperando algo específico.

O eso intenta decirse.

Cuando entra al gimnasio, Beatriz ya está trabajando con otro paciente.

Y algo se siente distinto inmediatamente.

Ella apenas levanta la vista.

—Buenos días.

Formal.

Correcta.

Distante.

Santiago frunce apenas el ceño.

—¿Eso es todo? Qué recibimiento tan frío.

—Estoy ocupada.

Y vuelve con el paciente.

Sin sonrisa.
Sin sarcasmo.
Sin esa atención tranquila a la que él ya se estaba acostumbrando demasiado rápido.

Qué raro puede sentirse perder algo que técnicamente nunca fue tuyo.

Durante toda la sesión ocurre lo mismo.

Bea mantiene distancia.

Profesional impecable.
Conversaciones estrictamente necesarias.
Cero momentos personales.

Y Santiago empieza a irritarse más de lo racional.

—Flexiona un poco más.

—Así está bien.

—No. Así estás evitando cargar correctamente.

Él hace el movimiento con más fuerza de la necesaria.

La rodilla protesta inmediatamente.

—Mierda.

Beatriz ni siquiera se altera.

—Precisamente por eso te dije que no compensaras el movimiento.

—Ya entendí.

—Entonces deja de actuar como si tu cuerpo fuera indestructible.

—¿Y tú deja de hablarme como si tuviera cinco años?

Silencio.

El ambiente cambia instantáneamente.

El paciente del fondo mira incómodo antes de volver a sus ejercicios.

Perfecto.

Beatriz deja la tablet sobre la mesa lentamente.

Muy lentamente.

Mala señal.

—¿Qué te pasa hoy?

La pregunta sale tranquila.

Eso irrita aún más a Santiago.

Porque él está claramente molesto.
Y ella sigue ahí:
calmada,
estable,
difícil de alcanzar.

—Nada.

—Santiago.

—¿Qué?

Ella sostiene su mirada unos segundos.

Y él siente algo incómodo:

decepción.

No enojo.
No frustración.

Decepción.

Eso golpea peor.

—Si estás enojado porque puse límites, entonces definitivamente necesitábamos ponerlos.

Boom.

Directo.

Santiago parpadea apenas.

—¿Perdón?

Beatriz cruza los brazos.

Defensiva ahora.
Más cerrada.

—Últimamente estás confundiendo demasiadas cosas.

Ahí está.

El problema.

Santiago siente inmediatamente el impulso de bromear, coquetear o minimizarlo todo.

Mecanismo automático.

Pero esta vez algo se siente demasiado real para esconderlo tan fácil.

—Solo estamos hablando.

—Sí. Y empezaste a depender de eso.

La frase cae pesada entre ambos.

Porque parte de él sabe que tiene razón.

Y eso lo enfurece.

—No dependo de nadie.

Mentira.

Beatriz lo observa en silencio.

Como si ambos supieran perfectamente que acaba de mentir.

—Santiago… —dice ella más suave esta vez—. No quiero que conviertas esto en algo que termine haciéndote daño.

El pecho se le aprieta extraño.

Porque esa frase suena demasiado parecida a rechazo.

Y Santiago Ruiz siempre detecta el abandono incluso antes de que ocurra.

—Ah, entiendo.

Sonríe apenas.

La sonrisa incorrecta.
La que usa cuando algo duele demasiado.

—Ya te aburriste de jugar a salvarme.

Beatriz se queda quieta inmediatamente.

Golpe bajo.

Y ambos lo saben.

—No hagas eso.

—¿Eso qué?

—Convertir todo en ataque antes de admitir que algo te importa.

Silencio.

Otra vez.

Maldita mujer.

Santiago aparta la mirada hacia las ventanas llenas de lluvia.

Necesita recuperar control rápido.

Porque lo peor de todo esto no es sentirse rechazado.

Es darse cuenta de cuánto le afecta.

—No necesito que me salves, Bea.

La voz sale más cansada que firme.

Ella baja apenas la mirada.

Y cuando vuelve a hablar, hay algo vulnerable escondido bajo el tono profesional.

—Lo sé.

Pequeña pausa.

—Pero tampoco quiero convertirme en alguien de quien dependas para sentirte bien.

Ahí.

La verdad.

Cruda.
Incómoda.
Real.

Y Santiago siente el golpe completo.

Porque sí.

Últimamente espera verla.
Piensa demasiado en ella.
Busca sus palabras como si fueran equilibrio.

Eso no es normal en él.

Nunca deja que nadie tenga tanto espacio.

—No estoy enamorado de ti, si eso te preocupa.

La mentira sale demasiado rápido.

Beatriz sostiene su mirada.
Tranquila.

—No hablé de amor.

Mierda.

El silencio que sigue es brutal.

Santiago siente calor en el pecho.
Rabia.
Vergüenza.
Miedo.

Todo mezclado.

Porque por primera vez alguien está señalando algo emocional antes de que él pueda escapar.

Beatriz toma aire lentamente.

Y entonces baja un poco la guardia.

Solo un poco.

—Las personas rotas a veces se aferran muy fuerte a quien las hace sentirse vistas.

La frase le atraviesa algo por dentro.

Porque esa es exactamente la sensación.

Con Bea no tiene que actuar todo el tiempo.
No tiene que impresionar.
No tiene que ser Santiago Ruiz, la estrella.

Y eso se volvió adictivo sin que lo notara.

—¿Y qué hacemos entonces?

La pregunta sale más honesta de lo que pretendía.

Beatriz tarda en responder.

Porque claramente ella tampoco sabe del todo.

—Recordar que eres más que esta lesión.

—Y tú recordar que no todo vínculo termina destruyéndote.

Ahí.

La frase los golpea a ambos.

Porque sin darse cuenta…
ya empezaron a tocar heridas demasiado profundas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.