El amor no empieza a complicarse cuando aparecen los problemas.
Empieza a complicarse cuando deja de sentirse imposible…
y comienza a volverse real.
Santiago descubre eso dos semanas después.
Cuando por primera vez siente que podría acostumbrarse demasiado a Beatriz.
Y esa idea lo aterra.
Ahora hablan todos los días.
No solo mensajes rápidos o coqueteos.
Conversaciones reales.
Sobre sus madres.
Sobre infancia.
Sobre miedo.
Sobre versiones de sí mismos que casi nadie conoce.
Y cuanto más se conocen…
más evidente se vuelve que ambos están entrando en territorio peligroso.
—Mi mamá cree que estoy enamorado.
Santiago lo dice una noche mientras caminan lentamente después de cenar.
Beatriz casi se atraganta con la risa.
—¿Y qué respondiste?
—Que claramente perdió capacidad de análisis clínico con la edad.
Ella sonríe mirando al frente.
Pero Santiago nota cómo intenta esconder el nerviosismo detrás del humor.
Porque la palabra enamorado ya dejó de sentirse ligera entre ellos.
—¿Y tú? —pregunta él suavemente.
Beatriz lo mira apenas de reojo.
—¿Yo qué?
—¿Qué le dirías si alguien te preguntara lo mismo sobre mí?
Silencio.
Ahí está.
Ese miedo otra vez.
Bea mete las manos en los bolsillos de la chaqueta mientras sigue caminando.
—Diría que me gustas demasiado para mi estabilidad emocional.
Santiago suelta una risa baja.
Pero el pecho le late fuerte.
Porque ambos siguen disfrazando verdades enormes con frases pequeñas.
El problema aparece días después.
De la forma más simple y humana posible:
Santiago vuelve a entrenar oficialmente con el equipo.
El club quiere anunciar su regreso.
Los medios empiezan a aparecer otra vez.
Las entrevistas.
Los patrocinadores.
La atención.
Y Santiago siente cómo la vieja versión de sí mismo empieza a rodearlo nuevamente como un traje conocido.
—Ruiz, acá.
Una foto más.
Sonríe.
Perfecto.
Flash.
Flash.
Flash.
Y por primera vez…
todo se siente agotador.
Esa noche llega tarde a ver a Beatriz.
Ella está esperando en una cafetería pequeña con expresión tranquila.
Pero Santiago la conoce lo suficiente ya para notar la decepción escondida.
—Lo siento. Se extendió todo en el club.
Bea asiente apenas.
—Está bien.
Mentira.
Pequeña.
Educada.
Visible.
Santiago se sienta frente a ella y suspira cansado.
—Fue un caos.
—Me imagino.
La respuesta sale demasiado corta.
Demasiado medida.
Y él siente inmediatamente la distancia.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Bea.
Ella baja la mirada hacia la taza unos segundos antes de hablar.
—Solo olvidé cómo se siente compartir a alguien con el mundo entero.
Boom.
Ahí está.
El miedo.
Santiago permanece quieto.
Porque entiende inmediatamente que esto no se trata de celos superficiales.
Se trata de algo más profundo:
sentirse desplazable.
Pequeña.
Secundaria frente al brillo público de alguien.
—No tienes que competir con eso.
Beatriz sonríe apenas.
Triste.
—No quiero competir con nada, Santi.
El pecho le aprieta fuerte.
Porque esa frase toca exactamente la herida que dejó su ex:
sentirse invisible dentro de una relación donde todo giraba alrededor del otro.
Santiago toma aire lentamente.
Y por primera vez siente algo que nunca experimentó realmente en relaciones anteriores:
miedo genuino de herir a alguien sin querer.
—Mírame.
Bea levanta la vista despacio.
Y Santiago sostiene su mirada con una honestidad casi incómoda.
—Tú eres lo único de mi vida que últimamente se siente real.
Silencio absoluto.
La respiración de Beatriz cambia apenas.
Porque sabe que él no está exagerando.
No esta vez.
—Eso también me asusta.
La voz de ella sale bajita.
Frágil.
—¿Por qué?
Beatriz se ríe apenas.
Sin alegría.
—Porque las cosas reales son las únicas capaces de romperte de verdad.
Mierda.
El corazón de Santiago literalmente duele al escucharla.
Porque entiende perfectamente cuánto daño tuvo que cargar sola para pensar así.
Él estira lentamente la mano sobre la mesa.
No invade.
No exige.
Solo espera.
Y después de unos segundos…
Bea toma su mano.
—No sé cómo hacer esto sin miedo —confiesa ella.
Santiago aprieta sus dedos suavemente.
Y responde algo que jamás habría dicho meses atrás:
—Tal vez el amor no es dejar de tener miedo.
Pequeña pausa.
—Tal vez es decidir quedarse incluso teniéndolo.
El aire se queda suspendido entre ambos.
Porque esa frase…
esa frase ya no viene del hombre que él era al principio de esta historia.
Viene del hombre en el que se está convirtiendo.
Beatriz lo observa en silencio largo rato.
Y entiende algo que la desarma completamente:
Santiago Ruiz ya no solo la desea.
La está eligiendo conscientemente.
Y eso da muchísimo más vértigo.
Más tarde, cuando salen de la cafetería, Bea se queda quieta antes de subir al auto.
Mirándolo.
Pensándolo demasiado.
—¿Qué? —pregunta él suavemente.
Ella sonríe apenas.
Pequeña.
Asustada.
Enamorada.
—Nada.
Mentira.
Está pensando que el verdadero peligro nunca fue enamorarse de Santiago Ruiz.
El verdadero peligro…
es que él empieza a sentirse como hogar.