Golpe bajo

Capítulo 14

La primera vez que Santiago sueña con Beatriz, se despierta molesto.

No por el sueño.

Por lo que siente al despertar.

Calma.

Una calma absurda, cálida, peligrosa.

Porque en el sueño no estaban besándose.
Ni desnudándose.
Ni haciendo nada espectacular.

Solo estaban sentados hablando.

Y eso lo deja peor.

Mucho peor.

Pasa el resto de la mañana intentando ignorarlo.

Entrena.
Responde mensajes.
Da una entrevista corta para el club.

Funciona… hasta que alguien menciona a Beatriz sin querer.

—La doctora Soriano pidió tus últimos estudios.

Boom.

Listo.

Otra vez pensando en ella.

Mierda.

Cuando llega a rehabilitación esa tarde, Bea está discutiendo con uno de los administrativos en recepción.

No fuerte.

Pero sí lo suficiente para notar tensión.

—No pienso darle el alta antes de tiempo solo porque el club esté presionando.

La voz de Beatriz es firme.
Controlada.
Pero claramente molesta.

El administrativo suspira.

—Solo digo que arriba están preocupados por los patrocinadores y—

—Y yo estoy preocupada porque siga caminando bien a los cuarenta.

Silencio.

Santiago se queda quieto unos segundos observándola.

Y algo extraño le golpea el pecho.

Porque nadie pelea por él de esa manera.

No realmente.

La mayoría pelea por lo que representa.

Por lo que produce.

Por lo que vende.

Pero Bea…

Bea está peleando por él incluso cuando él mismo se trata como una máquina reemplazable.

Ella finalmente nota su presencia.

Y de inmediato vuelve la compostura profesional.

—Llegaste temprano.

—¿Interrumpo tu pelea corporativa?

Beatriz rueda los ojos apenas mientras toma la tablet.

—Ven. Antes de que decida golpearte a ti también.

Pequeña sonrisa.

Pequeña descarga eléctrica en el pecho de Santiago.

Genial.

La sesión comienza con ejercicios más exigentes.

Ya puede trotar mejor.
Moverse con más confianza.
Recuperar parte de la fuerza.

Y aun así…

hay algo más difícil de manejar que la rodilla.

La tensión constante entre ellos.

—Controla el movimiento.

—Lo estoy controlando.

—No. Estás usando impulso porque te desespera avanzar lento.

Santiago suspira exageradamente.

—¿Te pagan extra por atacarme psicológicamente?

—No. Lo hago gratis porque me divierte.

Él sonríe.

Ella también.

Y el momento dura apenas dos segundos antes de que ambos se den cuenta.

Demasiado natural.

Demasiado cómodo.

Demasiado cercano.

Beatriz aparta la mirada primero.

Siempre ella primero.

—Descansa un minuto.

Distancia otra vez.

Santiago empieza a reconocer el patrón:
cada vez que algo entre ellos se siente demasiado real…

Bea retrocede.

Y ahora entiende por qué.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice él mientras toma agua.

Ella sigue escribiendo algo en la tablet.

—¿Qué cosa?

—Que ya sé cuándo vas a alejarte.

La mano de Beatriz se detiene apenas.

Pequeño movimiento.

Pero suficiente.

—Santiago…

—No, en serio. Ya lo entendí.

Él sonríe apenas.
Pero esta vez no hay arrogancia.

Solo cansancio.

—Cada vez que estamos bien… haces algo para volver a poner distancia.

Silencio.

Pesado.
Incómodo.

Real.

Beatriz deja lentamente la tablet sobre la mesa.

Y ahí está otra vez esa expresión:
la de alguien atrapado entre querer acercarse y querer huir.

—Porque esto no es simple.

—Nunca dije que lo fuera.

—Eres mi paciente.

—Y tú eres mucho más que mi doctora.

Boom.

La frase cae entre ambos como un golpe directo al pecho.

Porque es verdad.

Demasiada verdad.

El aire cambia inmediatamente.

Más denso.
Más íntimo.

Beatriz aparta la mirada primero.

Mala señal.

Muy mala señal.

—No hagas eso.

La voz le sale más baja.

Más vulnerable.

—¿Qué cosa?

Ella tarda demasiado en responder.

—Mirarme así.

Santiago siente el corazón golpearle fuerte.

Porque entiende perfectamente lo que significa esa frase.

Y porque, honestamente…

él tampoco sabe cómo dejar de hacerlo.

—¿Así cómo?

Beatriz finalmente levanta la vista hacia él.

Error.

Porque cuando sus ojos se encuentran esta vez ya no queda casi nada de la distancia inicial.

Solo dos personas agotadas de fingir que no está pasando algo entre ellas.

—Como si pudieras ver todo lo que intento esconder.

Silencio absoluto.

Santiago traga saliva lentamente.

Porque él siente exactamente lo mismo.

La lluvia empieza a golpear las ventanas otra vez.

Más fuerte.

Como si el universo tuviera obsesión con poner clima cinematográfico en sus crisis emocionales.

—Bea…

Ella cierra los ojos apenas un segundo.

Como preparándose para algo.

O resistiéndolo.

—No puedo ser la persona que te salve de ti mismo.

La frase sale rota en las orillas.

Y ahí está el verdadero miedo de Beatriz.

No enamorarse.

Cargar emocionalmente con alguien otra vez.

Perderse intentando sostenerlo.

Santiago da un paso hacia ella.

Lento.
Cuidadoso.

No impulsivo como siempre.

—No quiero que me salves.

La voz sale más honesta de lo habitual.

Más desnuda.

—Solo… no quiero sentir que tienes que alejarte cada vez que algo importa.

El pecho de Beatriz sube lentamente al respirar.

Y por un segundo entero…

parece a punto de romper su propia distancia.

Pero entonces su teléfono vibra.

El sonido los rompe.

Los devuelve al mundo.

Beatriz mira la pantalla y el color se le va apenas del rostro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.