Golpe bajo

Capítulo 42

El problema con empezar a ser feliz…

es que el miedo a perderlo todo crece al mismo tiempo.

Beatriz descubre eso el día que ve a Valeria acercarse a Santiago después del entrenamiento.

Hermosa.
Famosa.
Perfectamente cómoda dentro del mundo brillante al que él pertenece.

La clase de mujer que jamás duda de su lugar al lado de alguien como Santiago Ruiz.

Y Bea la odia un poco apenas la ve sonreírle.

Qué experiencia tan humillante descubrir que todavía puede sentir inseguridad así.

No debería importarle tanto.

Pero importa.

Porque Santiago se ríe.
Porque ella toca su brazo con demasiada familiaridad.
Porque alrededor de ellos todo parece encajar demasiado bien.

Ese mundo.

No el suyo.

Beatriz está esperando junto al estacionamiento cuando Santiago finalmente se acerca.

Sonriendo todavía.

Y algo en su pecho se cierra inmediatamente.

—¿Todo bien?

Claro que lo nota.

Maldito hombre observador.

—Sí.

Mentira.

Otra vez.

Santiago suspira apenas.

—Bea.

Ella cruza los brazos automáticamente.

Defensa instantánea.

—No pasa nada.

—Entonces explícame por qué pareces querer atropellarme emocionalmente con la mirada.

Eso normalmente le habría sacado una risa.

Hoy no.

Santiago deja el bolso deportivo en el suelo lentamente.

Y entonces entiende.

La dirección de la mirada de Bea.
La tensión.
La distancia repentina.

—¿Es por Valeria?

Silencio.

Exactamente.

Beatriz aparta la mirada hacia el estacionamiento iluminado.

Odia sentirse así.
Odia sentirse insegura.
Odia que esto toque heridas viejas tan rápido.

—Ella es parte de tu mundo.

La frase sale más baja de lo que pretendía.

Más vulnerable.

Santiago frunce apenas el ceño.

—¿Y?

Bea se ríe sin humor.

—Y yo no.

Boom.

Ahí está la verdadera herida.

No celos.

Miedo a no pertenecer.

Santiago la observa unos segundos en silencio.

Y por primera vez entiende completamente algo importante:

Beatriz no teme solo que él la lastime.

Teme terminar sintiéndose insuficiente al lado de alguien acostumbrado a vivir rodeado de admiración.

—Ven acá.

La voz le sale suave.

Bea no se mueve.

Mala señal.

Muy mala señal.

—No quiero discutir esto.

—Yo sí.

La respuesta llega inmediata.

Firme.

Y algo en ella se rompe un poco porque entiende que él ya no huye de las conversaciones difíciles.

Antes lo habría hecho.

Santiago se acerca lentamente hasta quedar frente a ella.

—Valeria fue una relación superficial de tres meses hace años.

Beatriz intenta sostener la compostura.

—No estoy preguntando eso.

—Lo sé.

Silencio.

Y luego él dice exactamente lo que ella estaba intentando ocultar:

—Tienes miedo de que eventualmente vuelva a querer ese mundo más que esto.

El aire desaparece de sus pulmones.

Porque sí.
Exactamente eso.

Beatriz baja la mirada.

Y odia la vergüenza que siente al admitirlo.

—No pertenezco ahí, Santi.

La confesión sale rota.

Pequeña.

Y Santiago siente algo apretarle brutalmente el pecho.

Porque nunca imaginó que Beatriz pudiera sentirse menos que alguien.

Él levanta suavemente su rostro.

Obligándola a mirarlo.

—Escúchame bien.

La voz sale firme.
Real.

—Pasé años rodeado de personas que me admiraban… y aun así me sentía solo todo el tiempo.

El corazón de Bea golpea fuerte.

Porque nunca lo había escuchado hablar así del vacío.

Tan directamente.

—Contigo no tengo que actuar.

Pequeña pausa.

—No tengo que ser perfecto, ni impresionante, ni el maldito Santiago Ruiz que todos esperan.

El pecho de Beatriz literalmente duele.

Porque esa confesión viene desde un lugar demasiado honesto.

—Y eso vale muchísimo más que cualquier mujer perfecta para cámaras y eventos.

Silencio absoluto.

La ciudad parece desaparecer otra vez alrededor de ellos.

Pero el miedo todavía sigue ahí.

Claro que sigue.

Porque las heridas profundas no desaparecen solo porque alguien diga las palabras correctas.

—¿Y si un día te cansas de mí?

La pregunta sale apenas en un susurro.

Y Santiago siente el golpe completo.

Porque reconoce inmediatamente de dónde viene esa frase:

del abandono emocional.
De compararse.
De haberse sentido insuficiente antes.

Él toma aire lentamente.

Y entonces responde algo que jamás habría podido decir meses atrás:

—Entonces tendrás derecho a odiarme por idiota.

Bea lo mira sorprendida.

Y Santiago sonríe apenas.

Triste.
Humano.

—Pero ya no quiero vivir relaciones desde el ego, Bea.

La sinceridad de esa frase casi la desarma completa.

—Contigo aprendí algo horrible.

Ella frunce apenas el ceño.

—¿Qué cosa?

—Que amar de verdad significa poder perder algo importante.

Boom.

Ahí está.

La verdad más vulnerable de todas.

Porque Santiago Ruiz finalmente tiene miedo.

No a quedarse solo.
No al fracaso.
No a perder fama.

A perderla a ella.

Beatriz siente los ojos arderle apenas.

Maldición.

Odia emocionarse tan fácil con él.

Y entonces hace algo que jamás hacía antes:

en lugar de alejarse cuando siente miedo…

se acerca.

Apoya lentamente la frente contra el pecho de Santiago.

Y él la abraza inmediatamente.

Sin espectáculo.
Sin intensidad exagerada.

Solo presencia.

Después de un rato, Santiago besa suavemente su cabello.

—Además, para que quede claro…

Bea levanta apenas la mirada.

Y él sonríe de lado.

—Tú eres muchísimo más peligrosa que Valeria.




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