Golpe bajo

Capítulo 23

El teléfono comenzó a vibrar a las seis de la mañana.

Santiago abrió un ojo.

Y ya tenía veintisiete notificaciones.

—Genial.

Cumpleaños.

Otra vez.

Durante años había disfrutado aquello.

Los mensajes.

Las publicaciones.

Las menciones.

La sensación de que el mundo entero recordaba que existía.

Pero esa mañana...

se sintió diferente.

Quizá porque estaba cansado.

Quizá porque estaba creciendo.

Quizá porque algunas cosas empezaban a perder brillo.

O quizá porque había alguien que todavía no le había escrito.

Y eran apenas las seis de la mañana.

Ridículo.

Completamente ridículo.

Se obligó a ignorar ese pensamiento.

Abrió las redes.

Miles de mensajes.

Compañeros.

Periodistas.

Patrocinadores.

Seguidores.

"El mejor."

"Una leyenda."

"Ídolo."

"Crack."

Palabras.

Miles de palabras.

Y sin embargo...

ninguna parecía llegar realmente a algún lugar.

A las ocho recibió flores.

A las nueve una canasta de regalos de un patrocinador.

A las diez una entrevista especial.

A las once una llamada del presidente del club.

Todo perfecto.

Todo exactamente como debía ser.

Y aun así...

seguía revisando el teléfono.

Como un imbécil.

Esperando.

Nada.

Llegó la tarde.

Todavía nada.

—¿Qué demonios te pasa?

murmuró para sí mismo.

No era una adolescente.

No tenía quince años.

No estaba enamorado.

¿Verdad?

La respuesta llegó demasiado rápido.

Y decidió no pensar en ella.

Porque no le gustó.

Aquella noche Mateo organizó una pequeña cena.

Nada ostentoso.

Algunos compañeros.

Un restaurante tranquilo.

Risas.

Historias.

Brindis.

Todo estuvo bien.

Realmente bien.

Pero cada cierto tiempo...

su mirada volvía al teléfono.

Una vez.

Dos.

Cinco.

Veinte.

Mateo lo notó.

Por supuesto.

Mateo siempre lo notaba todo.

—¿Esperas una llamada?

Santiago levantó la vista.

—No.

—Claro.

—No.

—Perfecto.

Entonces deja de mirar el teléfono cada treinta segundos.

Maldito hombre.

Santiago negó con la cabeza.

—No sé de qué hablas.

—Yo sí.

Y sonrió.

Como quien sabe exactamente de qué habla.

Horas después la cena terminó.

Santiago llegó a casa cerca de la medianoche.

Agotado.

Feliz.

Extrañamente vacío.

Porque seguía faltando algo.

O alguien.

Se dejó caer en el sofá.

Y entonces el teléfono vibró.

Una sola vez.

Un mensaje.

Santiago lo abrió inmediatamente.

Demasiado rápido.

Mucho demasiado rápido.

Y allí estaba.

Beatriz.

El corazón le dio un golpe absurdo dentro del pecho.

Ridículo.

Absolutamente ridículo.

Abrió el mensaje.

"Feliz cumpleaños, Santiago."

Pequeña pausa.

"Espero que este año te traiga algo más importante que los goles."

Y luego:

"Aunque sé que probablemente me discutirás eso."

Por primera vez en todo el día sonrió de verdad.

No por educación.

No para una cámara.

No para nadie.

De verdad.

Amplio.

Honesto.

Incontrolable.

Porque podía escucharla decirlo.

Podía imaginar exactamente esa sonrisa.

Ese tono.

Esa mirada.

Y de repente...

las miles de felicitaciones del día parecieron ruido de fondo.

Porque aquel mensaje se sentía distinto.

Humano.

Real.

Personal.

No hablaba con Santiago Ruiz.

Hablaba con Santiago.

Y había una diferencia enorme.

Durante varios segundos se quedó observando la pantalla.

Releyendo las palabras.

Una vez.

Dos.

Tres.

Como un completo idiota.

Finalmente escribió:

"Gracias."

Lo borró.

Demasiado simple.

Volvió a escribir.

"Gracias, Bea."

Lo borró otra vez.

Peor.

Mucho peor.

Parecía nervioso.

¿Desde cuándo se ponía nervioso para escribir un mensaje?

Maldita mujer.

Finalmente escribió:

"Creo que eres la única persona que me deseó algo diferente a marcar más goles."

Envió el mensaje.

Y se quedó mirando la pantalla.

Esperando.

Otra vez esperando.

Qué vergüenza.

La respuesta llegó unos minutos después.

"Porque el resto del mundo ya tiene suficiente futbolista."

Pequeña pausa.

"Yo prefiero al ser humano."

Y ahí fue cuando ocurrió.

No una explosión.

No un rayo.

No una revelación dramática.

Algo mucho más peligroso.

Silencio.

Ese tipo de silencio que aparece cuando una verdad encuentra exactamente dónde quedarse.

Porque por primera vez alguien había puesto en palabras algo que él todavía no sabía explicar.

El futbolista había ocupado tanto espacio durante tantos años...

que incluso él mismo había olvidado al hombre.

Y Beatriz era una de las pocas personas que parecía interesada en encontrarlo.

Santiago apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.

Miró el techo.

Y sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Distinta.

Porque acababa de comprender algo.

Aquel había sido un buen cumpleaños.

Los regalos.

Las llamadas.

Los mensajes.

La cena.

Todo había estado bien.

Pero cuando intentara recordarlo dentro de unos años...

no recordaría ninguna de esas cosas.

Recordaría un mensaje enviado casi a medianoche.

Y una mujer que, sin saberlo, comenzaba a ocupar un lugar demasiado importante en su vida.

Un lugar que ya no estaba seguro de querer proteger.

Porque quizá...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.