Golpe bajo

Capítulo 10

El restaurante era exactamente el tipo de lugar que Santiago habría elegido unos meses atrás.

Elegante.

Exclusivo.

Demasiado caro para justificar el precio de la comida.

Perfecto para aparecer en fotografías.

Ariana llegó quince minutos tarde.

También exactamente como siempre.

—Perdón, perdón, perdón.

Se inclinó para darle un beso en la mejilla.

—El tráfico estaba imposible.

Mentira.

Santiago lo sabía.

Porque acababa de ver una historia en Instagram publicada hacía siete minutos donde ella aparecía grabándose frente a un espejo.

Pero no dijo nada.

—No te preocupes.

Ella sonrió.

Hermosa.

Como siempre.

Cabello perfecto.

Maquillaje perfecto.

Vestido perfecto.

Todo perfectamente calculado.

Durante mucho tiempo ese tipo de mujeres le habían encantado.

O al menos eso creía.

Tomaron asiento.

Ariana colocó el teléfono sobre la mesa.

Pantalla hacia arriba.

Primer detalle.

No habían pedido ni agua y ya había revisado tres veces las notificaciones.

—¿Cómo estás?

preguntó ella.

—Bien.

—¿Y la rodilla?

Santiago se encogió de hombros.

—Avanzando.

—Qué bueno.

Pequeña pausa.

—Debe ser horrible no poder jugar.

—Sí.

—Aunque seguro volverás pronto.

—Eso espero.

Y ahí terminó la conversación sobre su lesión.

Ni una pregunta más.

Ni una sola.

Ariana ya estaba hablando de otra cosa.

Una marca de ropa.

Una colaboración.

Un viaje.

Una fiesta.

Un evento.

Una campaña.

Santiago escuchaba.

O al menos fingía hacerlo.

Porque la mitad del tiempo su mente estaba en otro lado.

Observando.

Analizando.

Aburriéndose.

Lo que resultaba extraño.

Porque Ariana era exactamente la misma mujer con la que había salido meses atrás.

La misma.

Y aquella vez la había encontrado divertida.

Encantadora.

Interesante.

¿Qué había cambiado?

Ella siguió hablando.

—Y entonces le dije que si querían la campaña tenían que aumentar el presupuesto.

Porque, honestamente, yo no trabajo por menos de...

Santiago dejó de escuchar.

Miró alrededor.

Mesas llenas.

Risas.

Conversaciones.

Vida.

Y de repente sintió una especie de cansancio extraño.

Como si hubiera vivido esa misma noche demasiadas veces.

El mismo restaurante.

La misma conversación.

La misma gente.

Todo tan predecible.

—¿Me estás escuchando?

La voz de Ariana lo devolvió a la realidad.

—Claro.

Ella arqueó una ceja.

—Mentiroso.

Por primera vez en la noche dijo algo genuino.

Santiago soltó una pequeña risa.

—Perdón.

—¿Qué pasa contigo hoy?

Buena pregunta.

Ojalá supiera responderla.

—Nada.

Otra mentira.

Porque algo sí pasaba.

Simplemente todavía no lograba ponerle nombre.

La cena continuó.

Y cada minuto parecía durar más.

Hasta que Ariana preguntó:

—¿Y qué dicen los médicos?

—Que todavía falta tiempo.

—Mmm.

Aquello fue todo.

Solo un sonido.

Pero Santiago lo notó.

Porque había algo detrás.

Una pequeña decepción.

Una pequeña pérdida de interés.

Y por primera vez decidió observarla de verdad.

No como hombre.

No como pretendiente.

Como observador.

Y entonces empezó a verlo.

Las preguntas sobre él habían desaparecido.

Ahora hablaba de ella.

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

Seguidores.

Eventos.

Marcas.

Invitaciones.

Todo giraba alrededor de la atención.

Curioso.

Porque de pronto se vio reflejado.

¿No había sido él igual durante años?

La idea le resultó incómoda.

Mucho.

El mesero llegó con la cuenta.

Ariana revisó el teléfono otra vez.

Y sonrió.

—Tengo una invitación para una fiesta.

—¿Esta noche?

—Sí.

Pequeña pausa.

—Van varios jugadores.

Santiago entendió inmediatamente.

No era una invitación para él.

Era una invitación para la versión de él que existía antes de la lesión.

La estrella.

El centro de atención.

El hombre de los titulares.

Y por primera vez sintió una extraña tristeza.

No por ella.

Por todo.

Porque de repente veía claramente algo que antes ignoraba.

Muchas personas no estaban interesadas en Santiago Ruiz.

Estaban interesadas en lo que representaba.

Y la diferencia era enorme.

Ariana volvió a sonreír.

—Cuando regreses a jugar tendrás que acompañarme a uno de esos eventos.

Cuando regreses.

No si regresas.

Pero tampoco parecía una expresión de fe.

Parecía una condición.

Un requisito.

Una inversión.

Y algo dentro de Santiago simplemente se apagó.

No con rabia.

No con dolor.

Con claridad.

Porque por primera vez entendió algo.

No quería pasar el resto de su vida rodeado de personas que solo aparecían mientras las luces estuvieran encendidas.

Salieron del restaurante una hora después.

La despedida fue cordial.

Educada.

Vacía.

Ni siquiera intentó besarla.

Ni siquiera sintió ganas.

Y por la expresión de Ariana...

ella tampoco.

—Cuídate.

—Tú también.

—Avísame cuando vuelvas a jugar.

Santiago sonrió apenas.

—Claro.

Pero ambos sabían que probablemente nunca ocurriría.

Porque aquella noche había confirmado algo que ninguno necesitaba decir en voz alta.

No había química.

No había interés.

No había conexión.

Solo costumbre.

Y la costumbre, descubrió Santiago mientras caminaba hacia su auto, podía parecerse mucho al cariño cuando uno no prestaba atención.




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