Golpe bajo

Capítulo 37

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No pienso hacerlo.

Beatriz apoyó ambas manos sobre la cintura.

—Santiago.

—Beatriz.

—Es un ejercicio.

—Es una tortura.

—Es literalmente un ejercicio.

—Es violencia física disfrazada de medicina.

Ella cerró los ojos.

Contó mentalmente hasta tres.

Y decidió no responder.

Porque llevaban exactamente cuatro minutos discutiendo.

Cuatro.

Minutos.

Por un ejercicio que duraba treinta segundos.

Treinta.

Segundos.

—¿Terminaste?

preguntó ella.

—Todavía no.

—Perfecto.

Avísame cuando sí.

Santiago sonrió.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que disfrutas esto.

—Muchísimo.

—Monstruo.

—Paciente insoportable.

—Difamación.

—Tengo registros clínicos.

Santiago se llevó una mano al pecho.

—Eso jamás se sostendría ante un juez.

—Por suerte soy fisioterapeuta.

No necesito jueces.

La sonrisa de Santiago se amplió.

Y por un momento ninguno habló.

Porque aquellas discusiones absurdas se habían convertido en algo habitual.

Algo esperado.

Algo que ambos disfrutaban mucho más de lo que admitirían.

—Está bien.

dijo finalmente Beatriz.

—¿Qué?

—Hagamos una apuesta.

Los ojos de Santiago se iluminaron.

Nunca era buena señal.

—Te escucho.

—Si completas toda la sesión sin quejarte una sola vez...

te invito un café.

Silencio.

Luego una carcajada.

Larga.

Escandalosa.

—¿Qué?

preguntó ella.

—¿De verdad crees que eso me motiva?

—Sí.

—Qué atrevida.

—¿Aceptas o no?

Santiago cruzó los brazos.

Pensativo.

—¿Y si gano yo?

—No vas a ganar.

—Eso no responde la pregunta.

Beatriz suspiró.

—Está bien.

Si ganas tú...

yo pago dos cafés.

—Interesante.

—Y un postre.

—Ahora estamos negociando.

—Y nada más.

—Quiero una galleta también.

—No abuses.

—Entonces trato hecho.

Se estrecharon la mano.

Y Santiago sonrió como un hombre que acababa de firmar un contrato millonario.

Lo cual preocupó bastante a Beatriz.

Porque significaba que seguramente estaba planeando algo.

Y efectivamente lo estaba.

Durante los siguientes veinte minutos se comportó de manera sospechosamente ejemplar.

Demasiado ejemplar.

—Muy bien.

dijo Beatriz.

—Gracias.

—Excelente control.

—Lo sé.

—Buena postura.

—Lo sé.

—Buen equilibrio.

—Lo sé.

Ella entrecerró los ojos.

—Empiezas a caerme mal.

—Los campeones inspiran envidia.

—O agotamiento.

La sesión continuó.

Y por primera vez en la historia moderna...

Santiago Ruiz no se quejó.

Ni una vez.

Ni una.

Era inquietante.

Muy inquietante.

Hasta que llegaron al último ejercicio.

El más difícil.

El que más odiaba.

Y entonces ocurrió.

Un pequeño espasmo.

Un desequilibrio.

Un gesto de dolor.

Y sin pensar dijo:

—¡Ay!

Silencio.

Absoluto.

Los dos se congelaron.

Santiago abrió los ojos.

Beatriz sonrió.

Lentamente.

Peligrosamente.

—¿Qué fue eso?

—Nada.

—Escuché algo.

—Fue el viento.

—Estamos dentro de un edificio.

—Entonces fue una corriente emocional.

La carcajada de Beatriz resonó por toda la sala.

—Perdiste.

—Objeción.

—Denegada.

—Apelación.

—Rechazada.

—Exijo revisión del VAR.

—También rechazada.

Santiago dejó caer la cabeza hacia atrás.

Derrotado.

—Corrupción.

—Acepta tu destino.

—Nunca.

—El café corre por tu cuenta.

—Injusticia histórica.

—Lo sobrevivirás.

—Lo dudo.

Ella seguía riéndose.

Y entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.

Algo pequeño.

Pero importante.

Porque mientras la observaba reír...

Santiago se quedó callado.

Simplemente observándola.

Y por un instante olvidó responder.

Olvidó bromear.

Olvidó fingir.

Porque había algo hermoso en verla feliz.

Algo peligrosamente hermoso.

—¿Qué?

preguntó ella.

La misma pregunta de siempre.

La misma que aparecía cada vez que lo atrapaba mirándola.

Santiago sonrió.

—Nada.

—Mentiroso.

—Probablemente.

Ella negó con la cabeza.

Pero la sonrisa no desapareció.

Y por alguna razón...

tampoco desapareció la de él.

Dos horas después estaban sentados en una cafetería.

Otra vez.

Discutiendo sobre quién había hecho trampa.

Otra vez.

Y mientras los observaba desde la barra, una camarera sonrió.

Porque parecían exactamente lo que ambos insistían en negar.

Dos personas que disfrutaban demasiado estar juntas.

Y quizá todavía no lo sabían.

Pero cada vez resultaba más difícil ocultarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.