La sesión había terminado hacía casi veinte minutos.
Y aun así Santiago seguía allí.
Otra vez.
Beatriz comenzaba a sospechar que últimamente él encontraba excusas absurdas para quedarse más tiempo.
Y lo peor era que ella dejaba de señalarlo.
Porque en el fondo…
también quería esos minutos extra.
Aunque fuera peligrosísimo admitirlo.
—¿No tienes una vida?
preguntó mientras organizaba unas bandas elásticas.
—Qué agresiva manera de decir “me agrada tu compañía”.
Ella sonrió apenas.
—No respondas una pregunta con otra pregunta.
—Eso fue un no.
—Eso fue evasión profesional.
—Eso definitivamente fue un no.
Santiago soltó una risa suave.
Y por un momento el sonido llenó la sala de una manera demasiado cálida.
Demasiado familiar.
Demasiado íntima.
Maldita costumbre.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Santiago lo tomó sin mucho interés.
Hasta que vio el nombre.
Mamá.
Respondió automáticamente.
—Hola.
La voz de su madre llegó inmediatamente.
—Encontré algo tuyo.
Mala señal.
Muy mala señal.
—¿Qué cosa?
—Una caja.
Peor.
Mucho peor.
Santiago cerró los ojos.
—Mamá…
—Y adivina qué había dentro.
—No quiero.
—Fotografías.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Beatriz levantó apenas la vista desde la otra esquina de la sala.
Y sonrió.
Oh no.
No.
Definitivamente no.
—¿Qué fotografías?
preguntó ella inmediatamente.
Traición.
Santiago la señaló.
—No te metas en esto.
—Ahora me interesa muchísimo.
Su madre soltó una carcajada al otro lado de la llamada.
—¿Beatriz está ahí?
—Lamentablemente sí.
—Perfecto.
Entonces ella merece verlas.
—No merece nada.
—Ay, Santiago…
Ese tono maternal.
El tono de:
"Voy a arruinarte la vida y ambos lo sabemos."
—Te enviaré una.
—No te atrevas.
Muy tarde.
El teléfono vibró segundos después.
Santiago palideció.
Beatriz arqueó una ceja.
—¿Qué fue esa expresión?
—Nada.
—Muéstrame.
—Jamás.
—Santiago.
—Beatriz.
—Muéstramela.
—No.
Ella cruzó los brazos.
—Eso solo confirma que necesito verla.
Maldita mujer.
Maldita curiosidad.
Santiago soltó un suspiro resignado.
Y le mostró la pantalla.
Silencio.
Luego…
una carcajada.
Escandalosa.
Hermosa.
Imparable.
—¡Dios mío!
—No exageres.
—¡Estás desdentado!
—Tenía ocho años.
—¡Y ese corte de cabello!
—Mi madre cometía crímenes estéticos.
Beatriz seguía riéndose.
Y Santiago descubrió algo profundamente injusto.
Incluso burlándose de él se veía hermosa.
La fotografía mostraba a un pequeño Santiago sosteniendo un balón casi tan grande como él.
Rodillas raspadas.
Cabello despeinado.
Sonrisa enorme.
Una felicidad tan genuina que casi dolía mirarla.
Beatriz dejó de reír poco a poco.
Y algo en su expresión cambió.
Se suavizó.
Muchísimo.
—Eras feliz.
La frase salió tan bajito que casi se perdió en la sala.
Santiago la observó unos segundos.
Luego miró la foto otra vez.
Y algo extraño ocurrió.
Porque hacía años que no veía aquella imagen de verdad.
No como recuerdo.
Como reflejo.
—Sí.
respondió finalmente.
Y por primera vez la palabra sonó nostálgica.
No orgullosa.
No divertida.
Nostálgica.
Beatriz siguió observando la fotografía.
Con demasiada atención.
Como si estuviera buscando algo.
Y quizá lo estaba.
—¿Qué?
preguntó Santiago.
Ella levantó lentamente la mirada.
Y cuando habló…
su voz sonó diferente.
Más íntima.
Más honesta.
—Ahí estás.
El corazón de Santiago tropezó violentamente dentro de su pecho.
—¿Qué significa eso?
Beatriz sostuvo su mirada unos segundos.
Demasiados.
—El verdadero tú.
Boom.
El aire cambió completamente.
Porque nadie le había dicho algo así antes.
Nunca.
Y lo peor…
era que ella parecía decirlo completamente en serio.
Santiago bajó lentamente la mirada hacia la fotografía.
El niño de ocho años seguía sonriendo desde la pantalla.
Sin fama.
Sin presión.
Sin máscaras.
Sin miedo.
Solo feliz.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Santiago sintió una tristeza extraña.
Como si hubiera perdido a alguien importante en el camino.
A sí mismo.
—No sé si ese niño sigue ahí.
dijo finalmente.
La frase salió antes de poder detenerla.
Cruda.
Honesta.
Peligrosamente honesta.
Beatriz lo observó en silencio.
Porque podía escuchar algo detrás de aquellas palabras.
Cansancio.
Vacío.
Miedo.
Y algo peor.
Soledad.
—Sí sigue ahí.
respondió suavemente.
Santiago soltó una pequeña risa.
Pero no sonó divertida.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Ella bajó otra vez la mirada hacia la fotografía.
Y después volvió a mirarlo a él.
Lentamente.
Como si estuviera uniendo ambas imágenes.
El niño.
Y el hombre.
—Porque lo veo aparecer cuando olvidas que tienes que impresionar a alguien.
Silencio.
Completo.
Porque aquella frase llegó demasiado profundo.
Muchísimo demasiado profundo.
Y Santiago sintió algo apretarse dolorosamente dentro del pecho.
Porque ella tenía razón.
Otra vez.
Siempre tenía razón en las cosas importantes.
Beatriz se acercó un poco más para volver a mirar la imagen.
Y el perfume suave que llevaba le golpeó directamente la cabeza.
Mal momento para respirar.