Golpe bajo

Capítulo 41

Los domingos siempre habían sido extraños para Santiago.

Cuando jugaba, eran ruido.

Estadios.

Prensa.

Gritos.

Adrenalina.

Y cuando no había partido...

eran peores.

Porque no sabía muy bien qué hacer consigo mismo.

Demasiado silencio.

Demasiado tiempo.

Demasiados pensamientos.

Aquella mañana despertó tarde.

Por primera vez en semanas no tenía terapia.

No tenía entrenamiento.

No tenía entrevistas.

Y descubrió algo incómodo.

Estaba aburrido.

Terriblemente aburrido.

Intentó ver televisión.

Duró doce minutos.

Intentó revisar redes sociales.

Duró cinco.

Intentó dormir otra vez.

Fracaso absoluto.

Finalmente terminó sentado en el sofá con una taza de café en la mano y expresión de hombre abandonado por la humanidad.

Perfecto.

Maravilloso domingo.

El teléfono vibró.

Mateo.

"Mis hijos quieren saber si sigues vivo."

Santiago sonrió.

"Lamentablemente sí."

La respuesta llegó inmediatamente.

"Consíguete hobbies."

"Estoy lesionado."

"No muerto."

Maldito hombre.

Santiago soltó una pequeña risa.

Y después volvió el silencio.

Largo.

Pesado.

Aburrido.

Miró el teléfono otra vez.

Pensó.

No.

Definitivamente no.

Ridículo.

Volvió a dejar el teléfono sobre la mesa.

Treinta segundos después lo tomó otra vez.

Patético.

Abrió el contacto de Beatriz.

Lo observó unos segundos.

¿Qué se suponía que iba a escribir?

"Hola, me aburrí y aparentemente ahora eres mi entretenimiento emocional favorito."

Excelente idea.

Nada desesperado.

Cerró los ojos.

Definitivamente estaba perdiendo la cabeza.

Pero antes de arrepentirse escribió:

"Pregunta médica importante."

Envió el mensaje.

Y automáticamente quiso lanzarse por la ventana.

Porque ahora parecía una excusa.

Que técnicamente lo era.

Dios.

La respuesta llegó dos minutos después.

"Eso suena peligroso."

Santiago sonrió.

Demasiado rápido.

"¿Es normal aburrirse tanto durante la recuperación o debería preocuparme?"

Pasaron unos segundos.

"Diagnóstico preliminar: eres dramático."

Santiago soltó una carcajada.

"Necesito segunda opinión."

"Todas dirán lo mismo."

"Esto es claramente un abuso de autoridad médica."

"Lo incluiré en tu expediente."

Y entonces ocurrió.

Algo completamente simple.

Comenzaron a hablar.

Sin darse cuenta.

Un mensaje.

Otro.

Otro más.

Nada importante.

Y al mismo tiempo...

todo importante.

Hablaron de películas malas.

De comida.

De música.

De un documental absurdo que Beatriz había visto la noche anterior.

De cómo Santiago era incapaz de cocinar algo que no pareciera un crimen.

De cómo Bea odiaba las pasas.

De cualquier cosa.

Y de nada.

Hasta que Santiago miró la hora.

Cuarenta y siete minutos.

Parpadeó.

Volvió a mirar.

Cuarenta y ocho.

¿Cómo demonios llevaban casi una hora hablando?

El teléfono vibró otra vez.

"¿Sigues ahí o finalmente te aburriste?"

Santiago sonrió solo.

Solo.

En medio de la sala.

Como un idiota completo.

"Sigo aquí."

Pequeña pausa.

"¿Tú?"

La respuesta tardó un poco más.

"También."

Y por alguna razón...

aquella palabra se sintió diferente.

También.

Como si significara algo más.

Como si ella también estuviera disfrutando aquello demasiado.

Santiago apoyó la cabeza contra el sofá.

Y durante unos segundos simplemente observó la conversación.

La cantidad absurda de mensajes.

Las bromas.

La facilidad.

La comodidad.

¿Cuándo se había vuelto tan fácil hablar con ella?

¿Cuándo había empezado a buscarla incluso cuando no tenía motivos?

La idea le produjo una sensación extraña.

No desagradable.

Solo... intensa.

Porque aquello ya no parecía casual.

Y quizá nunca lo había sido.

El teléfono volvió a vibrar.

"Por cierto."

"¿Qué?"

"Tu terapia es mañana a las ocho."

"Qué romántica eres."

"Intento mantener límites profesionales."

Santiago soltó una risa suave.

"Demasiado tarde."

Silencio.

Un silencio distinto.

Peligroso.

Pasaron varios segundos antes de que apareciera la respuesta.

"Santiago..."

Y ahí estaba otra vez.

Ese tono invisible que podía sentir incluso a través de una pantalla.

La advertencia.

El miedo.

La barrera.

Pero esta vez él no retrocedió.

Porque por primera vez empezaba a cansarse de fingir que aquello no significaba nada.

"Solo digo que probablemente ya somos amigos."

La respuesta tardó más esta vez.

Mucho más.

Y durante esos segundos algo dentro de Santiago se tensó absurdamente.

Hasta que finalmente apareció un nuevo mensaje.

"Eso todavía está en evaluación."

La sonrisa que apareció en su rostro fue inmediata.

Amplia.

Honesta.

Incontrolable.

Y mientras dejaba el teléfono sobre la mesa, Santiago comprendió algo que resultaba tan simple como aterrador.

Aquella ya no era solamente la parte favorita de su rehabilitación.

Empezaba a convertirse en la parte favorita de sus días.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.