—Esto es una pésima idea.
—Lo dices como si no hubieras aceptado venir.
—Acepté bajo condiciones climáticas extremas.
Beatriz soltó una pequeña risa mientras intentaban esquivar la lluvia bajo el mismo paraguas.
Otro diluvio.
Otra vez.
Y Santiago comenzaba a sospechar que el universo tenía una extraña obsesión con encerrarlos juntos.
Lo peor era que ya no estaba seguro de odiarlo.
Habían salido del mercado mucho más tarde de lo planeado.
Luego caminaron.
Después hablaron.
Después siguieron hablando.
Y cuando quisieron darse cuenta ya estaba oscureciendo y la lluvia había comenzado otra vez.
—Tu ciudad intenta matarme constantemente.
murmuró Santiago.
—Eso es dramatismo.
—Eso es supervivencia.
Beatriz negó con la cabeza sonriendo.
Y entonces lo vio.
El pequeño cine antiguo al otro lado de la calle.
Luces amarillas.
Cartel desgastado.
Pocas personas entrando.
Santiago siguió su mirada.
—No me digas que estás pensando—
—Necesitamos esperar a que baje la lluvia.
—Eso no respondió mi pregunta.
Ella sonrió apenas.
—Además, hace años que no entro aquí.
—Eso suena peligrosamente sentimental.
—¿Tienes una mejor idea?
Santiago observó la tormenta.
Luego el cine.
Luego a ella.
Y tomó una decisión peligrosísima.
—Está bien.
Boom.
Ridículo cómo cada vez le costaba menos aceptar cualquier plan si implicaba seguir pasando tiempo con Beatriz.
Completamente ridículo.
El cine olía a mantequilla, humedad vieja y nostalgia.
Perfecto.
Santiago observó alrededor mientras compraban entradas.
Pequeño.
Antiguo.
Silencioso.
No había periodistas.
No había flashes.
Ni siquiera había adolescentes gritando al reconocerlo.
Y lo más increíble…
nadie parecía tener la menor idea de quién era.
Una parte antigua de él todavía esperaba el momento.
El reconocimiento.
Pero nunca llegó.
Y por primera vez aquello no le produjo vacío.
Le produjo alivio.
La sala estaba casi vacía.
Cinco personas.
Tal vez seis.
Tomaron asiento en la última fila.
Y por un momento ninguno habló.
Solo el sonido lejano de la lluvia golpeando el techo.
La pantalla iluminando suavemente la oscuridad.
La cercanía.
Demasiada cercanía.
Porque el apoyabrazos entre ambos parecía absurdamente pequeño.
Y Santiago era peligrosamente consciente de eso.
Muchísimo demasiado consciente.
—¿Qué película es?
susurró.
Beatriz lo miró sorprendida.
—¿Compraste entradas sin saber?
—Confié en ti.
—Eso fue tu primer error.
Santiago soltó una pequeña risa.
Y el sonido se perdió suavemente en la sala oscura.
La película empezó.
Algo independiente.
Lenta.
Demasiado artística.
Santiago entendió aproximadamente el veinte por ciento.
Pero honestamente no estaba prestando mucha atención.
Porque Beatriz estaba allí.
Tan cerca que podía percibir el perfume suave que llevaba.
Tan cerca que cada movimiento pequeño alteraba el aire entre ambos.
Y eso resultaba profundamente desconcentrante.
En un momento ella soltó una pequeña risa por alguna escena.
Santiago giró apenas la cabeza.
Y la pantalla iluminó parcialmente su rostro.
La curva suave de su sonrisa.
La concentración en sus ojos.
La tranquilidad.
Y algo dentro de él se quedó completamente quieto.
Porque de repente tuvo una sensación extraña.
Como si quisiera recordar exactamente ese instante para siempre.
La lluvia afuera.
La sala vacía.
Ella riéndose bajito.
La calma.
Todo.
Como si supiera que ciertos momentos solo ocurren una vez.
Y entonces apareció un pensamiento peligrosísimo.
"Podría acostumbrarme a esto."
El corazón le golpeó fuerte inmediatamente después.
Porque aquello ya no era simple atracción.
No era coqueteo.
No era diversión.
Era algo muchísimo más profundo.
Muchísimo más serio.
Y eso daba miedo.
Mucho miedo.
La película continuó.
Pero el silencio entre ellos empezó a sentirse distinto.
Más íntimo.
Más cargado.
Más consciente.
En algún momento los dedos de Beatriz rozaron accidentalmente los de él sobre el apoyabrazos.
Solo un segundo.
Pero ninguno apartó la mano inmediatamente.
Error.
Grave error.
Porque el aire cambió instantáneamente.
Y Santiago sintió el pulso acelerarse de manera absurda.
Ridículo.
Era un roce mínimo.
Y aun así…
su cuerpo reaccionó como si ella acabara de incendiar la sala completa.
Beatriz retiró la mano primero.
Demasiado rápido.
Y aclaró ligeramente la garganta.
Cobarde.
La palabra apareció otra vez en la mente de ambos.
Porque ninguno parecía capaz de cruzar realmente la línea.
Aunque llevaban capítulos enteros caminando sobre ella.
Cuando terminó la película, las luces suaves se encendieron lentamente.
Y durante unos segundos ninguno se movió.
Como si salir de aquella sala implicara volver al mundo real.
Volver a las barreras.
Volver al miedo.
Santiago observó la pantalla apagada unos instantes más.
Y luego habló.
Muy bajito.
Casi como si no quisiera romper algo.
—Creo que no recordaba lo que se siente tener una noche normal.
Beatriz lo miró.
Y algo en su pecho se apretó dolorosamente.
Porque entendía exactamente lo que quería decir.
No la película.
No el cine.
La normalidad.
La paz.
El anonimato.
La posibilidad de existir sin actuar.
Y lentamente sonrió.
—Tal vez nunca necesitaste una vida más emocionante.