Golpe bajo

Capítulo 38

El hospital olía a café frío y cansancio.

Siempre.

Era un olor que Beatriz había dejado de notar hacía años.

Hasta que veía a alguien ajeno hacer una mueca al entrar.

Como Santiago aquella mañana.

—Definitivamente este lugar tiene depresión ambiental.

murmuró él mientras caminaban por el pasillo.

Beatriz soltó una pequeña risa.

—Qué comentario tan profesional.

—Gracias.

Creo que debería incluirlo en una conferencia médica.

—Por favor no lo hagas.

—Arruinas todos mis sueños.

Ella negó con la cabeza sonriendo.

Y durante un segundo olvidó que aquello empezaba a sentirse demasiado natural.

Demasiado fácil.

Demasiado peligroso.

Iban hacia una de las salas cuando escucharon una voz pequeña detrás de ellos.

—¿Santiago Ruiz?

Ambos se detuvieron.

Un niño de unos diez años los observaba desde una silla de ruedas.

Demasiado delgado.

Demasiado pálido.

Llevaba una gorra azul escondiendo la falta de cabello.

Y aun así sus ojos brillaban.

Porque estaba mirando a su héroe.

Santiago parpadeó sorprendido.

—Hola.

El niño abrió los ojos enormemente.

—¡Mamá, sí es él!

Una mujer agotada apareció unos pasos detrás.

—Mateo, no molestes—

Entonces vio a Santiago.

Y palideció.

—Lo siento muchísimo.

De verdad, él ama el fútbol y—

—No molesta.

respondió Santiago inmediatamente.

Y algo en su voz hizo que Beatriz levantara la mirada.

Porque sonó distinto.

Más suave.

Más real.

Santiago se agachó frente al niño.

Sin importar la rodilla.

Sin importar el dolor.

Como si nada más existiera.

—¿Cómo te llamas?

—Mateo.

—Buen nombre.

—Mi mamá dice que me puso así por un jugador.

—Eso explica muchas cosas.

El niño soltó una risa pequeña.

Y durante los siguientes minutos Santiago habló con él como si fueran dos amigos hablando de fútbol.

No como estrella.

No como celebridad.

Como persona.

Preguntó por su equipo favorito.

Por sus jugadores favoritos.

Por qué posición jugaba.

Y el niño respondió todo con una emoción tan genuina que Beatriz sintió algo apretarse dentro del pecho.

Porque hacía semanas que veía a Santiago luchar consigo mismo.

Con el ego.

Con el miedo.

Con la fama.

Y allí…

frente a aquel niño…

no quedaba nada de eso.

Solo bondad.

Solo humanidad.

Solo una versión de él que casi nadie tenía oportunidad de conocer.

—¿Y tú juegas?

preguntó Santiago.

Mateo bajó un poco la mirada.

—Jugaba.

El silencio cambió inmediatamente.

Pequeño.

Pero doloroso.

La madre del niño apartó la vista.

Y Beatriz entendió enseguida.

Quimioterapia.

Tratamiento largo.

Cuerpo agotado.

Infancia interrumpida.

Santiago también lo entendió.

Porque su expresión cambió.

Y durante un segundo pareció quedarse sin palabras.

Luego sonrió.

Pero esta vez la sonrisa fue distinta.

Más cuidadosa.

Más cálida.

—Entonces tendrás que volver cuando todo esto termine.

Mateo sonrió apenas.

—¿Y si ya no soy bueno?

Santiago se quedó quieto.

Completamente quieto.

Porque aquella pregunta golpeó algo muy profundo dentro de él.

Algo peligrosamente cercano.

Y por primera vez en mucho tiempo…

respondió sin pensar en quedar bien.

Respondió de verdad.

—A veces uno cree que lo más importante es ser el mejor.

El niño lo observó atentamente.

Y también Beatriz.

—Pero después descubres que lo importante es no dejar de hacer lo que amas.

Silencio.

Uno suave.

Humano.

Y por un segundo Beatriz vio algo en Santiago que jamás había visto antes.

Paz.

Como si aquella frase no fuera solo para el niño.

Como si también estuviera hablándose a sí mismo.

Mateo sonrió.

Y Santiago revolvió suavemente su gorra.

—Además…

Pequeña pausa.

—Estoy bastante seguro de que seguirías ganándome.

El niño soltó una carcajada.

La madre se llevó una mano a la boca intentando contener las lágrimas.

Y Beatriz sintió algo peligrosamente parecido al amor moviéndose dentro de ella.

Porque nadie estaba mirando a Santiago en ese momento.

No había cámaras.

No había periodistas.

No había seguidores.

No había nada que ganar.

Y aun así…

él estaba allí.

Completamente presente.

Completamente humano.

Después de despedirse, continuaron caminando hacia la sala.

Pero algo había cambiado.

Beatriz lo sentía.

Y por la forma en que Santiago permanecía callado…

él también.

—¿Qué?

preguntó finalmente él al notar que ella lo observaba.

Beatriz desvió la mirada.

—Nada.

—Mentira.

Ella sonrió apenas.

—Nunca te había visto sonreír así durante una sesión.

Santiago frunció ligeramente el ceño.

—¿Así cómo?

Beatriz pensó la respuesta unos segundos.

Y cuando habló…

su voz salió más suave de lo normal.

—Como alguien que olvidó que el mundo estaba mirando.

Aquello lo dejó en silencio.

Porque tenía razón.

Completamente.

Por unos minutos había olvidado:
la lesión,
la presión,
las expectativas,
el miedo.

Y lo más extraño…

había sido feliz.

De verdad feliz.

Sin aplausos.

Sin estadios.

Sin goles.

Solo hablando con un niño en un pasillo de hospital.

Cuando llegaron a la sala, Santiago la miró.

Y por primera vez en mucho tiempo sintió miedo de algo distinto.

No miedo a no volver a jugar.

Miedo a que Beatriz empezara a ver demasiado de él.

Porque cuanto más lo veía…

más difícil se volvía esconderse detrás del personaje.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.