Golpe bajo

Capítulo 15

Santiago no logra quitarse la expresión de Beatriz de la cabeza.

La forma en que palideció al mirar el teléfono.
La rapidez con la que volvió a cerrarse.
Ese miedo extraño que apareció apenas un segundo antes de desaparecer detrás de la profesional impecable.

Algo pasó.

Y él lo sabe.

El problema es que ahora le importa.

Demasiado.

Esa noche intenta distraerse viendo el partido desde casa.

No funciona.

Intenta salir con Marco y otros compañeros.

Peor.

Las risas se sienten huecas.
Las conversaciones superficiales.
Las mujeres que se acercan buscando atención.

Todo le parece ruido.

Y Santiago empieza a odiar darse cuenta.

—Hermano, te juro que desde la lesión te volviste intensamente emocional.

Marco le pasa una cerveza mientras lo observa divertido.

—Antes solo destruías corazones. Ahora pareces protagonista de drama existencial.

Santiago resopla.

—Cállate.

—No. En serio. ¿Qué está pasando contigo?

Él mira el vaso unos segundos.

Y por primera vez…

considera responder honestamente.

Qué aterradora costumbre se está volviendo eso.

—Creo que conocí a alguien que me ve demasiado.

Marco parpadea.

—Oh.

Pequeña pausa.

—Mierda.

—¿Qué significa ese “mierda”?

—Que estás jodido.

Santiago se ríe apenas.

Pero no lo contradice.

Porque sí.

Probablemente lo está.

Al día siguiente llega a la clínica y encuentra el gimnasio vacío otra vez.

Extraño.

Demasiado extraño.

La recepcionista levanta la vista apenas.

—La doctora Soriano canceló las consultas de esta mañana.

El estómago de Santiago se tensa inmediatamente.

—¿Está enferma?

—No lo sé. Solo avisó que tuvo una emergencia personal.

Emergencia personal.

La frase se queda pegada en su cabeza todo el camino de regreso al auto.

No debería preocuparse tanto.

No son pareja.
No son nada.

Y aun así…

termina escribiéndole.

¿Todo bien?

Mira el mensaje unos segundos antes de enviarlo.

Ridículo.

Se siente ridículo.

No responde.

Pasan dos horas.

Luego cuatro.

Nada.

Y Santiago descubre algo horrible:

la ansiedad emocional es físicamente agotadora.

Por la noche ya está irritado consigo mismo.

Camina de un lado a otro del apartamento con el celular en la mano como un adolescente emocionalmente incompetente.

Lo cual, siendo honestos, tal vez no esté tan lejos de la realidad.

Finalmente el teléfono vibra.

Beatriz.

Solo una línea.

Estoy bien. Perdón por cancelar.

Santiago relee el mensaje inmediatamente.

Demasiado corto.

Demasiado distante.

Demasiado falso.

Antes de pensarlo demasiado responde:

No estás bien.

La respuesta tarda.

Un minuto.
Dos.
Cinco.

Y luego:

Santiago, no hagas esto.

El pecho se le aprieta.

Porque entiende perfectamente el significado detrás.

No te acerques demasiado.
No cruces el límite.
No intentes sostenerme.

Pero algo en él ya cambió demasiado para obedecer tan fácil.

¿Fue tu ex?

Silencio.

Largo.

Pesado.

Y finalmente:

Apareció en el hospital hoy.

Boom.

Ahí está.

Santiago siente una rabia inmediata.
Instintiva.
Protectora.

Demasiado intensa para alguien que “no está enamorado”.

¿Te hizo algo?

Los tres puntos aparecen.
Desaparecen.
Vuelven.

Como si Bea estuviera peleando consigo misma antes de responder.

Solo me recordó por qué me cuesta confiar en las personas.

Mierda.

La frase le golpea directo al pecho.

Porque entiende exactamente lo que ella está diciendo realmente:

me recordó lo fácil que es volver a perderme dentro de alguien.

Santiago se deja caer en el sofá lentamente.

Y antes habría respondido con algo ligero.
Con encanto.
Con una frase para aliviar la tensión.

Pero ya no quiere esconderse ahí.

Así que escribe lo primero honesto que le nace:

Él no supo cuidarte emocionalmente. Eso no significa que nadie pueda hacerlo.

Envía el mensaje.

Y apenas lo hace siente el corazón golpeándole fuerte.

Porque esa frase…

esa frase no salió desde el ego.

Salió desde algo mucho más vulnerable.

La respuesta tarda tanto que empieza a pensar que se equivocó.

Hasta que finalmente aparece:

Eso da más miedo todavía.

Silencio.

Santiago relee la frase varias veces.

Y la entiende perfectamente.

Porque permitir que alguien te cuide implica aceptar que puede lastimarte también.

Sin darse cuenta sonríe apenas.

Triste.
Suave.
Real.

Porque por primera vez no siente que estén huyendo uno del otro.

Solo dos personas heridas intentando aprender cómo acercarse sin destruirse.

El teléfono vibra otra vez.

Gracias por preguntar.

Tan simple.

Tan pequeña.

Y aun así algo en Santiago se afloja completamente.

Porque toda su vida creyó que el amor se sentía como intensidad.
Como conquista.
Como adrenalina.

Pero esto…

esto se siente distinto.

Más silencioso.
Más profundo.

Más peligroso.

Esa noche duerme un poco mejor.

Y antes de quedarse dormido entiende algo que le da más miedo que cualquier lesión:

por primera vez en su vida…

empieza a querer ser emocionalmente seguro para alguien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.