La sesión había terminado hacía diez minutos.
Y por primera vez en semanas, Santiago no tenía prisa por marcharse.
Lo cual era extraño.
Porque normalmente, en cuanto terminaba la terapia, desaparecía.
Entraba.
Sufría.
Se quejaba.
Sobrevivía.
Y se iba.
Pero aquella tarde permanecía sentado sobre la camilla observando cómo Beatriz organizaba unos documentos.
—¿Necesitas algo?
preguntó ella sin levantar la vista.
—No.
—Entonces ¿por qué sigues aquí?
Santiago sonrió.
—Qué cálida eres.
—Intento mantener mi reputación.
—¿Cuál?
—La de fisioterapeuta intimidante.
—Vas perdiendo.
Ella soltó una pequeña risa.
Y Santiago descubrió algo.
Le gustaba hacerla reír.
Demasiado.
Mucho más de lo que debería.
Beatriz guardó una carpeta.
—¿Algo más?
—Tengo hambre.
—Fascinante información.
—Gracias.
—¿Y?
—Y pensé que quizá tú también.
Ella levantó la vista.
Por primera vez comprendiendo hacia dónde iba aquello.
—¿Me estás invitando a tomar café?
—¿Eso cuenta como una invitación?
—Cuenta como un intento bastante torpe.
—Entonces sí.
Beatriz cruzó los brazos.
Pensativa.
Santiago intentó parecer tranquilo.
No lo estaba.
Lo cual resultaba ridículo.
Había hablado frente a miles de personas.
Había jugado finales.
Había dado entrevistas internacionales.
Y sin embargo...
esperar la respuesta de una mujer le parecía mucho más difícil.
—Es solo un café.
dijo ella.
—Exactamente.
—No una cita.
—Claro que no.
Demasiado rápido.
Beatriz arqueó una ceja.
—Relájate, Ruiz.
—Estoy relajado.
—Pareces alguien intentando convencer a un policía de que no iba rápido.
Santiago soltó una carcajada.
Y ella también.
Finalmente cerró la carpeta.
—Está bien.
Y por alguna razón absurda...
aquellas dos palabras le produjeron una satisfacción enorme.
Como si hubiera ganado algo.
Como si hubiera conseguido algo importante.
Lo cual era ridículo.
Era un café.
Solo un café.
¿Verdad?
Media hora después estaban sentados junto a una ventana en una cafetería pequeña a pocas calles del hospital.
No era elegante.
No era exclusiva.
Y precisamente por eso resultaba agradable.
No había periodistas.
No había cámaras.
No había aficionados.
Nadie parecía reconocerlo.
Y Santiago descubrió que aquello le gustaba.
Mucho.
Por unos momentos podía olvidarse de quién era.
O de quién se suponía que debía ser.
—¿Siempre eres tan competitivo?
preguntó Beatriz mientras removía su café.
—No.
Ella lo miró.
En silencio.
—Está bien.
Siempre.
—Eso parece más creíble.
Santiago sonrió.
—¿Y tú siempre eres tan difícil?
—No.
Fue el turno de él de mirarla.
Ella sonrió.
—Solo contigo.
Y ahí estaba otra vez.
Esa sensación.
La misma que aparecía cada vez que estaban juntos.
Ligera.
Cálida.
Peligrosamente agradable.
Hablaron durante casi una hora.
Y para sorpresa de Santiago...
casi nada tuvo que ver con fútbol.
Hablaron de libros.
De viajes.
De películas absurdamente malas.
De comidas favoritas.
De la infancia.
De sueños.
De lugares que querían conocer.
Y mientras escuchaba a Beatriz hablar sobre un viaje que deseaba hacer algún día...
Santiago tuvo una realización extraña.
No estaba intentando impresionarla.
Ni una sola vez.
No estaba exagerando historias.
No estaba buscando admiración.
No estaba interpretando ningún papel.
Simplemente estaba siendo él.
Y no recordaba la última vez que algo así había ocurrido.
—¿Qué?
preguntó Beatriz de repente.
—¿Qué qué?
—Me estás mirando raro.
Maldita sea.
Lo había atrapado.
—No te estoy mirando raro.
—Claro.
—Lo prometo.
—Mentiroso.
Santiago negó con la cabeza.
Y por primera vez decidió decir la verdad.
Solo un poco.
—Estaba pensando.
—Mala idea.
—Definitivamente.
Ella sonrió.
—¿Y en qué pensabas?
Santiago bajó la mirada hacia la taza.
Durante unos segundos.
—En que hace mucho tiempo que no tenía una conversación así.
La sonrisa de Beatriz se suavizó.
Y algo cambió.
Algo pequeño.
Pero real.
—¿Así cómo?
preguntó.
Santiago pensó la respuesta.
Y cuando la encontró...
la sorprendió incluso a él.
—Donde nadie espera nada de mí.
El silencio que siguió fue breve.
Pero importante.
Porque por primera vez Beatriz vio una parte de él que casi nadie conocía.
Y por primera vez Santiago permitió que alguien la viera.
Ella sostuvo su mirada.
Y habló con suavidad.
—Debe ser agotador.
Nadie.
Absolutamente nadie.
Había entendido eso antes.
No realmente.
Y por un segundo...
solo un segundo...
Santiago sintió algo peligroso.
La sensación de ser comprendido.
De verdad.
No admirado.
No celebrado.
Comprendido.
Y aquello resultó infinitamente más valioso.
Cuando salieron de la cafetería, el sol comenzaba a ponerse.
Las calles estaban teñidas de tonos dorados.
Caminaron unos metros juntos.
Sin prisa.
Sin necesidad de llenar cada silencio.
Y cuando finalmente llegaron al estacionamiento, ambos se detuvieron.
Como si ninguno tuviera demasiadas ganas de despedirse.
—Gracias por el café.
dijo Beatriz.
—Gracias por aceptar.
Ella sonrió.
—No fue tan terrible como esperaba.
—Qué romántica eres.