La ciudad dormía.
Y Santiago no.
Otra vez.
El reloj marcaba las 2:17 de la madrugada cuando abrió los ojos.
Sin motivo.
Sin pesadilla.
Sin ruido.
Simplemente despertó.
Y supo inmediatamente que no volvería a dormirse.
Perfecto.
Se quedó inmóvil mirando el techo oscuro del departamento.
Escuchando el silencio.
Ese silencio raro que existe solo de madrugada.
El que hace que incluso los pensamientos suenen más fuerte.
El teléfono descansaba boca abajo sobre la mesa de noche.
No lo tomó.
Todavía no.
Porque ya sabía lo que pasaría.
Abriría redes.
Vería noticias.
Mensajes.
Comentarios.
Ruido.
Y por alguna razón…
aquella noche no quería ruido.
Quería otra cosa.
Algo que todavía no sabía nombrar.
Se sentó lentamente al borde de la cama.
La rodilla protestó apenas.
Costumbre.
Ya casi no pensaba en el dolor.
O quizá sí.
Solo que ahora había dolores distintos ocupando más espacio.
Caminó descalzo hasta la cocina.
Agua.
Oscuridad.
La ciudad iluminada detrás de las ventanas enormes.
Y esa sensación otra vez.
Vacío.
No un vacío triste.
Uno extraño.
Como si algo dentro de él estuviera cambiando de forma y todavía no supiera en qué se convertiría.
Apoyó ambas manos sobre la encimera.
Respiró hondo.
Y ahí apareció otra vez.
Ella.
Maldita sea.
Siempre ella.
Últimamente era imposible escapar de eso.
De su voz apareciendo en medio del silencio.
De su risa.
De la forma en que lo miraba cuando olvidaba actuar.
De cómo parecía encontrar al verdadero él incluso cuando Santiago intentaba esconderlo.
Cerró los ojos.
Y durante un instante volvió a verla bajo la lluvia.
"Creo que pasé toda mi vida intentando convertirme en alguien imposible de abandonar."
¿Cómo demonios había dicho algo así en voz alta?
Peor aún.
¿Cómo demonios ella lo había entendido tan rápido?
Esa era probablemente la parte más peligrosa de Beatriz Soriano.
No que lo admirara.
Sino que lo entendía.
Y Santiago comenzaba a sospechar que sentirse entendido podía ser muchísimo más adictivo que sentirse admirado.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Frunció el ceño.
¿Quién escribía a las dos y media de la madrugada?
Lo tomó.
Mateo.
"Mi hija quiere saber si el famoso tío Santi sigue vivo."
Santiago soltó una pequeña risa.
El hombre tenía una capacidad irritante para aparecer exactamente cuando más lo necesitaba.
"Lamentablemente sí."
Tres puntos.
Respuesta inmediata.
"No puedes dormir otra vez."
No era pregunta.
Maldición.
"¿Siempre fuiste tan entrometido?"
"Siempre fuiste tan obvio."
Santiago sonrió apenas.
Y luego dejó el teléfono sobre la mesa sin responder.
Porque no quería hablar.
No realmente.
Ni siquiera sabía cómo explicar lo que estaba sintiendo.
Porque era absurdo.
Lo tenía todo.
Dinero.
Reconocimiento.
Carrera.
La posibilidad real de volver a jugar al máximo nivel.
La vida que millones de personas soñaban tener.
Entonces…
¿por qué a veces sentía que recién ahora estaba despertando?
La pregunta le dio miedo.
Muchísimo miedo.
Porque implicaba aceptar algo terrible.
Que quizá llevaba años sobreviviendo dentro de una vida que parecía perfecta desde afuera.
Y la lesión…
La maldita lesión…
había roto suficiente ruido como para obligarlo a mirarse de verdad.
Se dejó caer lentamente en el sofá.
Oscuridad.
Silencio.
La ciudad respirando detrás de los ventanales.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no quiso escapar de sus pensamientos.
Quiso escucharlos.
Aunque dolieran.
Aunque removieran cosas incómodas.
Porque últimamente empezaba a cansarse de fingir incluso consigo mismo.
Apoyó la cabeza hacia atrás.
Y recordó algo absurdo.
El cine vacío.
La forma en que Beatriz había mirado la pantalla mientras se reía bajito.
La cafetería del mercado.
La fotografía.
El roce de dedos.
Las conversaciones que se extendían más de lo necesario.
Las pausas.
Las miradas demasiado largas.
Todo.
Y lentamente una idea comenzó a abrirse paso dentro de él.
No extrañaba solamente a Beatriz cuando no estaba con ella.
Extrañaba quién era él cuando estaba con ella.
Boom.
La verdad apareció tan clara que le dejó el pecho apretado.
Porque ese era el verdadero problema.
Con Beatriz no tenía que sostener el personaje.
No tenía que ser brillante.
Ni encantador.
Ni invencible.
Ni suficiente.
Podía simplemente cansarse.
Dudar.
Callarse.
Respirar.
Y aun así…
ella se quedaba.
El pecho le dolió suavemente.
Porque de repente entendió algo que jamás había querido admitir.
Toda su vida había confundido amor con admiración.
Pensaba que si las personas lo necesitaban…
lo amarían.
Que si destacaba suficiente…
se quedarían.
Que si era importante…
sería imposible perderlo.
Pero Beatriz nunca había parecido impresionada por Santiago Ruiz.
Y aun así…
era la persona que más cerca había logrado estar de él en años.
La ironía casi lo hizo reír.
Y quizá por eso daba tanto miedo.
Porque por primera vez no sabía cómo manejar algo así.
No sabía seducirla como a otras mujeres.
No sabía impresionarla.
No sabía esconderse detrás de la versión segura de sí mismo.
Porque ella parecía atravesarla demasiado fácil.
Y cuanto más lo veía…
más ganas tenía él de dejarse ver.