El jueves llegó demasiado rápido.
Y no lo suficientemente rápido.
Santiago no había dejado de pensar en la discusión.
Ni un solo día.
Ni durante los entrenamientos.
Ni durante las terapias individuales.
Ni durante las noches.
Especialmente durante las noches.
Porque cuanto más repetía la conversación en su cabeza...
más idiota se sentía.
Había perdido el control.
Y lo peor era que ni siquiera podía decir que ella tuviera la culpa.
No la tenía.
Llegó al centro de rehabilitación diez minutos antes.
Por primera vez en semanas.
Algo que jamás admitiría en voz alta.
Se quedó sentado en la sala de espera.
Mirando el reloj.
Un minuto.
Dos.
Tres.
Ridículo.
Parecía un adolescente esperando una cita.
La puerta se abrió.
Y allí estaba ella.
Cabello recogido.
Uniforme médico.
Carpeta en una mano.
Hermosa.
La palabra apareció antes de que pudiera detenerla.
Y eso ya era un problema.
Porque nunca antes había pensado en Beatriz de esa manera.
O al menos nunca se había permitido hacerlo.
Ella levantó la vista.
Sus ojos se encontraron.
Por apenas un segundo.
—Buenos días, señor Ruiz.
Y ahí estaba.
La distancia.
La formalidad.
La barrera.
Nada más.
Ni sonrisa.
Ni broma.
Ni mirada cómplice.
Nada.
Como si la discusión hubiese borrado semanas enteras de confianza.
Santiago sintió algo incómodo en el pecho.
—Buenos días.
Ella hizo una anotación en la carpeta.
—Pasemos a la sala tres.
Eso fue todo.
La sesión comenzó.
Y desde el primer minuto todo se sintió distinto.
Terriblemente distinto.
Beatriz era eficiente.
Impecable.
Profesional.
Probablemente la mejor fisioterapeuta que había conocido.
Pero ya no era Bea.
—Mantén la posición.
—Bien.
—Otra repetición.
—Perfecto.
Palabras correctas.
Palabras necesarias.
Palabras vacías.
Santiago comenzó a odiarlas.
—¿Cómo estuvo tu semana?
preguntó intentando sonar casual.
Ella siguió revisando los registros.
—Bien.
Silencio.
Eso era todo.
Bien.
Nada más.
Ni una pregunta de vuelta.
Ni un comentario.
Ni una oportunidad.
La conversación murió antes de nacer.
Y Santiago descubrió algo que jamás habría imaginado.
Extrañaba hablar con ella.
Extrañaba las discusiones absurdas.
Las bromas.
Las miradas.
Incluso las correcciones.
Maldita sea.
Hasta extrañaba cuando lo regañaba.
—¿Y tu hermano?
preguntó después.
Ella levantó la vista.
Sorprendida.
—Está bien.
Y volvió a la tablet.
Fin de la conversación.
Santiago sintió deseos de golpearse la cabeza contra la pared.
Porque cada intento terminaba igual.
Distancia.
Formalidad.
Silencio.
Y cada minuto se volvía más insoportable.
Al terminar la sesión, ella revisó las notas.
—Excelente progreso.
—Gracias.
—Nos vemos el lunes.
Y comenzó a recoger sus cosas.
Algo dentro de Santiago se tensó.
No.
No podía terminar así.
No quería que terminara así.
—Beatriz.
Ella se detuvo.
Pero no respondió.
Solo esperó.
Y aquella espera le dio más miedo que cualquier otra cosa.
Porque parecía preparada para escuchar.
Pero no para acercarse.
—Lo siento.
La frase salió más baja de lo que esperaba.
Más sincera.
Más vulnerable.
Beatriz permaneció inmóvil.
—No debí decir lo que dije.
Silencio.
—Lo sé.
La respuesta fue tranquila.
Sin rencor.
Y eso casi fue peor.
Porque habría sido más fácil si estuviera enfadada.
Mucho más fácil.
—No era verdad.
Ella bajó la mirada.
—Sí era verdad.
Santiago frunció el ceño.
—¿Qué?
—Era verdad que estabas asustado.
Era verdad que estabas frustrado.
Era verdad que estabas agotado.
Por primera vez ella levantó la vista directamente hacia él.
—Lo que no era verdad era que yo no entendiera.
Aquello dolió.
Porque tenía razón.
Completamente.
—Bea...
Ella sonrió apenas.
Una sonrisa triste.
Pequeña.
Dolorosamente pequeña.
—No tienes que explicarte, Santiago.
Y ahí estaba otra vez.
Santiago.
No señor Ruiz.
Santiago.
Pero no sonó igual.
Porque todavía había algo roto entre ellos.
Algo que aún no terminaba de repararse.
—Sí tengo que hacerlo.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No.
Pequeña pausa.
—Solo tienes que aprender a no golpear a las personas que intentan ayudarte.
El golpe fue directo.
Porque era cierto.
Y porque ella no lo dijo con crueldad.
Lo dijo con tristeza.
Y eso era mucho peor.
Beatriz acomodó la correa de su bolso.
—Nos vemos el lunes.
Esta vez sí se dirigió a la puerta.
Y Santiago la observó alejarse.
La misma mujer.
La misma distancia.
Pero ahora entendía algo.
No estaba enfadada.
No estaba castigándolo.
No estaba intentando hacerlo sufrir.
Simplemente estaba protegiéndose.
Y por primera vez comprendió que él no era el único que podía salir herido.
La puerta se cerró.
Y Santiago se quedó solo.
Otra vez.
Pero esta vez el silencio no se parecía a la soledad.
Se parecía al arrepentimiento.
Y mientras observaba la sala vacía, una idea comenzó a abrirse paso lentamente dentro de él.
La lesión había puesto en riesgo su carrera.
Pero una sola frase había puesto en riesgo algo que, de repente, empezaba a parecerle mucho más importante.