Golpe bajo

Capítulo 29

—Necesito hacer una parada antes de ir al hospital.

Santiago levantó la vista desde el teléfono.

—¿Una parada?

Beatriz asintió mientras buscaba algo dentro de su bolso.

—Sí.

—¿Eso significa que la temida fisioterapeuta tiene vida fuera de torturar pacientes?

Ella ni siquiera levantó la vista.

—Sorprendente, ¿verdad?

—Muchísimo.

Beatriz soltó una pequeña risa.

Y Santiago volvió a sentir esa absurda satisfacción que últimamente aparecía cada vez que lograba escucharla reír.

Peligroso.

Muy peligroso.

—Tengo que recoger unas cosas en el mercado artesanal.

—¿Mercado artesanal?

Ahora sí levantó la vista.

—¿Nunca has ido?

Santiago pareció genuinamente ofendido.

—Claro que sí.

Silencio.

Beatriz esperó.

—Bueno… no.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Qué tragedia de ser humano eres.

—Perdón por crecer rodeado de estadios y malas decisiones.

—Eso explica demasiadas cosas.

Santiago sonrió.

Y antes de pensarlo demasiado preguntó:

—¿Puedo ir contigo?

Silencio.

Pequeño.

Pero suficiente para alterar algo dentro de ambos.

Porque aquella pregunta no tenía nada que ver con terapia.

Nada.

Era simplemente:

"Quiero pasar tiempo contigo."

Aunque ninguno se atreviera todavía a decirlo de esa manera.

Beatriz lo observó unos segundos.

Demasiados.

—¿No te van a perseguir diez periodistas y treinta fans?

Santiago soltó una pequeña risa.

—Qué fe tienes en mi fama.

—No respondas la pregunta.

Él se encogió de hombros.

—Probablemente use una gorra.

—Ah, claro.

Eso vuelve invisible a las celebridades.

—Exactamente.

Ella negó con la cabeza sonriendo.

Y Santiago sintió otra vez esa sensación cálida y peligrosa en el pecho.

—Está bien.

Boom.

Ridículo cómo dos palabras podían alegrarle el día de aquella manera.

Completamente ridículo.

Una hora después caminaban entre puestos llenos de tejidos, cerámicas, pinturas y artesanías coloridas.

Y Santiago estaba completamente fuera de lugar.

No por la ropa.

No por la apariencia.

Por la forma de observarlo todo.

Con demasiada atención.

Como alguien entrando por primera vez a un lugar que nunca se había permitido mirar de verdad.

—¿Por qué siento que estás experimentando cultura humana por primera vez?

preguntó Beatriz.

—Porque probablemente sí.

Ella soltó una risa suave.

Y luego empezó a caminar entre los puestos con una naturalidad tranquila que Santiago no pudo evitar observar.

La forma en que saludaba.

Cómo se detenía a conversar con los vendedores.

Cómo sonreía genuinamente.

Cómo parecía pertenecer completamente a aquel lugar.

Y por primera vez en mucho tiempo…

él no sintió necesidad de impresionar a nadie.

No había cámaras.

No había patrocinadores.

No había fotógrafos.

Solo gente viviendo.

Y lo más extraño…

nadie parecía reconocerlo.

Al principio esperó el momento.

La doble mirada.

El susurro.

El:

"Mira, es Santiago Ruiz."

Pero no ocurrió.

Una mujer le ofreció probar chocolate artesanal sin siquiera mirarlo dos veces.

Un niño pasó corriendo junto a él persiguiendo una pelota.

Una pareja discutía sobre qué manta comprar.

El mundo seguía existiendo sin prestarle atención.

Y aquello debería haberle molestado.

Años atrás lo habría hecho.

Muchísimo.

Pero ahora…

Ahora se sentía extrañamente bien.

Como respirar después de demasiado tiempo.

—¿Qué?

preguntó Beatriz al notar que se había quedado quieto.

Santiago observó alrededor lentamente.

La gente.

El ruido.

La vida normal.

Y luego la miró a ella.

—Nada.

Ella entrecerró los ojos.

—Mentiroso.

Santiago soltó una pequeña risa.

—Es raro.

—¿Qué cosa?

Él dudó unos segundos antes de responder.

Porque ni siquiera estaba seguro de entender completamente lo que sentía.

—Nadie me está mirando.

La frase salió tan honesta que Beatriz dejó de bromear inmediatamente.

Y entonces entendió.

De verdad entendió.

Porque probablemente aquella era una de las pocas veces en años donde Santiago podía simplemente existir.

Sin personaje.

Sin expectativa.

Sin presión.

Solo un hombre caminando por una ciudad cualquiera.

Con una mujer cualquiera.

En una tarde cualquiera.

Y quizá precisamente por eso parecía tan importante.

—¿Eso te incomoda?

preguntó suavemente.

Santiago observó otra vez alrededor.

Y lentamente negó con la cabeza.

—No.

Pequeña pausa.

—Creo que me gusta demasiado.

El corazón de Beatriz tropezó torpemente dentro de su pecho.

Porque la forma en que lo dijo sonó peligrosamente vulnerable.

Como alguien descubriendo algo que llevaba años necesitando.

Siguieron caminando.

Más lento ahora.

Sin prisa.

Santiago se detuvo frente a un pequeño puesto lleno de cuadernos artesanales.

—Te gustan esos.

dijo Beatriz.

No era una pregunta.

Él la miró sorprendido.

—¿Cómo sabes?

Ella se encogió de hombros.

—Porque siempre llevas uno en la mochila.

Silencio.

Otra vez esa sensación extraña.

La de ser observado de verdad.

La de ser notado.

Y Santiago descubrió algo peligrosísimo:

le gustaba demasiado que Beatriz prestara atención a esos pequeños detalles.

Compró uno.

Luego otro.

Y después terminaron discutiendo durante diez minutos sobre cuál café tenía mejor postre cerca del mercado.

—Ese lugar está sobrevalorado.

dijo Beatriz.

—Eso es una acusación grave.




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