Después del beso, todo cambia.
Y al mismo tiempo…
todo se vuelve muchísimo más frágil.
Porque ahora ya no pueden esconderse detrás de la tensión.
Ni del sarcasmo.
Ni de la negación elegante que llevaban semanas sosteniendo.
Ahora saben exactamente lo que sienten.
Y eso da más miedo que la incertidumbre.
Los primeros días son extraños.
Intensos.
Suaves.
Peligrosamente felices.
Santiago empieza a buscar cualquier excusa para verla fuera de rehabilitación:
cafés después de las sesiones,
mensajes a medianoche,
caminatas lentas porque “la rodilla necesita movimiento”.
Mentiroso.
La rodilla ya está mucho mejor.
El que necesita verla es él.
Y Bea lo sabe.
Claro que lo sabe.
Pero por primera vez en muchísimo tiempo…
no huye inmediatamente.
—Esto sigue pareciéndome mala idea.
Está sentada frente a él en una cafetería pequeña cerca de la clínica mientras revuelve un té que ya se enfrió hace rato.
Santiago sonríe apenas desde el otro lado de la mesa.
—Lo dices mientras aceptas salir conmigo por cuarta vez esta semana.
—No son citas.
—Claro. Y yo soy emocionalmente estable.
Eso le arranca una risa real.
De esas que le iluminan toda la cara.
Y Santiago siente el golpe completo en el pecho.
Mierda.
Está enamorándose de verdad.
La realización le cae encima de forma brutalmente simple.
No durante un beso.
Ni un momento dramático.
Sucede viendo a Bea reírse mientras intenta negar algo obvio.
Y eso lo destruye por dentro de la manera más hermosa posible.
—¿Qué?
Ella frunce apenas el ceño al notar cómo la mira.
Santiago tarda demasiado en responder.
Otra vez.
Porque últimamente ella le deja demasiadas verdades atoradas en la garganta.
—Nada.
Mentira.
Está pensando que jamás había sentido tanta paz simplemente compartiendo silencio con alguien.
Eso también empieza a asustarlo.
Porque ahora sí tiene algo real que perder.
Esa noche, mientras la acompaña al auto, el aire entre ambos se siente distinto.
Más íntimo.
Más delicado.
Beatriz se queda quieta junto a la puerta mientras él la observa.
La ciudad alrededor parece demasiado lejana.
—¿Qué pasa? —pregunta ella suavemente.
Santiago mete las manos en los bolsillos despacio.
Y por primera vez en muchísimo tiempo…
decide no esconderse detrás del encanto.
—Tengo miedo de arruinar esto.
Silencio.
El corazón de Bea literalmente se aprieta.
Porque jamás imaginó escuchar algo tan vulnerable salir de él.
—Santi…
—No, en serio.
Él baja la mirada apenas un segundo antes de volver a verla.
Más honesto que nunca.
—Toda mi vida fui bueno empezando cosas. Gustándole a la gente. Haciendo que se quedaran un rato.
Pequeña pausa.
Dolorosa.
—Pero nunca fui bueno sosteniendo algo real.
El aire cambia completamente.
Porque esa confesión no viene desde inseguridad superficial.
Viene desde una herida mucho más vieja.
Beatriz da un paso hacia él lentamente.
Y Santiago siente algo romperse apenas por dentro cuando ella toma su mano.
Porque nadie lo toca así.
Sin esperar espectáculo.
Sin querer algo de él.
Solo para acompañarlo.
—Mírame.
Él obedece inmediatamente.
Y Bea sostiene su mirada con una calma que le desarma el pecho.
—El hecho de que esto te asuste significa que ya no eres el mismo hombre que antes.
Boom.
Directo al corazón.
Porque parte de Santiago todavía teme ser incapaz de amar bien.
De quedarse.
De no destruir todo eventualmente.
Y ella acaba de tocar exactamente ese miedo.
—¿Y si no es suficiente?
La pregunta sale tan baja que casi duele escucharla.
Beatriz sonríe apenas.
Triste.
Tierna.
Real.
—Entonces aprendemos.
El pecho de Santiago se aprieta fuerte.
Porque nadie nunca le habló del amor así.
No como perfección.
No como intensidad tóxica.
No como conquista.
Sino como dos personas intentando construir algo sin dejar de ser ellas mismas.
Y justo ahí entiende algo brutal:
si antes confundía deseo con amor…
con Bea está aprendiendo algo completamente distinto.
Presencia.
Santiago levanta lentamente la mano libre y acomoda un mechón detrás de la oreja de Bea.
Gesto pequeño.
Íntimo.
Peligrosamente doméstico.
—¿Sabes qué es lo peor?
Ella sonríe apenas.
—¿Qué cosa?
—Que contigo ya no quiero ser impresionante.
La respiración de Bea cambia apenas.
Porque entiende perfectamente lo que significa esa frase viniendo de él.
Santiago baja la voz.
Más suave.
Más vulnerable.
—Solo quiero ser alguien que te haga sentir tranquila.
Y ahí.
Exactamente ahí.
Beatriz siente el miedo mezclarse con algo mucho más fuerte:
esperanza.
La clase de esperanza que juró no volver a permitirse.
Entonces lo besa otra vez.
Suave.
Lento.
Con emoción contenida.
Y Santiago la abraza con una delicadeza que jamás habría imaginado posible en sí mismo.
Como si estuviera sosteniendo algo valioso de verdad.
Porque lo está.
Pero mientras Bea cierra los ojos entre sus brazos…
una parte pequeña y silenciosa dentro de ella todavía susurra una advertencia:
No te enamores demasiado rápido.
El problema…
es que probablemente ya va tarde.