El dolor era parte del proceso.
Eso era lo que todos repetían.
Los médicos.
Los fisioterapeutas.
Los entrenadores.
Incluso su madre.
"El dolor es parte del proceso."
Qué frase tan fácil de decir cuando la rodilla no era la tuya.
Santiago apretó los dientes mientras descendía lentamente durante el ejercicio.
Un movimiento simple.
Controlado.
O al menos debía serlo.
Pero la rodilla tembló.
Y el dolor volvió a dispararse.
—Más despacio.
La voz de Beatriz llegó desde algún lugar detrás de él.
—Controla el movimiento.
Santiago soltó el aire.
Volvió a intentarlo.
Dolor.
Otra vez.
Dolor.
Otra vez.
Maldita sea.
—No estás concentrado.
Él cerró los ojos.
No.
No estaba concentrado.
Porque aquella mañana había despertado con tres mensajes de periodistas.
Dos rumores sobre su posible retiro.
Una noticia deportiva cuestionando su recuperación.
Y una llamada de su representante preguntando cuándo creía que podría volver.
Como si él tuviera la respuesta.
Como si alguien la tuviera.
—Otra vez.
dijo Beatriz.
Santiago la miró.
Ella estaba apoyada contra una mesa.
Tablet en mano.
Observándolo atentamente.
Tranquila.
Como siempre.
Y por alguna razón eso lo irritó.
Muchísimo.
Porque mientras él sentía que se estaba ahogando...
ella parecía tener todo bajo control.
—Ya lo hice.
—Hazlo otra vez.
—Ya sabes que puedo hacerlo.
—Entonces demuéstramelo.
La paciencia de Santiago comenzó a romperse.
—¿No fue suficiente con cinco veces?
—No.
Respuesta inmediata.
Firme.
Sin un gramo de duda.
Y eso solo empeoró las cosas.
—Claro.
Beatriz levantó una ceja.
—¿Claro qué?
—Claro. Hagamos veinte más.
Treinta.
Cincuenta.
¿Por qué no?
Ella cruzó los brazos.
—Porque no estoy aquí para hacerte perder el tiempo.
Silencio.
Peligroso.
Santiago podía sentir la ira acumulándose.
La frustración.
El miedo.
La impotencia.
Todo junto.
Y necesitaba salir por algún lado.
—¿Sabes qué?
Beatriz lo observó.
Esperando.
—No.
Corrigió él.
—Olvídalo.
—No.
Dilo.
Error.
Grave error.
Porque la presa acababa de romperse.
—¿Quieres que lo diga?
Perfecto.
Dejó caer la banda elástica sobre el suelo.
—Estoy cansado.
¿Eso quieres escuchar?
Estoy cansado de hacer siempre lo mismo.
Estoy cansado de que todos me digan que tenga paciencia.
Estoy cansado de esperar.
La sala quedó en silencio.
Beatriz no dijo nada.
Y eso hizo que siguiera.
—Cada semana es lo mismo.
Cada día.
Los mismos ejercicios.
Las mismas respuestas.
Los mismos "vamos bien".
Respiró con fuerza.
—Y nadie puede decirme si voy a volver.
Por primera vez la voz le tembló.
Porque ahí estaba la verdad.
La que llevaba semanas evitando.
—Nadie puede decirme si todo esto va a servir de algo.
El silencio se volvió más pesado.
Más humano.
Más doloroso.
Y durante un segundo...
Beatriz vio al hombre detrás del ego.
Al hombre asustado.
Pero entonces Santiago cometió el error.
El error que cambiaría toda la sesión.
Porque el miedo se transformó en rabia.
Y la rabia buscó un objetivo.
La encontró a ella.
—Pero claro...
Se pasó una mano por el cabello.
—¿Qué vas a entender tú?
Beatriz parpadeó.
Muy despacio.
—¿Perdón?
Y aun así...
él siguió.
Porque cuando alguien está herido...
a veces hiere.
—Es fácil para ti.
La mandíbula de Beatriz se tensó.
Apenas.
—Santiago...
—No.
Déjame terminar.
Ya era demasiado tarde.
—Es muy fácil exigirme cuando no eres tú quien se está jugando la carrera.
Silencio.
—Es muy fácil decir "una repetición más".
"Un poco más".
"Esfuérzate más".
La voz comenzó a subir.
—Porque si esto sale mal...
tú sigues con tu vida.
La frase cayó como una piedra.
Pesada.
Cruel.
Injusta.
—Yo soy quien lo pierde todo.
Y entonces...
Nada.
Ni gritos.
Ni discusión.
Ni lágrimas.
Nada.
Beatriz simplemente se quedó inmóvil.
Mirándolo.
Y por primera vez desde que la conocía...
Santiago no logró interpretar lo que había en sus ojos.
Porque desapareció demasiado rápido.
Algo se apagó.
Simplemente eso.
Se apagó.
Ella bajó la mirada hacia la tablet.
Anotó algo.
Y cuando volvió a hablar...
su voz había cambiado.
Completamente.
—Terminamos por hoy.
Eso fue todo.
Nada más.
Ni una defensa.
Ni un reproche.
Solo una frase.
Pero dolió mucho más que cualquier discusión.
Porque la Beatriz cálida desapareció.
Y quedó únicamente la profesional.
La fisioterapeuta.
La distancia.
La barrera.
Ella recogió sus cosas.
Sin prisa.
Sin dramatismo.
Y caminó hacia la puerta.
—Bea...
La palabra salió sola.
Ella se detuvo.
Pero no se giró.
—Nos vemos el jueves, señor Ruiz.
Señor Ruiz.
No Santiago.
No Santi.
Señor Ruiz.
La puerta se cerró.
Y el silencio que quedó detrás fue insoportable.
Santiago permaneció inmóvil.
Mirando el lugar donde había estado segundos antes.
El pecho le pesaba.
La garganta también.
Porque de repente entendió exactamente lo que acababa de hacer.
Ella había estado allí.
Día tras día.
Empujándolo.
Animándolo.
Creyendo en él incluso cuando él mismo no podía hacerlo.