Santiago odiaba las entrevistas.
Lo irónico era que nadie lo sabía.
Porque durante años se había convertido en un experto fingiendo exactamente lo contrario.
—Cinco minutos, Santiago.
—Perfecto.
Mentira.
Nada tenía de perfecto.
El encargado de prensa acomodó el micrófono en su camisa.
Una maquilladora apareció de la nada para retocar algo que Santiago ni siquiera sabía que necesitaba retoque.
Dos asistentes caminaban de un lado a otro.
Una cámara.
Dos cámaras.
Tres focos.
Todo cuidadosamente preparado.
Y él estaba agotado.
La sesión de rehabilitación de aquella mañana había sido brutal.
Dolor.
Ejercicios.
Frustración.
Más dolor.
Pero eso no era lo que iba a salir en la entrevista.
Lo que saldría era:
"Estoy fuerte."
"Volveré pronto."
"Confío en el proceso."
Las mismas frases de siempre.
Las mismas mentiras elegantes.
—¿Listo?
Santiago levantó la mirada.
La periodista le sonrió.
Joven.
Amable.
Profesional.
—Cuando quieras.
Las cámaras comenzaron a grabar.
Y automáticamente apareció Santiago Ruiz.
La versión pública.
La versión que todos conocían.
Sonrisa perfecta.
Postura relajada.
Seguridad absoluta.
Una actuación tan ensayada que ya salía sola.
—Estamos aquí con Santiago Ruiz, uno de los futbolistas más importantes del país...
Santiago sonrió.
Asintió.
Respondió.
Todo fluía.
Como siempre.
—Todos quieren saber cómo avanza tu recuperación.
Sonrisa.
—Muy bien. Estamos trabajando duro. Cada semana hay progresos.
Mentira parcial.
Había progresos.
Pero también miedo.
Mucho miedo.
—¿Volverás esta temporada?
Sonrisa.
—Ese es el objetivo.
Mentira parcial.
No tenía idea.
Ni los médicos la tenían.
—¿Qué es lo más difícil de esta etapa?
Durante una fracción de segundo quiso responder la verdad.
Lo más difícil era despertarse cada mañana preguntándose quién sería si no volvía a jugar.
Lo más difícil era el silencio.
Lo más difícil era sentir que toda su vida dependía de una rodilla.
Pero no dijo nada de eso.
Porque Santiago Ruiz nunca decía esas cosas.
—La paciencia.
Respondió.
—Los deportistas estamos acostumbrados a movernos rápido.
La periodista sonrió.
Respuesta perfecta.
Respuesta segura.
Respuesta vacía.
La entrevista continuó.
Preguntas.
Respuestas.
Más preguntas.
Más respuestas.
Todo impecable.
Todo falso.
Finalmente las cámaras se apagaron.
—Excelente.
—Gracias.
—Quedó increíble.
—Perfecto.
Las mismas palabras de siempre.
La periodista se acercó para despedirse.
—Te deseo mucha suerte.
—Gracias.
Ella pareció dudar un momento.
Y entonces preguntó algo inesperado.
—¿Puedo decirte algo?
Santiago arqueó una ceja.
—Claro.
La periodista sonrió apenas.
—Creo que eres mucho más triste de lo que aparentas.
El aire se congeló.
Por un segundo nadie habló.
Ni siquiera ella pareció esperar haberlo dicho en voz alta.
—¿Perdón?
—Lo siento.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Probablemente estoy equivocada.
Pero Santiago supo inmediatamente que no.
Porque había sido la primera persona en semanas que veía algo detrás de la máscara.
Y eso lo incomodó.
Mucho.
—Te equivocas.
Respondió.
Demasiado rápido.
Ella sonrió.
Esa sonrisa de quien sabe que no.
Y se marchó.
Santiago permaneció inmóvil varios segundos.
Escuchando cómo desmontaban los focos.
Cómo guardaban los equipos.
Cómo el mundo seguía funcionando normalmente.
Y por primera vez se preguntó algo que jamás se había permitido pensar.
¿Cuántas personas conocían realmente a Santiago Ruiz?
No al futbolista.
No al ídolo.
No al hombre de las portadas.
A él.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Muy pocas.
Quizá ninguna.
Horas después, ya en casa, abrió las redes sociales.
Miles de comentarios.
"Volverás más fuerte."
"El mejor."
"Nuestro campeón."
"Una inspiración."
Miles de personas hablando de él.
Miles de personas creyendo conocerlo.
Y sin embargo...
Nunca se había sentido tan solo.
El teléfono vibró.
Mensaje de su madre.
"¿Cómo salió la entrevista?"
Santiago sonrió apenas.
Y respondió:
"Perfecta."
Pasaron unos segundos.
La respuesta llegó enseguida.
"Entonces seguramente no dijiste nada importante."
Una carcajada escapó de sus labios antes de poder evitarlo.
Porque, como siempre...
su madre tenía razón.
Esa noche tardó horas en quedarse dormido.
Y mientras observaba el techo de su habitación oscura, una idea incómoda siguió dando vueltas en su cabeza.
Tal vez la lesión no era lo único que estaba rompiéndose.
Tal vez también comenzaba a agrietarse la versión de sí mismo que llevaba años interpretando.
Y por primera vez...
no estaba seguro de querer reconstruirla.