—Eso fue horrible.
—Y aun así lo hiciste mejor que la semana pasada.
—Qué manera tan elegante de decir que sigo siendo terrible.
Beatriz soltó una pequeña risa mientras anotaba algo en la tablet.
—No eres terrible.
—Gracias.
—Solo exageradamente dramático.
—Difamación.
—Tengo meses de evidencia.
Santiago llevó una mano al pecho.
—Me duele que hables así de mí.
—La rodilla está más abajo.
—Qué falta de sensibilidad.
—Lo superarás.
—No estoy seguro.
Ella negó con la cabeza intentando ocultar una sonrisa.
Y Santiago sintió esa satisfacción absurda que le producía hacerla reír.
Aquello ya comenzaba a preocuparlo.
Porque ocurría demasiado.
Y le importaba demasiado.
Estaban terminando la sesión cuando la puerta de la sala se abrió.
—¿Interrumpo?
Santiago reconoció aquella voz inmediatamente.
—Mamá.
Beatriz levantó la vista.
Una mujer de cabello oscuro salpicado de canas elegantes acababa de entrar con una carpeta bajo el brazo.
Y una sonrisa que Santiago conocía demasiado bien.
La sonrisa de alguien que acababa de descubrir algo interesante.
Demasiado interesante.
—Vine por los resultados de tus exámenes.
dijo ella.
Entonces observó a Beatriz.
Y después a Santiago.
Y luego otra vez a Beatriz.
Maldita sea.
Santiago conocía perfectamente esa mirada.
—Mamá.
—¿Qué?
—No hagas eso.
—¿Hacer qué?
Beatriz observó la escena divertida.
—Creo que estoy perdiendo algo.
—Nada importante.
dijo Santiago demasiado rápido.
—Eso nunca es buena señal.
respondió Beatriz.
La madre de Santiago sonrió.
—Me agradas.
—Mamá.
—¿Qué?
—Por favor.
—Estoy siendo amable.
—Estás siendo tú.
—Exacto.
Lo peor era que Beatriz se estaba divirtiendo.
Muchísimo.
—Entonces tú debes ser Beatriz.
Ella asintió.
—Y usted debe ser la famosa señora Ruiz.
—¿Famosa?
—Santiago habla mucho de usted.
Santiago cerró los ojos.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
—Eso es mentira.
—No lo es.
respondió Beatriz.
—Gracias por traicionarme.
—De nada.
Las dos mujeres se echaron a reír.
Y Santiago tuvo la incómoda sensación de que acababan de formar una alianza.
Una muy peligrosa.
Mientras Beatriz terminaba de guardar unos documentos, la madre observó a su hijo.
Y algo dentro de ella se suavizó.
Porque hacía meses que no lo veía así.
Relajado.
Presente.
Feliz.
No la felicidad de una victoria.
No la euforia de un gol.
Algo más tranquilo.
Más profundo.
Más real.
Algo que había desaparecido mucho antes de la lesión.
Y que ahora parecía estar regresando.
Cuando Beatriz salió unos minutos para buscar unos informes, la madre aprovechó inmediatamente.
Por supuesto que lo hizo.
—¿Qué?
preguntó Santiago.
—Nada.
—Te conozco.
—También yo.
Mala señal.
Muy mala señal.
La madre apoyó la carpeta sobre la mesa.
—Hace tiempo que no te veía sonreír así.
Santiago frunció el ceño.
—¿Así cómo?
Ella sonrió.
—Como un hombre feliz.
La frase lo tomó desprevenido.
Porque no tenía una respuesta inmediata.
Y su madre lo notó.
Claro que lo notó.
Siempre lo notaba.
—No empieces.
—Ni siquiera he empezado.
—Exactamente por eso.
La mujer soltó una risa.
—Santiago...
—Mamá...
—No sé qué está pasando entre ustedes.
—Nada.
—Interesante.
—¿Qué?
—Que te hayas puesto nervioso antes de que terminara la frase.
Maldita mujer.
Maldita experiencia maternal.
La madre negó suavemente con la cabeza.
Y entonces habló con una ternura que lo desarmó.
—No sé qué es.
Pequeña pausa.
—Pero hace mucho tiempo que no te veía mirar a alguien de esa manera.
El corazón de Santiago dio un golpe extraño.
—¿Mirar?
—Sí.
—¿La miro diferente?
—Muchísimo.
Silencio.
Porque la respuesta fue demasiado rápida.
Demasiado segura.
Demasiado sincera.
Y por primera vez la posibilidad de que fuera evidente lo inquietó.
Mucho.
—Estás imaginando cosas.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
La puerta volvió a abrirse.
Y Beatriz regresó con unos documentos.
Salvado.
O eso creyó.
—Aquí están los informes.
—Perfecto.
dijo la madre.
Pero seguía sonriendo.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
Conversaron unos minutos más.
Sobre la recuperación.
Sobre el trabajo.
Sobre cualquier cosa excepto aquello que los tres parecían evitar nombrar.
Hasta que finalmente llegó el momento de despedirse.
Beatriz le tendió la mano.
—Fue un gusto conocerla.
La madre tomó su mano.
Y durante un segundo sostuvo su mirada.
Con una expresión tan cálida que sorprendió a la propia Beatriz.
—Gracias por cuidar de mi hijo.
Beatriz sonrió.
—Es mi trabajo.
La madre negó suavemente con la cabeza.
Y respondió:
—No me refería a la rodilla.
Silencio.
Un silencio absoluto.
Santiago casi se atragantó.
Beatriz parpadeó.
Una vez.
Dos.
Sin saber muy bien qué responder.
Y la madre simplemente sonrió.
Como si acabara de dejar una bomba emocional en medio de la habitación.
Lo cual, honestamente, había hecho.
—Que tengan una buena tarde.
Y se marchó.
Sin añadir nada más.
Porque las madres expertas nunca necesitan añadir nada más.
La puerta se cerró.
Y el silencio se volvió insoportablemente evidente.
Santiago miró a Beatriz.