Golpe bajo

Capítulo 27

El problema con las personas emocionalmente contenidas…

es que cuando finalmente sienten algo real,
arde más fuerte de lo esperado.

Después de esa confesión, ninguno se mueve.

La ciudad sigue brillando detrás.
La música elegante continúa dentro del salón.
El mundo entero sigue funcionando.

Pero ellos no.

Ellos están atrapados exactamente ahí:
en el borde entre huir o caer.

Beatriz siente el corazón golpeándole tan fuerte que le molesta.

No debería estar pasando.

No así.
No con él.

Santiago Ruiz representa exactamente el tipo de hombre que prometió no volver a necesitar:
carismático,
intenso,
emocionalmente peligroso.

Y aun así…

cuando la mira así,
como si realmente la estuviera viendo,
todo su autocontrol empieza a romperse.

Santiago tampoco reconoce lo que le está pasando.

Porque antes el deseo era simple.

Rápido.
Ligero.
Sin consecuencias emocionales.

Con Bea no.

Con Bea siente demasiado incluso antes de tocarla.

—Todavía podemos detener esto.

La voz de Beatriz sale baja.

Frágil en las orillas.

Santiago sostiene su mirada unos segundos.

Y entiende algo importante:

si él da un paso atrás ahora…
ella lo dejará ir.

Porque Bea siempre elige protegerse antes que arriesgarse demasiado.

Y por primera vez en su vida…

Santiago no quiere escapar de algo verdadero.

—No quiero detenerlo.

La honestidad de la frase le atraviesa directo el pecho a Beatriz.

Porque no viene desde el ego.
Ni desde seducción.

Viene desde un lugar mucho más peligroso:
la necesidad emocional.

Bea traga saliva lentamente.

Todavía podría irse.
Todavía podría poner distancia.
Todavía podría salvarse de esto.

Entonces, ¿por qué no puede moverse?

Santiago levanta una mano despacio.

Tan despacio que parece preguntarle permiso incluso antes de tocarla.

Y cuando sus dedos rozan apenas su mejilla…

Beatriz cierra los ojos un segundo.

Mierda.

Nadie la había tocado con tanta delicadeza en muchísimo tiempo.

Como si no intentara poseerla.
Solo alcanzarla.

Ese pequeño gesto destruye algo dentro de ella.

Porque de repente ya no se siente observada como mujer perfecta,
ni admirada como profesional,
ni necesitada como soporte emocional.

Se siente cuidada.

Y eso da muchísimo más miedo.

Cuando vuelve a abrir los ojos, Santiago sigue ahí.

Esperando.

No presionando.
No invadiendo.

Esperando.

Y eso termina de romperle las defensas.

Beatriz da el último paso.

Ella.

No él.

Y el beso sucede suave al principio.

Demasiado suave para toda la tensión que llevan acumulando semanas.

Pero precisamente por eso duele tanto.

Porque no se siente impulsivo.

Se siente inevitable.

Santiago la besa como alguien que lleva demasiado tiempo conteniéndose.

Con cuidado.
Con hambre emocional.
Con una intensidad silenciosa que le aprieta algo en el pecho a Bea.

Y ella responde igual.

Como alguien agotado de sostener distancias.

El mundo desaparece unos segundos.

No existe el hospital.
Ni la lesión.
Ni el miedo.
Ni el pasado.

Solo ese beso que se siente peligrosamente parecido a volver a respirar después de mucho tiempo.

Cuando finalmente se separan, ambos quedan inmóviles.

Respirando demasiado rápido.

Mirándose como si acabaran de cruzar una línea imposible de borrar.

Porque la cruzaron.

Completamente.

Beatriz baja la mirada primero.

Abrumada.

—Esto es un desastre.

La frase sale apenas en un susurro.

Santiago sonríe suave.
Todavía demasiado cerca de ella.

—Y aun así quieres volver a besarme.

Boom.

Bea cierra los ojos un instante.

Porque sí.
Muchísimo.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Leerme tan fácil.

Él apoya la frente apenas contra la de ella.

Y la cercanía vuelve a incendiarle el pecho.

—Es que contigo no tengo que adivinar tanto.

El corazón de Beatriz literalmente duele.

Porque esa frase toca exactamente el vacío que dejó su relación pasada:
ser vista sin tener que desaparecer para lograrlo.

Pero el miedo vuelve rápido.

Claro que vuelve.

Siempre vuelve.

Ella se aparta apenas.

Necesita respirar.

Pensar.

Recuperar algo de control antes de perderse completamente en esto.

—Santi…

Él levanta la mirada inmediatamente.

Y Bea odia la ternura que encuentra ahí.

La destruye.

—No prometas cosas que todavía no sabes sostener.

Silencio.

La frase golpea fuerte porque ambos entienden lo que realmente significa.

No me hagas creer en ti si vas a romperme después.

Santiago siente el impacto completo de esas palabras.

Porque sabe perfectamente el tipo de hombre que fue.

Inconstante.
Emocionalmente evasivo.
Adicto a la validación.

Y por primera vez en su vida…

la idea de lastimar a alguien realmente le importa.

—No sé hacer esto perfecto.

La voz le sale baja.
Honesta.
Casi vulnerable.

—Pero contigo… quiero intentarlo diferente.

El aire desaparece de los pulmones de Beatriz.

Porque esa frase no tiene encanto vacío.
No tiene arrogancia.

Solo verdad.

Torpe.
Humana.
Real.

Ella lo observa unos segundos que parecen eternos.

Y entiende algo peligrosísimo:

Santiago Ruiz está cambiando.

No por ella.
Ni para conquistarla.

Porque por primera vez alguien logró hacerlo quedarse emocionalmente presente.

Desde dentro del salón alguien vuelve a llamarlo.

El hechizo se rompe apenas.

Beatriz retrocede un paso lento.

Todavía temblando un poco por dentro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.