Golpe bajo

Capítulo 12

Santiago no vuelve a tocar el tema.

Al menos no directamente.

Pero durante los días siguientes empieza a notar cosas que antes no veía.

Pequeñas grietas en la perfección cuidadosamente controlada de Beatriz Soriano.

La forma en que evita quedarse sola demasiado tiempo en silencio.
La manera en que revisa el teléfono y luego bloquea la pantalla rápido.
Cómo cambia apenas la postura cuando alguien menciona relaciones o parejas.

Detalles mínimos.

Pero Santiago siempre fue bueno leyendo personas.

Aunque use ese talento principalmente para manipular distancias.

Ese jueves llega más temprano de lo normal.

Otra vez.

Y esta vez encuentra el gimnasio vacío.

Bueno… casi.

Beatriz está sentada al fondo revisando expedientes con una taza de café entre las manos.

No lo escucha entrar.

Y por primera vez desde que la conoce…

parece cansada de verdad.

No la doctora.
No la profesional impecable.

Solo una mujer agotada sosteniendo demasiadas cosas en silencio.

Santiago se queda quieto un segundo.

Observándola.

Algo en el pecho le aprieta extraño.

Porque está acostumbrado a que las personas lo necesiten a él de cierta manera:
presencia,
atención,
encanto.

Pero Bea…

Bea parece haberse acostumbrado a no necesitar a nadie.

Y eso se siente peligrosamente triste.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome o piensas entrar?

La voz de Beatriz lo saca del trance.

Mierda.

Lo descubrió.

Santiago sonríe apenas mientras avanza.

—Podrías fingir que no me viste para no herir mi ego.

—Tu ego sobrevivirá. Lamentablemente es muy resistente.

Pequeña sonrisa.

Pequeño alivio.

Porque después de la conversación anterior ambos quedaron extrañamente tensos.

Más conscientes del otro.

Y eso complica todo.

La sesión empieza tranquila.

Demasiado tranquila.

Santiago hace ejercicios de movilidad mientras Beatriz anota avances en la tablet.

Pero hoy ella parece más distraída.

Más cerrada.

Hasta que el teléfono vibra sobre la mesa.

Beatriz mira la pantalla.

Y cambia.

Es mínimo.
Casi imperceptible.

Pero Santiago lo nota inmediatamente.

La mandíbula se le tensa apenas.
Los hombros también.

Y luego simplemente bloquea el teléfono sin responder.

—¿Todo bien?

La pregunta sale antes de que pueda pensarla demasiado.

Beatriz tarda un segundo.

—Sí.

Mentira.

Él reconoce perfectamente el tono.

Porque es el mismo que usa él cuando algo duele demasiado para explicarlo.

—Ese “sí” tuvo demasiados traumas escondidos.

Ella suspira apenas.

—No empieces.

—¿Era él?

Silencio.

Directo.
Demasiado directo.

Pero Beatriz no pregunta cómo lo supo.

Porque probablemente ella también sabe que Santiago ve más de lo que aparenta.

—Mi ex trabaja en otro hospital ahora —dice finalmente mientras acomoda unos documentos—. Pero a veces seguimos coincidiendo en congresos o proyectos.

La voz sale neutra.
Demasiado neutra.

Como quien practica una historia hasta quitarle emoción.

—¿Y todavía te afecta?

Beatriz sonríe sin humor.

—Hay personas que no necesitan estar presentes para seguir agotándote.

Boom.

Esa frase golpea distinto.

Porque Santiago entiende perfectamente el tipo de vínculo del que habla.

El que deja marcas incluso después de terminar.

Ella sigue hablando mientras ajusta una máquina de rehabilitación.

No lo mira directamente.

Tal vez porque así es más fácil.

—Al principio era increíble.

Santiago guarda silencio.

Instinto.

Esta vez entiende que ella necesita hablar sin sentirse observada demasiado de cerca.

—Inteligente. Carismático. Seguro.

Pequeña pausa.

—Todo el mundo lo adoraba.

Otra pausa.

Más amarga ahora.

—Y yo confundí atención con amor.

El pecho de Santiago se aprieta apenas.

Porque esa frase toca algo incómodamente cercano.

—¿Qué pasó?

Beatriz tarda demasiado en responder.

Y cuando lo hace, la voz sale más baja.

Más vulnerable.

—Al principio todo giraba alrededor de él… y me hacía sentir especial formar parte de eso.

Se ríe apenas.
Sin alegría.

—Después entendí que no quería una pareja. Quería alguien que orbitara alrededor suyo.

Silencio.

El gimnasio parece demasiado grande de repente.

Demasiado vacío.

—¿Te manipulaba?

La pregunta sale suave.

Cuidadosa.

Y Bea finalmente levanta la mirada hacia él.

Cansada.

Honesta.

—Me hacía sentir culpable por tener límites.

Santiago siente algo desagradable subirle al pecho.

Rabia.

Porque por primera vez imagina a Beatriz perdiéndose intentando amar a alguien incapaz de verla realmente.

Y la idea le molesta más de lo racional.

—Por eso eres así conmigo.

Ella frunce apenas el ceño.

—¿Así cómo?

—Distante. Controlada. Como si siempre estuvieras esperando el momento exacto en que todo se complique.

Beatriz sostiene su mirada unos segundos.

Y no lo niega.

Eso dice suficiente.

—Cuando pasas mucho tiempo intentando salvar una relación tú sola… aprendes a cerrarte antes de volver a desaparecer dentro de alguien.

La frase queda suspendida entre ambos.

Pesada.

Íntima.

Y Santiago siente algo extraño:

ganas de acercarse.

No físicamente.

Peor.

Emocionalmente.

Mierda.

—Bea…

Ella levanta apenas la vista.

Y por un segundo algo cambia.

Porque Santiago ya no la está mirando con curiosidad.

La está mirando con cuidado.

Como si entendiera lo delicadas que son ciertas heridas.

Y eso la desarma un poco.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.