La sesión había terminado mejor de lo esperado.
Lo cual, según Santiago, significaba que seguramente algo terrible estaba por ocurrir.
—No entiendo cómo puedes ser tan pesimista.
dijo Beatriz mientras guardaba unos documentos.
—No es pesimismo.
—¿No?
—Es experiencia.
—Claro.
—La vida me ha enseñado que cuando algo sale demasiado bien hay que sospechar.
—Eso es literalmente pesimismo.
—Prefiero llamarlo preparación emocional.
Beatriz negó con la cabeza.
—Definitivamente eres imposible.
—Y aun así aquí sigues.
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
Por un segundo ambos se quedaron en silencio.
Porque aquella frase había sonado diferente.
Más personal.
Más cercana.
Más peligrosa.
Beatriz desvió la mirada primero.
—Porque todavía no me han autorizado a abandonarte.
—Ah, entonces es obligación.
—Absolutamente.
—Qué decepción.
Ella soltó una risa.
Y Santiago sintió esa absurda satisfacción que últimamente aparecía cada vez que lograba hacerla sonreír.
Tomó su mochila para marcharse.
Pero algo cayó al suelo.
Un cuaderno viejo.
Golpeó la cerámica con un sonido seco.
—¿Qué es eso?
preguntó Beatriz.
Santiago se agachó demasiado rápido.
—Nada.
—Interesante.
—Nada importante.
—Más interesante todavía.
Intentó guardarlo.
Demasiado tarde.
Ella ya había visto la portada.
Y sobre todo...
el año escrito en una esquina.
—¿Es un diario?
—No.
—¿Una libreta de secretos?
—No.
—¿Cartas de amor?
—Definitivamente no.
—Entonces ahora necesito verlo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Bea.
—Santi.
Silencio.
Los dos parpadearon.
Porque acababan de usar aquellos nombres de manera completamente natural.
Como si llevaran años haciéndolo.
Y por alguna razón eso hizo que ambos sonrieran.
—Dámelo.
dijo ella.
—Ni loco.
—¿Por qué?
—Porque es vergonzoso.
—Ahora lo necesito más.
—Eres terrible.
—Lo sé.
Finalmente Santiago soltó un suspiro.
Uno largo.
Derrotado.
—Está bien.
Le entregó el cuaderno.
—Pero si te ríes demasiado voy a demandarte.
—No prometo nada.
Beatriz abrió la primera página.
Y comenzó a leer.
Entonces soltó una carcajada.
—¡Santiago!
—¿Qué?
—¿En serio?
—¿Qué dice?
Ella levantó la vista.
—"Lista de cosas que quiero hacer antes de los treinta."
Santiago cerró los ojos.
Maravilloso.
Simplemente maravilloso.
—Tenía dieciocho años.
—Eso no ayuda.
Volvió a mirar la lista.
Y poco a poco su expresión divertida comenzó a transformarse.
Porque detrás de algunas ocurrencias absurdas...
había algo más.
Algo inesperadamente humano.
—"Jugar un Mundial."
Santiago asintió.
—Ese sí lo cumplí.
—"Comprar una casa para mamá."
—También.
—"Conocer Islandia."
—Todavía no.
—¿Por qué Islandia?
Santiago se encogió de hombros.
—Porque quería ver una aurora boreal.
Beatriz sonrió.
—Eso es bonito.
—Gracias por no burlarte.
—Todavía estamos empezando.
Continuó leyendo.
—"Aprender a tocar guitarra."
—Fracasé.
—"Viajar sin guardaespaldas."
—También fracasé.
—"Perderme una semana sin que nadie me reconozca."
Santiago soltó una risa.
—Ese sigue siendo mi sueño favorito.
—Qué curioso.
—¿Qué?
Ella levantó la vista.
—La mayoría de la gente sueña con ser conocida.
Pequeña pausa.
—Tú sueñas con desaparecer.
Aquello lo dejó pensativo.
Porque nunca lo había visto de esa manera.
Y, sin embargo...
tenía razón.
Muchísima razón.
Por unos segundos permaneció en silencio.
Luego respondió:
—Supongo que cuando llevas demasiado tiempo siendo observado...
empiezas a extrañar el anonimato.
La sonrisa de Beatriz se suavizó.
Y durante un instante sintió una extraña tristeza por él.
Porque detrás del éxito siempre había visto privilegios.
Nunca había pensado demasiado en las pérdidas.
Hasta ahora.
Pasó otra página.
Y encontró algo más.
—¿Qué es esto?
Santiago se inclinó.
Y palideció.
—Oh no.
—¿Qué?
—No leas eso.
—Demasiado tarde.
La sonrisa de Beatriz se hizo enorme.
—"Casarme antes de los treinta."
Santiago intentó arrancarle la libreta.
—Devuélvemela.
—Jamás.
—Eso fue escrito por un adolescente ingenuo.
—¿Y qué pasó?
—La vida.
Ella soltó una carcajada.
—No puedo creer que fueras tan romántico.
—No lo era.
—La evidencia dice otra cosa.
—La evidencia miente.
—Claro.
Siguió leyendo.
Y entonces encontró algo inesperado.
Al final de la lista.
Un sueño tachado.
Pero no cumplido.
Simplemente tachado.
—¿Por qué eliminaste este?
preguntó.
Santiago observó la página.
Durante varios segundos.
Más tiempo del necesario.
"Encontrar a alguien con quien pueda ser yo mismo."
El silencio cambió.
Se volvió más profundo.
Más vulnerable.
Más real.
—Porque me pareció una tontería.
dijo finalmente.
La voz había perdido toda la ligereza.
Beatriz levantó la vista.
Y por primera vez vio una sombra de tristeza en él.
Una auténtica.
No relacionada con el fútbol.
—¿Por qué?
Santiago sonrió.
Pero era una sonrisa cansada.
—Porque con el tiempo empiezas a pensar que algunas cosas simplemente no son para ti.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Ninguno dijo nada durante unos segundos.