Golpe bajo

Capítulo 32

El estadio rugía.

Miles de voces.

Miles de luces.

Miles de personas gritando el mismo nombre.

Santiago Ruiz.

Santiago Ruiz.

Santiago Ruiz.

Y, por primera vez en toda su vida…

el sonido le resultó lejano.

Como si estuviera ocurriendo detrás de un vidrio.

Como si perteneciera a otra persona.

El partido había terminado hacía apenas minutos.

Victoria.

Otra vez.

Titulares.

Fotografías.

Entrevistas.

Todo exactamente igual a como había sido durante años.

Y aun así…

todo se sentía distinto.

—¡Santi!

Un compañero le golpeó el hombro riéndose.

—Volviste, hermano.

Santiago sonrió automáticamente.

La sonrisa correcta.

La sonrisa pública.

La que llevaba perfeccionando desde los diecinueve años.

—Todavía sigo vivo.

Risas.

Más golpes en la espalda.

Más ruido.

Pero algo dentro de él seguía extrañamente quieto.

Como si una parte de sí mismo estuviera observando la escena desde afuera.

Y preguntándose:

"¿Por qué ya no se siente igual?"

Caminó hacia los vestidores rodeado de periodistas y cámaras.

Micrófonos.

Preguntas.

Flashazos.

Todo el espectáculo habitual.

—¡Santiago! ¿Cómo te sientes después de volver a marcar?

—Bien.

—¿Crees que este es tu regreso definitivo?

—Eso espero.

—¿Te imaginaste volver así?

Sonrisa.

Respuesta perfecta.

Respuesta entrenada.

Respuesta vacía.

Porque la verdad era otra.

La verdad era que había marcado un gol importante…

y aun así lo único en lo que podía pensar era en una cafetería pequeña bajo la lluvia.

Maldita sea.

Eso ya empezaba a ser absurdo.

Finalmente logró escapar al vestidor.

Y el silencio parcial del lugar le golpeó inmediatamente.

Los demás jugadores seguían afuera.

Celebrando.

Gritando.

Viviendo el momento.

Santiago se dejó caer lentamente en la banca frente a su casillero.

La rodilla protestó apenas.

Todavía dolía un poco.

Probablemente siempre dolería un poco.

Pero ya no era eso lo que lo inquietaba.

Tomó la botella de agua.

Bebió.

Y dejó escapar lentamente el aire.

Entonces ocurrió.

El silencio.

El verdadero.

Ese instante raro donde el ruido desaparece de golpe.

Y uno se queda solo consigo mismo.

Santiago observó el vestidor vacío.

El uniforme sudado.

Los botines.

Las luces blancas del techo.

Todo aquello que durante años había significado absolutamente todo.

Y por primera vez se hizo una pregunta que lo dejó completamente inmóvil.

"¿Y ahora qué?"

Porque había vuelto.

Eso era lo que todos querían, ¿no?

Había sobrevivido a la lesión.

Había marcado otra vez.

Había demostrado que seguía siendo Santiago Ruiz.

Entonces…

¿por qué se sentía tan extraño?

La puerta del vestidor se abrió de golpe.

Mateo apareció todavía riéndose por algo que ocurría afuera.

—¿Qué haces aquí solo?

Santiago levantó apenas la vista.

—Descansando.

Mateo lo observó unos segundos.

Demasiados.

—Mentira.

Santiago soltó una pequeña risa cansada.

—¿Siempre sabes cuándo miento?

—Lamentablemente sí.

Mateo tomó asiento junto a él.

Silencio.

El cómodo.

El de las personas que ya no necesitan llenar cada espacio hablando.

Finalmente Mateo suspiró.

—Pensé que hoy ibas a estar feliz.

Boom.

Directo.

Como siempre.

Santiago apoyó los codos sobre las rodillas.

Y durante unos segundos no respondió.

Porque ni siquiera estaba seguro de entender lo que sentía.

—Yo también.

admitió finalmente.

Mateo lo observó de reojo.

Esperando.

Santiago soltó una pequeña risa amarga.

—Pasé meses pensando que necesitaba volver para sentirme completo otra vez.

Silencio.

—¿Y?

Santiago miró hacia el techo.

Y cuando habló…

su voz salió más baja.

Más honesta.

Más cansada.

—Y ahora estoy aquí…

Pequeña pausa.

—Y no sé si era esto lo que realmente extrañaba.

El aire cambió.

Porque aquella ya no era una conversación sobre fútbol.

Era sobre identidad.

Sobre vacío.

Sobre el miedo de descubrir que aquello que sostuvo toda tu vida quizá ya no basta.

Mateo no respondió inmediatamente.

Porque entendía demasiado bien.

—¿Sabes qué creo?

dijo finalmente.

Santiago soltó una pequeña risa.

—Eso siempre me preocupa.

—Creo que confundiste el ruido con felicidad.

Silencio.

Otra vez.

Pesado.

Porque la frase golpeó exactamente donde debía.

El ruido.

Los aplausos.

Las entrevistas.

Las mujeres.

La atención.

La validación.

Toda su vida había estado llena de ruido.

Y quizá precisamente por eso nunca había tenido que escuchar realmente lo que sentía.

Hasta la lesión.

Hasta el silencio.

Hasta ella.

Maldita sea.

Todo volvía a ella.

—Antes esto me bastaba.

murmuró.

Mateo levantó una ceja.

—¿El fútbol?

Santiago negó lentamente.

—No.

Miró alrededor.

El estadio.

La fama.

El personaje.

Todo.

—Ser admirado.

La honestidad de la frase sorprendió incluso a él mismo.

Porque jamás lo había dicho tan claramente.

Mateo no se burló.

No juzgó.

Solo asintió lentamente.

Como quien escucha una verdad difícil.

—Y ahora…

Santiago tragó saliva.

Porque la siguiente parte daba muchísimo más miedo.

—Ahora creo que quiero algo más tranquilo.

Pequeña pausa.

—Algo real.

Y ahí estaba el verdadero problema.

Porque ya sabía exactamente cómo se sentía eso.




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