Golpe bajo

Capítulo 34

La lluvia comenzó poco antes de las siete.

Y media hora después parecía el fin del mundo.

El agua golpeaba las ventanas del hospital con tanta fuerza que incluso Santiago dejó de intentar ignorarla.

—Definitivamente alguien hizo enojar al universo.

murmuró observando el exterior.

Beatriz levantó la vista desde la tablet.

—En Cuenca eso se llama martes.

Santiago soltó una pequeña risa.

—Me niego a creer que esto sea normal.

Un trueno estremeció el edificio.

Y casi inmediatamente las luces parpadearon.

—Perfecto.

dijo él.

—Moriremos aquí.

—Qué dramático eres.

—Quiero dejar registro oficial de que intenté sobrevivir.

—Lo incluiré en tu expediente médico.

Otra vez esa sonrisa.

Esa maldita sonrisa que últimamente aparecía demasiado fácil cuando estaba con ella.

Beatriz terminó de guardar algunos documentos y miró hacia la ventana.

La lluvia seguía empeorando.

Y las calles ya comenzaban a inundarse.

Suspiró.

—Creo que deberíamos esperar un poco antes de salir.

Santiago arqueó una ceja.

—¿Me estás reteniendo aquí?

—Lamentablemente sí.

—Excelente servicio.

Ella negó con la cabeza intentando ocultar la risa.

Minutos después terminaron en la cafetería casi vacía del hospital.

Dos cafés.

Una mesa junto a la ventana.

Y una tormenta que parecía no tener intención de terminar pronto.

Por primera vez en toda la tarde…

ninguno habló inmediatamente.

Y lo extraño era que el silencio no resultaba incómodo.

Solo tranquilo.

Como si ambos se hubieran acostumbrado demasiado a la presencia del otro.

Santiago observó la lluvia deslizarse por el vidrio.

—Siempre odié las tormentas.

Beatriz levantó la vista.

—¿En serio?

Él asintió.

—Cuando era niño me parecían impredecibles.

—Eso es exactamente lo que son.

—Por eso mismo.

Ella sonrió apenas.

—Controlador.

—Muchísimo.

Pequeña pausa.

—¿Y tú?

Beatriz miró también hacia la ventana.

—A mí me gustan.

—¿Por qué?

Tardó un poco en responder.

—Porque me recuerdan que hay cosas que uno no puede controlar.

Aquello lo hizo sonreír.

—Eso sonó sospechosamente profundo.

—Lo sé.

Qué vergüenza.

Rieron suavemente.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Algo casi imperceptible.

La conversación comenzó a cambiar.

Más lenta.

Más íntima.

Más honesta.

Como si la lluvia hubiera aislado al resto del mundo.

—¿Qué querías ser cuando eras niño?

preguntó Santiago.

Beatriz sonrió.

—Además de pianista profesional y dueña de una cafetería frente al mar?

—Exactamente.

Ella jugueteó con la taza unos segundos.

—Alguien tranquila.

Santiago frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué significa eso?

Beatriz soltó una pequeña risa.

—Crecí en una casa donde siempre había gritos.

El aire cambió.

Porque aquella frase no había sido casual.

Y ambos lo supieron.

—¿Tus padres?

preguntó él suavemente.

Ella asintió.

—Mi papá tenía muy mal carácter.

Pequeña pausa.

—Nunca nos golpeó.

Pero hacía que todos caminaran con miedo.

Santiago permaneció en silencio.

Porque por primera vez entendía ciertas cosas.

La necesidad de control.

La distancia emocional.

La calma constante.

Todo tenía sentido.

—Por eso odio los conflictos.

continuó ella.

Miró el café.

No a él.

—Y por eso me cuesta tanto involucrarme con las personas.

La confesión quedó suspendida entre ambos.

Demasiado íntima.

Demasiado real.

Santiago sintió algo extraño en el pecho.

Porque ella acababa de darle una parte de sí misma.

Una importante.

Y de pronto tuvo ganas de hacer lo mismo.

Aunque eso normalmente le aterraba.

Muchísimo.

—Creo que yo hice exactamente lo contrario.

Beatriz levantó la vista.

Él observaba la lluvia.

No parecía darse cuenta de que estaba hablando más de la cuenta.

—¿Cómo así?

Santiago sonrió apenas.

Pero era una sonrisa cansada.

—Creo que pasé toda mi vida intentando convertirme en alguien imposible de abandonar.

Silencio.

Completo.

Porque aquella frase llevaba demasiada verdad dentro.

Y ambos lo sintieron.

—Cuando empecé a jugar bien…

todo cambió.

Su voz salió tranquila.

Peligrosamente tranquila.

—La gente me veía diferente.

Pequeña pausa.

—Me admiraban.

Otra pausa.

—Me necesitaban.

Beatriz sintió algo romperse suavemente dentro de ella.

Porque de repente entendió todo.

Las mujeres.

La arrogancia.

La necesidad de atención.

La fama.

Las sonrisas fáciles.

No era ego únicamente.

Era miedo.

Miedo disfrazado de seguridad.

—Y funcionó.

dijo él con una pequeña risa amarga.

—Funcionó tan bien que un día dejé de saber si las personas estaban conmigo por mí…

o por lo que representaba.

Beatriz no apartó la mirada.

Porque nunca lo había visto tan vulnerable.

Tan sincero.

Tan humano.

—Debe ser agotador.

susurró.

Santiago soltó una pequeña risa.

—Mucho.

El silencio volvió.

Pero esta vez fue distinto.

Más cercano.

Más profundo.

La lluvia seguía cayendo violentamente afuera.

Pero dentro de aquella cafetería el mundo parecía haberse detenido.

Y entonces Beatriz hizo algo que no esperaba.

Algo pequeño.

Pero devastador.

Extendió lentamente la mano sobre la mesa.

Y rozó apenas sus dedos.

Solo un instante.

Solo un gesto mínimo.

Pero Santiago sintió el contacto como un golpe directo al pecho.

Porque no había lástima en él.




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