Golpe bajo

Capítulo 22

Cuando Santiago vuelve a verla dos días después, entiende inmediatamente que algo cambió.

Beatriz está trabajando como siempre.
Profesional.
Correcta.
Compuesta.

Pero hay una suavidad nueva en la forma en que lo mira.

Y eso lo desarma más que cualquier distancia.

—¿Cómo está la rodilla?

La pregunta suena normal.

Pero debajo hay otra:
¿cómo estás tú?

Santiago deja el bolso junto a la camilla.

—Mejor.

Pequeña pausa.

—¿Y tú?

Beatriz tarda apenas un segundo antes de responder.

—Sobreviviendo.

La honestidad inesperada lo golpea suave.
Pero profundo.

La sesión empieza tranquila.

Demasiado tranquila.

Ya no tienen que esforzarse tanto para conversar.
Ni para guardar silencio.

Y eso es peligrosísimo.

Porque la comodidad emocional crea adicción rápido.

Santiago termina una secuencia de ejercicios y Beatriz sonríe satisfecha.

—Bien. Mucho mejor.

—¿Eso fue orgullo emocional?

—No arruines el momento.

Él ríe apenas.

Y Bea también.

Natural.

Tan natural que ambos dejan de sonreír casi al mismo tiempo al darse cuenta.

Ahí está otra vez.

La sensación de estar cruzando algo invisible.

—Mi madre quiere conocerte.

La frase sale sin previo aviso.

Santiago se arrepiente apenas termina de decirla.

Beatriz lo mira inmediatamente.

—¿Perdón?

—No de esa forma.

Mentira parcial.

—Solo hablo mucho de ti últimamente.

Boom.

Ahora sí la habitación queda completamente en silencio.

Beatriz aparta la mirada primero.

Mala señal.

Muy mala señal.

—Eso no ayuda precisamente con el tema de los límites.

—Lo sé.

La respuesta sale más suave de lo habitual.

Más sincera.

Y eso parece afectarla aún más.

Ella toma aire lentamente mientras organiza unos papeles que claramente no necesitan organizarse.

Mecanismo de defensa.

Santiago ya empieza a reconocerlos.

—Santi…

Primera vez.

Santi.

No Santiago.

No paciente.

Santi.

Y él siente el golpe directo al pecho.

—No sé hacer esto bien.

La confesión sale tan bajita que casi parece accidental.

Santiago la observa inmóvil.

Porque jamás imaginó escuchar algo así de Beatriz Soriano.

La mujer que siempre parece tener control hasta de sus silencios.

—Yo tampoco.

La respuesta le sale automática.

Honesta.

Y Bea finalmente levanta la mirada hacia él.

Sin armadura completa esta vez.

—Eso es lo que me preocupa.

Él frunce apenas el ceño.

—¿Qué cosa?

—Que contigo bajo la guardia demasiado rápido.

Silencio.

Brutal.
Íntimo.
Real.

Santiago siente el corazón golpeándole fuerte.

Porque por primera vez ella no está huyendo completamente.

Está admitiendo que también lo siente.

Y eso cambia todo.

—¿Quieres que me aleje?

La pregunta sale más vulnerable de lo que pretendía.

Más seria.

Porque esta vez sí quiere saber la respuesta.

Beatriz abre la boca.
La cierra otra vez.

Y Santiago entiende inmediatamente algo importante:

si realmente quisiera que desapareciera… ya lo habría hecho.

—No.

La palabra sale casi frustrada.

Como si admitirla le costara demasiado.

—Eso también es parte del problema.

Mierda.

El pecho de Santiago se aprieta fuerte.

Porque entiende exactamente lo que significa:

ella quiere que se quede.

Y eso la asusta.

La tensión entre ambos cambia de forma nuevamente.

Ya no es solo atracción.
Ni curiosidad.

Ahora hay algo mucho más íntimo creciendo debajo:

la posibilidad real de importarse mutuamente.

Beatriz da un paso hacia él para revisar nuevamente la rodilla.

Demasiado cerca.

Santiago contiene el aire apenas.

Ella también lo nota.

Claro que lo nota.

—Flexiona un poco más.

La voz le sale más baja.

Menos estable.

Santiago obedece lentamente mientras la observa.

El mechón suelto junto a su rostro.
La concentración nerviosa.
La manera en que intenta seguir actuando normal cuando claramente ya no lo está logrando del todo.

Y entonces entiende algo peligrosísimo:

Beatriz también está perdiendo el control emocional de esto.

—Bea.

Ella levanta la mirada.

Error.

Grave error.

Porque están demasiado cerca.

Y el silencio ya no se siente profesional en absoluto.

—¿Qué? —pregunta ella suavemente.

Santiago no responde enseguida.

Porque la verdad le cae completa encima de golpe:

no quiere besarla solo por deseo.

Quiere besarla porque cuando está con ella deja de sentirse solo dentro de sí mismo.

Y eso…
eso sí es peligroso de verdad.

La respiración de Beatriz cambia apenas.

Como si hubiera entendido exactamente hacia dónde fue su pensamiento.

Ninguno se mueve.

Ninguno se aleja.

El mundo parece quedarse suspendido un instante entero.

Hasta que alguien abre la puerta del gimnasio.

—Doctora Soriano, necesitan—

La voz se corta inmediatamente al verlos.

Demasiado cerca.
Demasiado quietos.
Demasiado evidentes.

Beatriz se aparta de golpe.

La armadura vuelve instantáneamente.

—Voy enseguida.

La enfermera asiente incómoda antes de desaparecer otra vez.

Silencio absoluto.

Santiago pasa una mano por su nuca lentamente.

El corazón todavía golpeándole demasiado rápido.

Beatriz evita mirarlo directamente mientras organiza cosas que claramente ya estaban organizadas.

—Esto es una mala idea.

La frase sale rota.

Más dirigida a ella misma que a él.

Y Santiago debería decir que sí.
Debería retroceder.
Debería recuperar control.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.