La pregunta lo persigue durante días.
¿Yo hice sentir así a alguien?
Santiago intenta quitársela de encima entrenando más fuerte, distrayéndose con entrevistas, saliendo con compañeros después de los partidos.
No funciona.
Porque por primera vez en años empieza a mirar hacia atrás sin editar los recuerdos a su favor.
Y descubre algo incómodo:
ha sido querido por muchas personas…
pero realmente conocido por muy pocas.
—Te ves raro.
Marco deja caer una botella de agua frente a él durante el entrenamiento del club.
Santiago levanta apenas la vista.
—Gracias, qué amable.
—No, en serio. Estás demasiado callado. Empiezo a extrañar tu narcisismo habitual.
Él resopla una risa.
Pero pequeña.
Distraída.
Marco lo observa unos segundos más.
—¿Todo bien?
La respuesta automática llega a la punta de la lengua:
claro.
perfecto.
todo bajo control.
Pero se queda atorada.
Qué raro se siente empezar a cansarse de mentir.
—No sé.
Marco arquea las cejas inmediatamente.
—Mierda. Sí estás grave.
Santiago sonríe apenas mientras se recuesta contra la banca.
—¿Alguna vez sentiste que… no conoces realmente a la persona que eres cuando nadie te está mirando?
Silencio.
Marco lo mira como si acabara de verlo hablar en otro idioma.
—¿La lesión te está haciendo filósofo o debo preocuparme?
—Olvídalo.
—No, no. Espera. Esto está interesante.
Santiago niega con la cabeza, pero algo en el pecho se afloja apenas.
Porque incluso esa conversación torpe se siente más honesta que muchas que tuvo en años.
Esa tarde llega a rehabilitación más cansado mentalmente que físicamente.
Beatriz lo nota apenas entra.
Claro que lo nota.
—¿Qué pasó ahora?
—¿Por qué asumes que siempre me pasa algo?
Ella empieza a preparar los materiales sin mirarlo.
—Porque últimamente tienes cara de crisis existencial premium.
Santiago suelta una risa corta.
Y ahí está otra vez esa sensación rara:
ella consigue hacerlo respirar un poco mejor incluso cuando lo confronta.
Qué peligroso.
La sesión avanza tranquila hasta que Beatriz le pide trotar suavemente por primera vez.
Santiago la mira inmediatamente.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Ya puedo?
Ella asiente apenas.
Y por primera vez en semanas…
algo parecido a esperanza atraviesa el pecho de Santiago.
Empieza lento.
Muy lento.
El cuerpo todavía inseguro.
La rodilla tensa.
La respiración contenida.
Pero funciona.
Está trotando.
Pequeño.
Torpe.
Lejísimos de volver realmente.
Pero suficiente para que algo dentro de él despierte otra vez.
Cuando termina, gira hacia Bea casi sonriendo.
Casi feliz.
Y ella también sonríe.
Orgullosa.
Realmente orgullosa de él.
Mierda.
Ese gesto vuelve a golpear demasiado fuerte.
—No te emociones demasiado —dice ella rápidamente, como si también necesitara romper el momento—. Aún estás lejos de jugar noventa minutos.
—Déjame vivir mi momento cinematográfico.
Ella rueda los ojos apenas.
Pero la sonrisa sigue ahí.
Pequeña.
Bonita.
Peligrosamente bonita.
Y entonces ocurre algo extraño.
Santiago la mira…
y por primera vez no piensa en conquistarla.
No piensa en gustarle.
No piensa en ganar.
Piensa simplemente que quiere verla feliz más seguido.
La realización lo deja inmóvil un segundo.
Porque eso…
eso sí da miedo.
—¿Qué? —pregunta Bea al notar su expresión.
Santiago tarda demasiado en responder.
Otra vez.
—Nada.
Mentira.
Está pensando que tal vez nunca quiso realmente a las personas que estuvieron antes en su vida.
Tal vez solo quiso cómo lo hacían sentir.
La idea le revuelve algo en el pecho.
Y por primera vez entiende parte de lo que Bea contó sobre su ex.
Porque él también ha sido egoísta emocionalmente.
No cruel intencionalmente.
Pero sí superficial.
Inconstante.
Hambriento de atención.
Mucho más enamorado de sentirse necesitado que de construir algo real.
Mierda.
Beatriz parece notar el cambio en él.
Porque baja un poco la voz cuando pregunta:
—¿Dónde te fuiste?
Santiago se pasa una mano por el cabello lentamente.
Y antes de pensar demasiado, habla.
—Creo que fui una mala persona con algunas mujeres.
El silencio cae inmediato.
Beatriz no responde rápido.
Nunca lo hace cuando algo importa.
—¿Mala persona o emocionalmente inmaduro?
Él deja escapar una risa seca.
—Vaya alivio. Qué diferencia tan tranquilizadora.
Ella se acerca un poco más.
Más suave ahora.
—No es lo mismo herir porque quieres destruir a alguien… que herir porque nunca aprendiste a quedarte emocionalmente presente.
La frase le golpea fuerte.
Porque esa sí es la verdad.
Santiago nunca se queda del todo.
Ni en relaciones.
Ni en amistades.
Ni siquiera consigo mismo.
Siempre termina escapando antes de sentirse demasiado vulnerable.
—¿Y eso se puede cambiar?
La pregunta sale tan honesta que incluso él se sorprende.
Beatriz sostiene su mirada.
Y por un segundo desaparecen los juegos, las defensas, las ironías.
Solo quedan ellos.
Dos personas intentando entenderse mientras reconstruyen cosas rotas.
—Sí —dice ella finalmente—. Pero primero tienes que dejar de verte como el personaje que construiste para sobrevivir.
El aire parece detenerse un instante.
Porque Santiago entiende exactamente de qué habla.
El carismático.
El seguro.
El conquistador.
La estrella.
Toda esa versión brillante que aprendió a mostrar porque recibir admiración siempre fue más fácil que pedir amor.