Después de eso, todo se vuelve más difícil.
Y más imposible de ignorar.
Ya no pueden fingir que solo es rehabilitación.
Ni conversaciones profundas accidentales.
Ni tensión pasajera.
Ahora ambos saben.
Y cuando dos personas saben algo así…
cada mirada empieza a significar demasiado.
Beatriz pasa el resto de la semana evitando quedarse sola con él más tiempo del necesario.
Más profesional.
Más medida.
Más cuidadosa.
Pero el problema ya no es la distancia física.
El problema es que Santiago ya aprendió a leerla.
Y nota cada pequeño esfuerzo por contenerse.
La forma en que evita sostenerle la mirada demasiado tiempo.
Cómo deja medio metro extra de distancia entre ambos.
Cómo vuelve a llamarlo “Santiago” cada vez que algo se siente demasiado íntimo.
Está asustada.
Y él también.
La diferencia es que Santiago lleva toda su vida huyendo hacia adelante.
El viernes por la noche, el club organiza una cena benéfica con patrocinadores.
Santiago no quiere ir.
Va igual.
Porque todavía necesita mostrarse presente.
Fuerte.
Vigente.
Aunque por dentro se sienta cada vez menos interesado en ese personaje.
El salón está lleno de luces elegantes, copas de vino y conversaciones vacías disfrazadas de networking.
La clase de ambiente donde Santiago antes brillaba naturalmente.
Ahora solo le cansa.
—Ruiz, una foto acá.
Él sonríe automáticamente frente a las cámaras.
Perfecto.
Entrenado.
Seguro.
Y mientras flashes explotan alrededor suyo, tiene un pensamiento brutalmente incómodo:
Antes confundía esto con sentirme querido.
Una mujer rubia se acerca durante la cena.
Guapísima.
Segura.
Claramente interesada.
Hace unos meses él ya habría estado coqueteando sin esfuerzo.
Ahora apenas logra sostener la conversación.
—¿Así que estás soltero? —pregunta ella sonriendo.
Santiago gira lentamente la copa entre los dedos.
Y por primera vez en años…
la respuesta no le entusiasma.
—Creo que emocionalmente estoy en mantenimiento.
Ella ríe, pensando que es broma.
Pero él habla completamente en serio.
Más tarde sale a la terraza buscando aire.
La ciudad brilla abajo mientras el ruido de la fiesta queda amortiguado detrás de los ventanales.
Y entonces escucha una voz conocida.
—Tienes talento natural para escapar de eventos sociales.
Santiago gira inmediatamente.
Beatriz.
Vestido negro sencillo.
Cabello suelto.
Sin bata médica.
Sin paredes visibles entre ellos.
Mierda.
Eso debería ser ilegal.
Por un segundo simplemente se miran.
Y el aire cambia instantáneamente.
Porque verla fuera del hospital la vuelve peligrosamente real.
No doctora.
No refugio clínico.
Mujer.
—¿Qué haces aquí?
Ella se acerca lentamente a la baranda.
—El hospital colaboró con la fundación del evento.
Pequeña pausa.
—Además alguien tiene que asegurarse de que no destruyas tu rodilla intentando impresionar gente.
Santiago sonríe apenas.
Pero está demasiado ocupado notando otras cosas:
el perfume suave,
la tensión escondida en sus hombros,
la manera en que evita mirarlo demasiado directamente.
Ella también está afectada.
Muchísimo.
—Te ves distinta.
La frase sale antes de pensarla.
Beatriz levanta apenas una ceja.
—¿Eso fue un intento elegante de decir que normalmente luzco agotada?
—No.
Él da un pequeño paso hacia ella.
Demasiado natural.
Demasiado cerca.
—Quise decir que te ves… feliz cuando no estás cargando el peso del mundo encima.
Silencio.
El corazón de Beatriz parece detenerse apenas un segundo.
Y Santiago lo nota.
—No deberías mirarme así.
La frase sale casi en un suspiro.
Él traga saliva lentamente.
—Ya me habías dicho eso.
—Y sigues haciéndolo.
—Porque tú también me miras diferente.
Boom.
Verdad directa.
Imposible de esquivar.
Beatriz aparta la vista hacia la ciudad.
Mala señal.
Cada vez que algo la toca demasiado profundo, busca cualquier lugar donde esconderse.
—Esto no es justo.
Santiago frunce apenas el ceño.
—¿Qué cosa?
Ella finalmente lo mira otra vez.
Y ahí está:
miedo.
Mucho miedo.
—Apareciste justo cuando estaba convencida de que ya había aprendido a no necesitar emocionalmente a nadie.
El pecho de Santiago se aprieta fuerte.
Porque entiende exactamente la gravedad de esa confesión.
—Bea…
—Y tú llegaste roto, arrogante, emocionalmente perdido…
Pequeña pausa.
Los labios le tiemblan apenas en una sonrisa triste.
—Y aun así terminé viéndote demasiado.
Silencio absoluto.
La ciudad parece desaparecer alrededor.
Santiago da otro paso hacia ella.
Muy lento.
Dándole tiempo para alejarse.
Pero Bea no se mueve.
Solo respira más rápido.
—¿Sabes qué es lo peor? —dice él suavemente.
Ella lo observa sin hablar.
—Que contigo no siento ganas de impresionar.
La vulnerabilidad de esa frase cae entre ambos brutalmente desnuda.
Porque para Santiago Ruiz eso es prácticamente una declaración de amor.
Beatriz cierra los ojos apenas un segundo.
Como si estuviera perdiendo la pelea consigo misma.
Y probablemente lo está.
—Santi…
Primera vez que su nombre suena así fuera del hospital.
Suave.
Íntimo.
Peligroso.
Él siente el impulso de tocarla tan fuerte que casi duele.
Pero no quiere arruinar esto apresurándolo.
No esta vez.
Entonces ocurre algo pequeño.
Casi insignificante.
Beatriz da un paso mínimo hacia él.
Solo uno.
Pero suficiente para destruir cualquier distancia que quedaba entre ambos.