Golpe bajo

Capítulo 8

El gimnasio del club estaba casi vacío.

Por primera vez en años, Santiago odiaba ese lugar.

Antes era su refugio.

Ahora parecía una prisión.

Cada máquina.

Cada balón.

Cada fotografía colgada en las paredes.

Todo le recordaba lo mismo:

No estás jugando.

Y eso lo volvía loco.

Terminó una serie de ejercicios y dejó caer la toalla sobre sus hombros.

El sudor le corría por el cuello.

La rodilla ardía.

Su paciencia también.

—Tienes cara de querer pelear con alguien.

Santiago ni siquiera necesitó girarse.

Reconocería esa voz en cualquier parte.

—Vete al diablo, Mateo.

Una risa grave resonó detrás de él.

—Mira qué amable.

Mateo Herrera se sentó a su lado.

Treinta y cinco años.

Defensa central.

Capitán ocasional.

Casado.

Dos hijos.

Y probablemente la única persona del equipo que jamás se había impresionado con Santiago Ruiz.

—¿Cómo va la rodilla?

—Mal.

—Mentira.

Santiago frunció el ceño.

—¿Cómo que mentira?

—Porque cuando va mal dices cosas mucho más groseras.

Maldito.

Lo conocía demasiado.

Mateo soltó una carcajada.

—Entonces...

¿qué te tiene así?

Santiago bebió agua.

Evitando la pregunta.

Mateo esperó.

Y siguió esperando.

Porque tenía la paciencia de un hombre que había criado dos hijos pequeños.

Finalmente Santiago resopló.

—Estoy cansado.

—Eso ya lo veo.

—No. Cansado de verdad.

Silencio.

—Ah.

Mateo entendió inmediatamente.

No hablaban de la rodilla.

—¿Quieres hablar o quieres fingir que estás bien?

—No lo sé.

—Perfecto.

Entonces yo hablaré.

Santiago cerró los ojos.

Mala señal.

Muy mala señal.

Cuando Mateo decía eso era porque estaba a punto de decir algo incómodo.

Y generalmente tenía razón.

—Toda tu vida has sido el mejor.

Ahí vamos.

—No empieces.

—Toda tu vida.

Escúchame.

Santiago guardó silencio.

—El más rápido.

El más talentoso.

El más famoso.

Mateo apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Y ahora no puedes jugar.

Santiago apretó la mandíbula.

—Gracias por recordármelo.

—Todavía no terminé.

Peor.

Mucho peor.

—Tú crees que extrañas el fútbol.

El silencio se hizo pesado.

—Porque lo extraño.

—No tanto como crees.

Santiago giró la cabeza.

—¿Qué demonios significa eso?

Mateo sostuvo su mirada.

Serio.

—Significa que lo que realmente extrañas es sentirte importante.

Boom.

El golpe fue inmediato.

Porque no se sintió como una opinión.

Se sintió como una verdad.

Y Santiago la odió instantáneamente.

—Eso es una estupidez.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces dime una cosa.

Mateo cruzó los brazos.

—¿Qué es lo primero que haces cada mañana?

Santiago dudó.

—Revisar el teléfono.

—¿Y qué buscas?

No respondió.

Porque ambos sabían la respuesta.

Noticias.

Comentarios.

Mensajes.

Menciones.

Pruebas de que seguía siendo relevante.

Maldita sea.

—No es lo mismo.

—Claro que no.

Mateo sonrió apenas.

—Es peor.

Santiago soltó una carcajada incrédula.

—¿Siempre eres así de insoportable?

—Mi esposa dice que sí.

Eso le arrancó otra risa.

Y por un momento la tensión se aflojó.

Pero Mateo todavía no había terminado.

—Mira.

No creo que extrañes los aplausos porque seas un egocéntrico.

Santiago arqueó una ceja.

—Gracias por la aclaración.

—Creo que llevas tantos años escuchándolos...

que olvidaste quién eres sin ellos.

Y ahí estaba otra vez.

La misma idea.

Primero su madre.

Ahora Mateo.

Dos personas diferentes.

La misma herida.

Santiago bajó la mirada.

Por primera vez sin ganas de discutir.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Mateo sonrió.

Una sonrisa tranquila.

De alguien que ya había atravesado algo parecido.

—Porque cuando nació mi hija dejé de ser futbolista durante unos meses.

Santiago lo miró.

—¿Qué?

—No literalmente.

Pero todo cambió.

Mateo observó el campo vacío a través de la ventana.

—Y descubrí algo.

Pequeña pausa.

—El fútbol es algo que amo.

No algo que soy.

Silencio.

—Hay una diferencia enorme.

Santiago sintió algo incómodo dentro del pecho.

Porque nunca había pensado así.

Jamás.

Toda su vida había respondido la misma pregunta.

¿Quién eres?

Soy futbolista.

No:

Me gusta el fútbol.

Soy futbolista.

Como si fuera una identidad completa.

Como si fuera suficiente.

—¿Y qué pasa si no sé quién soy sin esto?

La pregunta salió antes de poder detenerla.

Y por primera vez sonó vulnerable.

Real.

Mateo sonrió.

—Entonces felicidades.

—¿Por qué?

—Porque finalmente tienes algo nuevo que descubrir.

Santiago negó con la cabeza.

—Eso sonó horriblemente profundo.

—Lo sé.

Odio cuando me pasa.

Ambos se echaron a reír.

Y por primera vez en semanas...

el peso sobre los hombros de Santiago pareció un poco más ligero.

No porque tuviera respuestas.

No las tenía.

Pero porque empezaba a aceptar algo importante:

Quizá aquella lesión no había llegado únicamente para detener su carrera.

Quizá había llegado para obligarlo a hacerse una pregunta que llevaba años evitando.

¿Quién era Santiago Ruiz cuando nadie estaba mirando?

Y aunque todavía no lo sabía...

por primera vez sintió curiosidad por descubrirlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.