Después de la tormenta, todo cambió.
Y al mismo tiempo…
nada cambió.
Eso era lo peor.
Porque al día siguiente Beatriz volvió al hospital.
Volvió a usar su uniforme.
Volvió a llevar la tablet contra el pecho.
Volvió a actuar como si todo estuviera perfectamente bajo control.
Y Santiago volvió a ser el paciente.
Pero ahora ambos sabían algo que antes no.
Había una grieta.
Una peligrosa.
Una imposible de ignorar.
Y desde aquella noche…
cada silencio entre ellos parecía tener significado.
Cada mirada duraba demasiado.
Cada roce accidental se sentía como electricidad.
Y ninguno hablaba de ello.
Porque hablarlo lo volvería real.
Y lo real daba miedo.
Mucho miedo.
—Flexiona un poco más.
dijo Beatriz.
Santiago obedeció.
Pero la estaba mirando.
Otra vez.
Maldita costumbre.
Ella lo sintió inmediatamente.
Porque últimamente siempre lo sentía.
—¿Qué?
preguntó sin levantar la vista.
—Nada.
—Mentiroso.
Santiago sonrió apenas.
—¿Por qué siempre sabes cuándo te estoy mirando?
Ahora sí levantó la vista.
Y ahí estaba otra vez.
Ese momento.
Ese instante pequeño donde el aire parecía volverse más lento.
Más pesado.
Más íntimo.
—Porque lo haces demasiado.
respondió ella finalmente.
Y volvió a concentrarse en la tablet demasiado rápido.
Demasiado obvio.
Santiago bajó la mirada.
Pero sonrió.
Porque aquello no sonaba a molestia.
Sonaba a nervios.
Y descubrir que Beatriz Soriano también se ponía nerviosa por él resultaba peligrosamente adictivo.
La sesión continuó.
Normal.
Profesional.
Controlada.
Al menos en apariencia.
Porque por dentro ambos estaban agotados.
De fingir.
De ignorar.
De actuar como si aquella noche bajo la lluvia no hubiese dejado algo latiendo entre ellos.
Y lo peor era que cuanto más intentaban evitarlo…
más evidente se volvía.
—¿Vas a quedarte callado toda la sesión?
preguntó Beatriz después de varios minutos.
Santiago levantó una ceja.
—¿Eso fue una queja?
—Eso fue preocupación médica.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que esté madurando?
Ella soltó una pequeña risa.
Y él sintió inmediatamente ese calor absurdo dentro del pecho.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Una risa no debería tener ese efecto sobre una persona adulta.
Y sin embargo…
ahí estaba.
—No te emociones.
dijo ella.
—Probablemente solo estás cansado.
—Qué cruel eres conmigo.
—Y aun así sigues viniendo.
Silencio.
Pequeño.
Pero peligroso.
Porque aquella frase ya no parecía hablar solo de la terapia.
Y ambos lo supieron.
Santiago sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario.
—Sí.
dijo finalmente.
—Sigo viniendo.
El corazón de Beatriz tropezó torpemente dentro de su pecho.
Maldita sea.
Necesitaba que dejara de hacer eso.
De mirar así.
De responder así.
De hacer que todo pareciera tener dobles significados.
Porque ella llevaba semanas intentando mantener cierta distancia emocional.
Y él llevaba semanas destruyéndola sin siquiera darse cuenta.
O peor.
Dándose cuenta perfectamente.
Terminó la sesión intentando recuperar algo de normalidad.
—Necesitas hielo hoy.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una indicación médica.
—Sonó personal.
—Todo contigo termina sonando personal.
La frase escapó antes de que pudiera detenerla.
Silencio.
Santiago dejó de moverse.
Y Beatriz sintió inmediatamente el calor subirle por el cuello.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
—Bea…
Ese tono.
Otra vez ese tono.
Demasiado suave.
Demasiado cercano.
—No quise decir—
—Sí quisiste.
La interrumpió sin dureza.
Solo tranquilo.
Y eso fue peor.
Mucho peor.
Porque él ya no parecía dispuesto a seguir fingiendo.
Y ella no estaba preparada para eso.
No todavía.
Desvió la mirada rápidamente.
—Deberías irte antes de que vuelva a llover.
Cobarde.
La palabra volvió a aparecer en su cabeza.
Porque eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Huir.
Pero Santiago no se movió.
Y cuando volvió a hablar…
su voz salió más baja.
Más honesta.
—¿Te arrepientes de esa noche?
Boom.
La pregunta cayó entre ellos como un golpe directo al pecho.
Porque ambos sabían perfectamente de qué noche hablaba.
La tormenta.
La cafetería.
La conversación.
El roce de manos.
La mirada.
Todo.
Beatriz tragó saliva lentamente.
—No pasó nada.
Error.
Grave error.
Porque algo cambió inmediatamente en la expresión de Santiago.
Algo pequeño.
Pero doloroso.
—Claro.
respondió él.
Demasiado rápido.
Demasiado frío.
Y por primera vez en semanas Beatriz sintió miedo real.
Porque acababa de herirlo.
Lo vio en su mirada.
En la forma en que se apartó apenas unos centímetros.
Como si acabara de recordar una distancia que intentaba olvidar.
Maldita sea.
—No quise decir eso.
dijo rápidamente.
Santiago sonrió apenas.
Pero no fue una sonrisa real.
—Está bien.
No.
No estaba bien.
Y ambos lo sabían.
El silencio se volvió insoportable.
Denso.
Triste.
Porque los dos estaban intentando protegerse al mismo tiempo.
Y sin darse cuenta empezaban a lastimarse.
Beatriz cerró lentamente la tablet.
Respiró hondo.
Y finalmente decidió dejar de esconderse.
Solo un poco.
—Lo que pasó esa noche me asustó.
Santiago levantó la vista.